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Sombrero de mago

Antioquia: de don Tomás a los “paracos”

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Reinaldo Spitaletta
24 de marzo de 2026 - 05:00 a. m.
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Felipe no se refería a Bogotá: hablaba de Medellín y de Antioquia, en un escrito en la pared: “Raza de mercaderes que especula / Con todo y sobre todo. Raza impía / Por cuyas venas sin calor circula / La sangre vil de la nación judía”. El cuento de Gregorio Gutiérrez González, titulado “Felipe, el mismo de la imprescindible “Memoria del cultivo del maíz en Antioquia, se publicó en la década de 1850-60 en el Periódico El Pueblo.

Y, más tarde, Tomás Carrasquilla mostraría la avaricia, el arribismo, el agiotismo de los nuevos ricos de Medellín en su magnífica novela urbana Frutos de mi tierra (1896). Y también, en otras dos de sus novelas, pueden advertirse la simulación y las puestas en escena del esnobismo antioqueño y medellinense, como se lee en Grandeza y Ligia Cruz.

Y, si queremos otras perspectivas de la denominada “antioqueñidad”, podemos apreciar asimismo la viveza, la agilidad mental, la ingeniosidad para escapar de un problema, así como la potencia de las palabras, del canto y la cultura oral en un cuento de antología como ¡Que pase el aserrador!, de Jesús del Corral, con un avispado personaje que puede ser una especie de Scheerezada paisa: Simón Pérez.

Antioquia, primera región de Colombia que alcanzó, antes que Bogotá, identidad cultural gracias a la literatura (y no tanto al comercio, a la minería, a la caficultura, ni a otras maneras de la acumulación de capitales), también agregó a su repertorio de plusvalías y otras ganancias, un proyecto industrial, que iba de la mano con la política y la religión, que advino en los albores del siglo XX.

Pero, además, en medio de ideas de progreso, hubo una Antioquia excluyente. Una que impuso en el orden mental y cultural diferencias raciales, sociales y de otra naturaleza. La Antioquia blanqueada, la que temía a las “impurezas de sangre”, la que quería probar que en su torrente genealógico no había nada de judíos ni de moros, y menos de negros e indígenas. Una Antioquia —la del hierro entre las manos— que invisibilizó a las tierras bajas, consideradas, según el pensamiento de las élites, como territorio de infieles, de carnavaleros, de paludismo y pecadores.

Y aquella misma Antioquia, de discursos eugenésicos, la de abundantes periódicos y revistas, la de poetas y músicos y pintores y otros locos, la de fábricas a montón, la que se creía de “raza” superior y distinta, también fue cuna de un movimiento obrero díscolo. Y protagonizó, por la presencia masiva de proletarias en la primera fábrica textilera fundada en el valle de Aburrá, la primera huelga en Colombia, en 1920, con la figura cimera de Betsabé Espinal, llamada, entre tantos apelativos acuñados por los reporteros de entonces, la Juana de Arco colombiana.

Es la Antioquia de los Panidas, que eran trece: muchachos alborotadores de la conventual parroquia, los del “pacto suicida”, los que tuvieron antorchas como Fernando González, Ricardo Rendón, Tartarín Moreira y León de Greiff, que escandalizaron la aldea de “gente necia, local y chata y roma”, gente de “inopia en los cerebros”, como bien la vapuleó en su poema Villa de la Candelaria el poeta de todos los sonidos y todos los nombres.

Claro: hay una maravillosa Antioquia de la Escuela de Minas, de ingenieros tan inteligentes como Alejandro López, de peones y obreros y trabajadores y fogoneros y artesanos que componían bambucos y leían las novelas de Eugenio Sue; como también una oscura Antioquia de bandidos, de “aplanchadores”, de mafiosos, esos mismos que, con sus carteles criminales convirtieron a Medellín en la ciudad más peligrosa del mundo.

Hubo una Antioquia altanera, de colonizadores, de mazamorreros, de quienes tendieron rieles y construyeron un ferrocarril, pero también una Antioquia en la que la “semilla del diablo” tuvo abonos. Y aquí nacieron, en mala hora, los grupos de “limpieza social”, los paracos que en un principio tuvieron diversos nombres, como el de Muerte a Secuestradores, los de las convivir, estructuras que produjeron masacres y desplazaron poblaciones… Y aquellas tierras, al principio marginadas del “progreso”, como Urabá y el Magdalena Medio, se hicieron visibles por la presencia de las llamadas “autodefensas”.

¿A qué tanta alharaca por el discurso de un candidato presidencial, y más cuando se descontextualiza, si, en efecto, Antioquia y Medellín son cuna de sublimidades como de repudiables asesinos y otros peligrosos delincuentes? Tierra de gran literatura, así como heredad de capos mafiosos. Origen de grandes industrias y comercios, como sede de sicarios y otros tantos maleantes. Es la cuna de Barba Jacob, pero, a su vez, de pistoleros que van a implorarle a una virgen para que no les deje fallar “la vuelta”.

Nuestra historia está atravesada por contradicciones. Es una tierra de creadores deslumbrantes, pero también de patanes y, peor aún, de criminales de lesa humanidad. No todo se finca en la riqueza ni en “un mayor volumen de la panza”.

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