En “El evangelio según Marcos”, un estremecedor cuento de Borges, Baltasar Espinosa, un estudiante de medicina, de 33 años, a quien le faltaba una materia para graduarse, tenía una particularidad: no le gustaba discutir, “prefería que el interlocutor tuviera razón y no él”. Esa manera de enfrentar la existencia tejió una serie de circunstancias –en apariencia, predestinadas– que, ante una familia de analfabetos muy religiosos, lo harán parecer un redentor inesperado.
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El desenlace fatal del relato puede ilustrar la conducta de los que, sin querer o queriendo, se suman a las desventuradas filas del fanatismo que, según Cioran, es “la muerte de la conversación”. O, por lo menos, del intercambio de posiciones contrarias, sin necesidad de acudir a las sinrazones, las cegueras y sorderas, y en creer que en el mundo solo hay una “verdad”, precisamente, la del fanático.
El fanatismo, enfermedad que en Colombia ha sido endémica, puede estar conectado, como si fuera un estrambótico oxímoron, con la certeza. Dicen filósofos y otros pensadores, también gentes del común, que es necesario tener convicciones y defenderlas no solo con firmeza sino con el ejercicio de aquello que desde tiempos ilustrados se ha llamado la razón. He ahí una dificultad, porque el fanático, que tiene certeza de todo, cree que lo que él piensa (en algunos casos se duda si lo asaltan pensamientos) es lo verdadero.
Decía el biólogo François Jacob que “nada es tan peligroso como la certeza de tener razón”. La aparición de los absolutismos o, de otro modo, de los dogmas intocables, a veces inasibles, también dañinos en grado sumo para aquello que se denomina la coexistencia pacífica, promueven el fanatismo. Sus adherentes están convencidos de que ellos son los portaestandartes de la verdad y que no existen, en el amplio y a veces también estrecho mundo, otras posibilidades, otras vías. Y para ello, además, deben crear un mesías, un redentor, a veces un enviado celestial, o quizá de los bajos fondos.
El fanático, que carece de dudas, solo tiene convicciones únicas e inamovibles, no se formula preguntas en torno a sus “verdades reveladas”, y en ese sentido parece un enamorado de sí mismo, o de su ídolo, que es quien puede pensar en representación del rebaño. Abundan por aquí y por allá, no admiten ninguna otra visión, y a aquellos que sostienen –sin fanatismo– otros puntos de vista, los acusan de blasfemos, herejes, o según si se esté dirimiendo alguna presunta agenda “revolucionaria”, de reaccionarios.
El fanatismo, en boga en este país de desmesuras, rehúye los cuestionamientos. Es más: no hay derecho a disentir, a tener otras miradas, a exhibir argumentos, a nada. Solo se puede seguir al “salvador” y por eso, según ellos, hay que incentivar inquisiciones y quemar herejes. Bien lo afirmaba Bertrand Russell: “Todo el problema de este mundo es que los idiotas y los fanáticos están siempre segurísimos de ellos mismos, en tanto que los sabios están llenos de dudas”.
En las clases de Periodismo de Opinión hacíamos un ejercicio con los estudiantes: argumentar a favor de una posición y, como una suerte de apertura mental, realizar después una argumentación en contra de esa misma posición. Quizá era una suerte de vacuna contra el fanatismo. Y contra la irracionalidad. El fanático, sin embargo, solo puede ir en una sola dirección, con los ojos cerrados por la senda que, según él, lo conduce al cielo. A veces resulta de más interés pensar en el infierno, donde parece haber semillas de rebelión, y en el que el visitante se puede encontrar con disidentes y con alzados en razones contra los dogmas.
El fanatismo excluye y mantiene en vilo las libertades de pensamiento y de expresión. Es unívoco. Unidireccional. Y, por lo demás, como se puede apreciar en estos contornos, carece de humor. El fanático está en la instancia del ensimismamiento, del narcisismo ideológico, o religioso, o político, o futbolístico… Y llega a alienarse in extremis con su creencia, con su evangelio, con quien le “alivia” la necesidad de pensar por sí mismo.
A diferencia del estudiante del cuento borgiano, el fanático no prefiere que el contrincante, el negador, el que subvierte sus esquemas, tenga la razón. Para él, la única “razón” es la suya. No caben contradicciones, ni oposiciones. Él es el único dueño de una “verdad” revelada contra la que no se admiten cuestionamientos. Ah, y faltaría un asunto más riesgoso: el fanático cree que el fin, cualquiera que este sea, justifica los medios. De ahí tanta gritería, tanta algazara que no deja escuchar otras versiones.
Hay fanáticos tan sectarios y de desbordada irracionalidad que hasta Voltaire, el del tratado de la tolerancia, los mandaría al carajo. Poseedores de la “verdad” (la de ellos), inasequibles, son una peste incontrolable y mortal. Y para redención de tus pecados, te mandan a clavar en una cruz.