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La herencia de sangre no es desdeñable ni borrable. Para aclimatar la paz no hay que olvidar las ignominias; al contrario, hay que estimular la memoria histórica y ponerla a circular de modo que, como si fuera una borrasca de muertes y otras desolaciones, se vuelva incontenible en la pertinaz contienda contra los que han sido los ideólogos e impulsores de todas las violencias.
La literatura, por ejemplo, es un baluarte de la memoria. No sé qué tanto se recuerda —o más aún, qué tanto se ha leído— una novela que inauguró, mediante la narración del horror, una dinastía de obras que, con mayor o menor vuelo estético, se erigieron en testimonio de una era de desgracias para el pueblo liberal y conservador. Para esas ovejas desdichadas que los jefes de las colectividades tradicionales condujeron al matadero.
Viento seco (novela publicada en 1953), de Daniel Caicedo, fue la primera obra que, con un lenguaje descarnado y sin eufemismos, narró el oprobio infinito de un tiempo de desastres que apenas comenzaba: la masacre de Ceilán, cometida por los chulavitas, también llamados después los “pájaros”. “Los gritos y carreras de los que pretendían huir y las palabras y carcajadas de los victimarios convirtieron el sitio de los sucesos en un escenario de espanto. Olía a sangre”.
Los chulavitas, policía asesina, creada e impulsada por los gobiernos —también asesinos— de Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez, sembró de terror los campos colombianos. La masacre de Ceilán, en 1949, también va a ser contada por Álvarez Gardeazabal, en varios de sus Cuentos del parque Boyacá (entre ellos, uno titulado “Ana Joaquina Torrentes”). Con Viento seco, entonces, se inicia la construcción de una memoria literaria en torno a acontecimientos que los forjadores de la violencia quisieron tachar de la historia.
Lo que sucedió en Ceilán, y después en otros pueblos del Valle y de otras partes de Colombia, se repitió con creces y con saña. Llegaron los bandoleros y luego los guerrilleros y más tarde los paramilitares, y el torrente de sangre inundó a un país que ha padecido, de larga data, todas las catástrofes contra el pueblo, víctima permanente de criminales de toda laya. La literatura, en todo caso, ha sido una disciplina que ha dado cuenta de tantas masacres.
Además de la estremecedora Viento seco, por esas mismas calendas se publicaron El Cristo de espaldas y Siervo sin tierra, de Eduardo Caballero Calderón. Y el catálogo creció y creció, porque la violencia, asimismo, era una variable terrible que inundaba campos y ciudades con las víctimas de todos los actores de la pesadilla. Y fueron apareciendo tantas obras como una manera (por lo demás de una belleza dolorosa) de mantener viva la memoria de la infamia.
En la Elegía a Desquite, el profeta Gonzalo Arango dijo: “Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir? Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas”. Y Colombia, o mejor, sus asesinos —que oscilan entre oligarcas, intermediarios de capitales extranjeros, paracos, guerrillos, narcotraficantes, en fin— han convertido el país en un paisaje de desgracias, con las cuales palidece lo narrado, hace ya tantos años, por Daniel Caicedo.
Quizá con la reciente batahola que se armó en Llano Grande, a unas cuadras de la casa del expresidente Álvaro Uribe Vélez, se puso en evidencia la necesidad de mantener la memoria en el fogón. Hay que seguir preguntándose quién pagará por las masacres, como la de El Aro, que siguen impunes, sin que sus autores intelectuales purguen alguna pena. Y quién irá a los tribunales a responder por los “falsos positivos”, por los desaparecidos de La Escombrera, por todas las víctimas a las que disfrazaron de guerrilleros para darle categoría de eficacia a la denominada “seguridad democrática”.
La literatura, volvamos a ella, puede ser, como lo es, una llama al viento que mantiene encendida la memoria de los pueblos y, en nuestro caso, la de un país irredento que ha sufrido, sobre todo en sus estamentos populares, una agresión continua desde tiempos remotos. ¿Cuándo cesará la horrible noche o, al menos, tanta impunidad? Y además de obras literarias, como Cóndores no entierran todos los días, o La mala hora, por ejemplo, uno se pregunta si los murales, los grafitis, las esculturas, las pinturas, las canciones, pueden convertirse en esa llamarada que ilumine los caminos contra el olvido.
Ver a un exmandatario con su rostro descompuesto, iracundo, con un rodillo de pintura como borrador, es un efecto tragicómico de una larga historia de atropellos contra esa sufrida entidad llamada “pueblo”. Es antigua nuestra tragedia. Y así nos la recuerdan novelas como Viento seco, sobre una masacre cuyas víctimas todavía gritan.
