Digamos que el ambiente electoral está ríspido y raspador. En una semana, después de la primera vuelta, se han mezclado desde amarillentas camiseticas de la selección Colombia hasta desprecios de algún astro futbolístico hacia una muchacha (ah, además hija de presidente) que le solicitaba una fotito; también han estallado las redes sociales (sin “estallido social”) con intercambio de insultos, algún derechazo a la mandíbula, acusaciones de fraude electoral y preparación del ring para un pugilato que debería definirse por puntos.
Se han recordado, por ejemplo, frases célebres (casi siempre se atribuyen a fuentes equivocadas), como aquella de “los políticos y los pañales deben cambiarse a menudo, y por la misma razón”, suscrita por Mark Twain (que no quería mucho a esa clase de señorones), pero adjudicada también a Bernard Shaw. Oscar Wilde no clasificó para esta autoría (se le atribuyen miles de frases, muchas de ellas apócrifas). Pañales son los que se requerirán por estos días.
Lo que se percibe con cierta claridad es que hay un tinglado de asperezas, como los de antiguos ambientes electorales cuando se enfrentaban las banderías azules y rojas, o se mencionaban las presencias de “aplanchadores” laureanistas, cuando no era la de los “pájaros” (un terrorífico nombre a lo Hitchcock para escopeteros sanguinarios), o de la pavorosa policía chulavita, la que definía quién votaba y por quién. Ahora no es así, pero hay parecidos. En especial por discursos que pueden ser un caldo de cultivo de desmanes o, peor aún, para una “fascistización” de la contienda comicial.
Sí, hay que cambiar los pañales, pero no parece tan higiénica la tarea. Se han despertado animosidades que van más allá de las que se manifiestan en un partido de fútbol. La razón parece haberse esfumado y quedado abiertas, en peligrosa amenaza, las compuertas de emotividades discursivas en torno a fraudes electorales (nada raro, Colombia ha sido un país de fraudes), a la injerencia en los asuntos internos del país de parte del presidente de Estados Unidos (al apoyar a uno de los candidatos, que, además, tienen nacionalidad estadounidense) y a una macartización y reducción al absurdo de lo que debía ser un debate electoral con altura y signos de civilización.
Por el lado del aspirante Abelardo de la Espriella, que es, en plata blanca, el representante de una ultraderecha con ansias de vindicta, que se cree una síntesis de Milei y Bukele, con rodilla en tierra frente a Trump, la calentura es para sudar petróleo. Alias el Tigre (algunos también le dicen la Tigresa, sin entrar en detalles, y como se sabe, la hembra suele ser más brava que el macho) está envalentonado por los resultados en primera vuelta.
Es —y así lo ha declarado sin empacho— un acólito de Estados Unidos, es decir, del imperialismo. Recordemos, si es que la memoria vale de algo, que en el Corolario Trump, entre otros postulados, está el de neocolonizar a América Latina, donde ya tiene a su servicio a varios fantoches. Y el candidato de la “otra raya” deja nítida su posición de cipayo: “Vamos a hacer una llave con el Gobierno de Estados Unidos y con el presidente Trump como nunca antes la ha tenido Colombia”.
Y no es que el otro candidato, Iván Cepeda, haya formulado declaraciones con decidido sentido antiimperialista, pero tampoco ha dado muestras de serviles genuflexiones. Ahí podría haber una diferencia importante, aunque en estos tiempos, según se ve, parece un anacronismo ponerse a hablar contra el imperialismo y su mequetrefe presidente, genocida y pederasta. De pronto, se podría alzar a otro mandatario de por estas breñas, que son sus solares y finquitas de petróleo y otras riquezas.
Está hosco el clima electoral. No faltan quienes deseen retornar a aquellas jornadas sangrientas, de sometimiento de la gente a dogmas, a doctrinas opuestas a la convivencia pacífica y exaltadoras del despojo y la intolerancia, que es abono del fanatismo y otras irracionalidades. El candidato de la ultraderecha —un atarván— habla de “destripamientos”, además de reconocer, sin vergüenza alguna, su fascinación por el neoliberalismo.
El otro postulante parece no haber encajado el golpe del 31 de mayo. Aunque, en materia de propaganda ha apelado, por ejemplo, a expresiones cercanas al happening y a la performance (como las muy vistosas de Neiva), protagonizadas por jóvenes, con sugestivos efectos en los espectadores. El cuadrilátero está ocupado por los dos contendientes. Ya pasó el round de estudio. Golpe va y golpe viene.
La crispación es tal que, con ocasión de la despedida de la selección nacional de fútbol, una de las estrellitas se negó a tomarse una instantánea con la hija del presidente de la república. Un hecho patético (y una muestra de mala educación del futbolista) que calentó las barras, incluidas las bravas, de ambos bandos electorales. En cualquier caso, como dijo quien lo haya dicho, llegó la hora de cambiar los pañales.