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Podredumbre en el fútbol: la derrota como negocio

Reinaldo Spitaletta

12 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.
“Lo que hizo, con arrogancia desobligante y chicanera, el platudo patrón del DIM, destapó una serie de anomalías”: Reinaldo Spitaletta
Foto: Win Sports, vía X
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La grotesca imagen del tipo ebrio, dueño de un equipo de fútbol, agitando billetes a la tribuna, fue el detonador de una vieja bomba que todavía no había explotado en Colombia. Habría que empezar por preguntarse qué de bueno puede esperarse de un campeonato futbolero patrocinado por casas de apuestas. O tal vez podría tener su lado “positivo” para los que tienen el azar y la “rueda de la fortuna” en su favor, incluidos algunos futbolistas profesionales.

No es nueva la presencia pútrida de las mafias en el fútbol, ni aquí ni allá. Es un cáncer antiguo. Se puede detectar desde la estética magnífica de la literatura, por ejemplo, en dos cuentos memorables: “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, escrito en 1954; y en “Esse est percipi” (ser es ser percibido), de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (publicado en 1967), en sus Cuentos de H. Bustos Domecq. Vale recordar que Borges detestaba el fútbol: “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, decía.

Tan viejo como el hombre es el “juego sucio”, la trampa, el traficar con los sentimientos populares, la manipulación de las emociones para la obtención —como sea— de pingües ganancias. Las mafias y los apostadores (que pueden estar conectados o ser la misma organización) son de rancia data. Mas no por ello habría que consentirlos. O permitir que cabalguen a su antojo. Es fácil —y constituye un descomunal descaro— manipular a las masas, hipnotizarlas, enviciarlas con los “nuevos opios”, que van más allá de las religiones.

Con la grosera actitud de Raúl Giraldo, dueño del Deportivo Independiente Medellín, llamado con demagogia y mendacidad el “equipo del pueblo” (al pueblo nunca le toca, decía un viejo escritor, o le toca lo peor), revivieron imágenes de Hernán Botero Moreno, presidente y dueño del Nacional. En 1981, en un clásico con el DIM, mostró un fajo de dólares al árbitro, como insinuándole que estaba “comprado” por el rival de patio.

Hace mucho tiempo el fútbol (llamado por un académico francés “la inteligencia en movimiento”) perdió su “inocencia”. Es un negocio. Una empresa. Y se han dado casos que ha sido, asimismo, un “lavadero” de dinero. Y es, para los que lo practican en el ámbito profesional, su modus vivendi. La grosería del dueño del DIM, en una especie de absurda celebración de la derrota que sufrió su equipo frente a Águilas Doradas y de la consecuente eliminación, despertó al dragón entumecido.

La provocación de un empresario primario y vulgar suscitó la protesta de los que, por otra parte, ya se sentían estafados por un equipo que ha venido de derrota en derrota (y no hasta la victoria final), bajo sospechas de que algunos de sus jugadores se han vendido al mejor postor o, cuando menos, han demostrado escaso profesionalismo, nada de ética ni de amor por una divisa, etc., fue el “florero de Llorente”. La chispa que incendió la pradera —o el estadio—.

Sea de “estúpidos” o de “inteligentes”, el fútbol es, en el sentido de las querencias populares, de los clímax pasionales que produce, de las tristezas y venturas que puede dar, una cultura. En ciudades como Buenos Aires, por ejemplo, es ya una “religión”, con dioses como Diego Maradona. Puede ser — como es— un estupefaciente colectivo, pero ningún partido de fútbol ha detenido una revolución social. Tampoco la ha provocado. Pero sí hay indignaciones. Y lo que hizo, con arrogancia desobligante y chicanera, el platudo patrón del DIM, destapó una serie de anomalías y suscitó la ira de los aficionados.

Todo ello se percibió como una especie de despertar frente a la utilización burda que hacen de los seguidores (o feligreses) de los equipos de fútbol, y que no es solo un fenómeno local. Es universal. Tiene a la FIFA convertida en una transnacional que manipula conciencias y diseña corrupciones a su antojo; que se hace la de la vista gorda frente a genocidios y agresiones imperialistas contra países soberanos. En Medellín la protesta estalló, se visibilizó en un partido internacional y abrió distintas reflexiones (además de vandalismos y agresiones) en torno al fútbol, la corrupción, las casas de apuestas y los futbolistas y dueños de equipos que no respetan a los hinchas.

En el fútbol, como en tantas organizaciones políticas, sociales y financieras, hay corrupción. Y mafias. E intereses creados. Son negocios sin alma (de desalmados), en que solo importa el “espíritu” metálico de dólares, euros o pesos, sin interesar si hay gente que sufre y llora y parece agonizar y hasta se enferma o mínimo le da una taranta cuando su equipo pierde. Y, más aún, cuando se busca con deliberación la derrota para que algunos de sus jugadores ganen el dinero de la traición y de la carencia de integridad profesional.

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“¿Usted todavía cree en la afición y en ídolos?”, ¿dónde vive pues usted, señor Domecq? ¿Acaso en Colombia?

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