4 Jan 2022 - 4:59 a. m.

Año del “¡No más Duque!”

Este año que apenas se inicia encarna una alegría: la terminación del peor gobierno de la reciente historia del país. No es una declaración absoluta, pues para otros el peor pudo ser el de Santos o el de Uribe o el de Pastrana, y así, hasta remontarse a los 90, con el espanto del presidentico de voz aflautada que declaró sin dársele nada: “¡Bienvenidos al futuro!”, y en ese futuro estamos con aperturas económicas, leoninos tratados de libre comercio, saqueos, privatizaciones, desbarajustes en la canasta familiar y un extenso listado de desventuras de ayer y de ahora.

Qué historia la nuestra, la de un país sometido, empeñado, saqueado, con una larga tradición de entreguismo a los intereses foráneos y con una violencia de escalofríos. Somos no solo una “republiqueta bananera”, sino cocainera. Pasto del gringo imperial y de las transnacionales. Gustamos más que amante furtiva a las políticas de Washington, que desde tiempos inmemoriales, por decir algo, desde los del Respice Polum del gramático Suárez, ha sido una neocolonia. El término poco gusta, no rima, pero es verdad.

Somos expertos en títeres, marionetas, fantoches y hasta mequetrefes en el poder. Me parece que este cuatrienio presidencial que está a unos meses de fenecer ha sido de los más representativos de una nación patasarriba, descuadernada (término de Lleras Restrepo) y prostituida. El actual puede ser, y hay indicativos sociales, el más nefasto, digo, de la historia contemporánea de Colombia. Al menos, y es incuestionable la aseveración, sí ha sido el más impopular.

País de maquilas e importaciones, de desestímulos al agro, de intermediarios del capital financiero internacional, mantiene en ruina a su pueblo y les otorga desmesuradas ganancias a unos cuantos privilegiados. País que ha subastado su soberanía, feriado lo público, abierto como ramera sus piernas a los mejores postores del agio, ha tenido en el actual gobierno un monigote de feria barata, manipulado no solo por los titiriteros de la metrópoli, sino por los potentados criollos del gran capital.

El de Iván Duque ha sido otro gobierno en contravía de los intereses nacionales y, como los anteriores, pero en mayor proporción, ha sumido en la ruina y en un sinnúmero de carencias a los pobres: con una particularidad: cada vez son más paupérrimos, más aporreados por las inequidades. El año que acaba de irse ha sido uno de los que más ha desnudado la catadura antipopular del sujeto que, como lo fue Turbay Ayala, más chistes ha suscitado en el ingenio de la gente, cuya única defensa, a veces, es apelar al humor callejero y las consejas de plaza de mercado (cada vez más reducidas en Colombia).

El 2021 fue un año de continuación de las luchas populares, de prolongación del paro nacional que, en plena pandemia, mostró la capacidad de resistencia de los cercados por las miserias y el mal gobierno. Hubo, pese a la brutal represión oficial, demostraciones masivas de descontento con la demagogia gubernamental, con sus medidas en contra del vaciado bolsillo de los humillados y olvidados. La contundente derrota de la reforma tributaria (bautizada por el gobierno con el eufemismo de “Ley de Solidaridad Sostenible”) y la estrepitosa caída del ministro de Hacienda, as de las políticas económicas neoliberales, fueron logros de buena monta de la repulsa de estudiantes, amas de casa, trabajadores y vastas capas de la población.

El gobierno de Duque, teñido de sangre en masacres policiales, como las acaecidas en 2020 en Bogotá y Soacha, ha mostrado su catadura de verdugo de los que se levantan contra sus arbitrariedades y desafueros. El presidente de los siete enanitos y las treintaiunas desabridas, ha sido blanco de abucheos y rechiflas, como de una formidable protesta contra sus políticas de hambre (hay gente que come, si acaso, dos veces al día) y su desdén por los despojados.

La pandemia reveló todas las miserias de las mayorías, agravadas por el tratamiento gubernamental que amplió las brechas sociales, aumentó la pobreza, las precariedades y las angustias de millones de desposeídos. Y a la vez, como un combustible, activaron las llamas de la rebeldía social que, en 2021, alcanzó altas cotas de descontento popular contra el régimen.

Los asesinados en las manifestaciones, los caídos en las gestas callejeras contra las injusticias, son una marca histórica del ascenso de la rabia del pueblo contra los desmanes oficiales. El año viejo escribió con sangre un luctuoso catálogo de muchachos muertos por la brutalidad policial, cuya memoria seguirá alentando las marchas del futuro.

El gobierno de Duque, corroído por el cáncer de la corrupción, agujereado por los escándalos, como los del robo de los 70.000 millones “abudineados” en el contrato del Min-Tic con Centros Poblados, se ha ganado con creces la antipatía popular. Su esencia es la de un despótico ejercicio del poder oligárquico, que, al tiempo que les concede prebendas a unos cuantos banqueros y oligopolios, maltrata y hunde en el sufrimiento a millones. Siquiera en agosto de 2022 caduca esta desgracia.

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