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El Corolario Trump, como parte de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, o, en otras palabras, del imperialismo yanqui y su conducta recolonizadora, quedó explícito: volver a tomarse, por la fuerza, su tradicional “patio trasero”. Qué importa el pretexto, si es contra el narcotráfico, o para instalar bases militares, o para ir por petróleo, o uranio, o cualquier mineral estratégico, o para derrocar un presidente (o dictador, según el caso) problemático. Hay que poner orden en el solar.
Es una vuelta a la vieja usanza. Después de Estados Unidos haber destruido el derecho internacional público, con agresiones como las de Irak, o Afganistán, o lo que sucedió en Libia con Gadafi, el pelianaranjado Trump —que quiere pasar de agache su pasado de pederastia— es una suerte de redivivo Teddy Roosevelt y su garrote. Y más que una ocupación larga, lo dice el documento madre, se prefiere un ataque de fuerza armada rápida para “evitar compromisos militares prolongados”.
Venezuela estaba advertida por las amenazas permanentes del que se cree la reencarnación de James Monroe. Y no eran baladronadas las del gringo que ya había experimentado en Gaza, a través de uno de sus protegidos, como Netanyahu, para arrasar palestinos y asesinar a millares de niños. Lo dicho: el derecho internacional ya es un fósil. Y, más aún, los principios de soberanía y no intervención en los asuntos internos de los pueblos. Letra muerta. Al imperialismo nadie lo talla, podría ser una de las creencias de Trump, el ángel exterminador.
Y así lo hizo ver el pasado 3 de enero, con una operación relámpago de su Fuerza Delta (que ya tenía cortos o flashes como la de volar a su antojo embarcaciones de pescadores o de narcos, según la visión imperial). Capturar (o secuestrar, según como se mire) a Nicolás Maduro y su esposa, en una aberrante violación de los principios de no intervención; creer que el derecho internacional es como un juguetico o, de otra manera, como un supositorio que Trump puede introducirse por donde sabemos, y decir que el petróleo de Venezuela es gringo, es apenas una partecita del Corolario.
La acción confirma, desde la visión aplastante de una superpotencia, que quieren ser los patronos del mundo. El Corolario Trump y el Documento de Seguridad —una exhibición del talante imperialista— dicen, como para que los otros países entren en tensión nerviosa, que Estados Unidos quiere organizar “el ejército más poderoso, letal y tecnológicamente más avanzado del mundo”. Lo sucedido en Venezuela ha sido una “pequeña” exhibición de Trump y su poder imperial.
Parece no haber, por ahora, una resistencia, o una contundente forma de contestación a las agresiones de Washington, como para llevar, por ejemplo, a un juicio internacional al despótico Trump. Lo que sí es notorio ha sido la colonización mental ejercida por Estados Unidos en tanta gente de por acá y por allá. Ha habido celebraciones y otros festejos por lo que, en esencia, ha sido una flagrante violación de los principios de coexistencia pacífica, de autodeterminación de los pueblos y otras nociones del derecho internacional. El imperialismo hace de las suyas, no solo con la fuerza bruta, sino, además, con el asalto a las conciencias de los sometidos.
La megalomanía de Trump y Estados Unidos, que encarna ahora la potestad de erigirse ya no solo como gendarme del mundo, sino como una potencia que puede hacer lo que le dé la gana, es un riesgo mortal para el orbe, pero, en particular, para América Latina. Hay que recolonizarla, someterla, embestirla. Lo sucedido en Venezuela es apenas una advertencia. “Vamos por todo”, pensará el nuevo filibustero.
Hace un tiempo, la jefa del Comando Sur, generala Laura Richardson, declaró, en plural, que “tenemos” los recursos estratégicos en los que América Latina es rica. Oro, litio, petróleo, tierras raras, diversos minerales, agua y suelos que, según ella, Washington debe disputárselos con otras potencias. Ya el golpe en Venezuela mostró la catadura imperialista de querer todo el botín. Parece apenas el comienzo de un asalto de más extensión.
Como ha sido siempre, y más ahora con el talante agresor de Trump, a Estados Unidos, en su afán de mantener su hegemonía en América Latina, no le interesa si en un país hay democracia o dictadura, violaciones a los derechos humanos, fraudes electorales, etcétera, sino si los gobiernos son obedientes. Maduro no encajaba en ese modelo. En cambio, al narcotraficante expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, Trump lo indultó. Sorpresas te da la vida.
El humor negro, propio de nuestra América, afloró con el zarpazo de Trump en Venezuela. Pulularon chistes y montajes fotográficos. En uno de estos se ve a un sonriente presidente gringo sentado a una mesa, con un plátano maduro asado, relleno de queso, y una leyenda dice: “ojalá se intoxique el carapálida”. Así sea. Ojalá todo el imperio se indigeste para siempre.
