Solo le faltó patear esas bolsas blancas con cadáveres de guerrilleros, entre los que había tres de menores de edad. El señor presidente, cual gran Burundún- Burundá, su Excelencia, se paseaba con blusa color verde militar entre los sacos mortuorios, con pavoneo y gestos de gallito fino. Una especie de vulgar teatralidad. En un saco estaba alias Tigre. Afuera, contoneándose, con ínfulas de generalote, estaba alias Tigre, presidente de Colombia.
Viendo las imágenes de propaganda con cadáveres, recordé un cuento del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, Nobel de Literatura: “Cadáveres para la publicidad”. “Su gobierno, Coronel, anúncielo con cadáveres… ¡Corpses!… ¡Corpses!… Mejor en inglés que en español, entre ametralladoras y silencio, como picotazo o graznido de ave negra, funeral, que se alimenta de carne de muerto”.
El presidente, que es un muñeco de ventrílocuo de otro muñeco llamado Donald Trump (que ya pateó a la arrodillada María Corina de Venezuela), tal vez, en esa acción deleznable, quería parecerse a Nayib Bukele, a quien imita. Interesaba solo el “golpe de opinión”, el deseo de transmitir una imagen de “mano dura”, que, por otra parte, rememoró (a modo de presagio) los funestos días de los “falsos positivos” como parte de la denominada “seguridad democrática”.
“Su excelencia va a emplear un arma de que no hicieron uso los nazis, porque no les dimos tiempo. ¡La más espectacular propaganda a base de cadáveres!”, se lee en el cuento de Asturias. El periodista peruano Jaime Bayly, que había calificado a De la Espriella como “exhibicionista, frívolo y envanecido” por los besitos que lanzaba en el desastre del terremoto, cuestionó la actitud irrespetuosa del mandatario, que actuaba como un “señor de las moscas”.
Bayly, ácido y directo, dijo que el presidente colombiano “va por mal camino” y calificó de “repugnante” la actitud de Abelardo. “Poco le faltó para escupir” sobre los cuerpos exangües, agregó. Ahí recordamos, para seguir con literatura, una novela de Boris Vian: Escupiré sobre vuestras tumbas. El periodista prosiguió: “No era necesario que hiciera esa demostración necrófila” para establecer paradigmas como la “autoridad del Estado”.
Parece que, en otro sentido, al presidente colombiano, de nacionalidad estadounidense, poco o nada le interesa la soberanía nacional. Es un mandadero de Trump y compañía. Y en tal aspecto, calca lo que, por ejemplo, hace el mandatario gringo —que quiere tomarse a la fuerza o como sea toda Latinoamérica— en cuanto a los ataques a lanchas de presuntos narcotraficantes. Y todo lo que el acólito criollo hace tiene que ver con la sumisión y obediencia al patrón yanqui.
Otros cuestionamientos a De la Espriella en su actuación propagandística con cadáveres se refiere a una suerte de happening caricaturesco. Así lo vio Adam Isacson, director de la Oficina para Asuntos Latinoamericanos, con sede en Washington: “como en la lucha libre profesional, [el presidente colombiano] apeló a los instintos más bajos de las personas”. Además, en ese burlesco pasearse entre muertos se configuran atentados contra el Derecho Internacional Humanitario.
Hubo una instrumentalización propagandística de la muerte al utilizar cuerpos de personas caídas en combate como un trofeo o herramienta de “comunicación política” oficial. También se ha configurado, según otros analistas, un escenario de “necropolítica” y “espectacularización” con los muertos, que despoja de toda dignidad el tratamiento de los cuerpos. Lo de Abelardo, tan ramplón y vitrinero, no se podría comparar con lo que le sucede al cadáver de Héctor en manos de Aquiles, en la Ilíada.
El Convenio de Ginebra y sus Protocolos Adicionales “prohíben taxativamente los ultrajes contra la dignidad personal. La norma internacional consagra que un combatiente muerto sigue siendo una persona protegida en cuanto a su derecho a recibir un trato digno”. No hubo ninguna dignidad en la exhibición pedestre y la desafiante actuación presidencial con el reguero de cadáveres embolsados.
También se ha establecido, como signo de civilización y alcance del derecho internacional, que los Estados y las partes en conflicto están obligados a buscar, recoger, identificar y disponer de los restos mortales con respeto, “impidiendo su deshonra, pillaje o mutilación, y asegurando que las familias puedan conocer el destino de sus allegados de forma ética y privada”.
Para volver a la literatura, en la tragedia Antígona, de Sófocles, el respeto a los cadáveres simboliza el conflicto supremo entre la ley divina y la ley humana. Antígona desafía al rey Creonte y su arbitrario decreto de prohibir enterrar a Polinices en un sepulcro digno. Para los griegos de la antigüedad, un cadáver representaba un límite sagrado, una dignidad universal, que ningún reyezuelo o gobernante podía quebrantar por razones políticas.
Claro. Aquí estamos en un país donde hay un presidente, pelele de los Estados Unidos, que busca convertir en espectáculo de tercera, bufo y circense, una acción estatal. Una grosería, además de tamaña arbitrariedad, es la que cometió el autodenominado Tigre. Huele mal el “señor de las moscas”.