27 Jul 2021 - 2:59 a. m.

Esquizofrenia presidencial

El Duque y sus comparsas cada vez más dan la impresión de habitar en el país de Jauja, abundoso y próspero, sin pobres, sin desojados (no de agujas deshojadas, sino de seres humanos a los que los alcaravanes policíacos les sacaron los ojos), sin despojados. Edénico. En qué país vivirán estos hipnotizadores, como aquel Blacamán de la India que obnubiló espectadores en su circo de ochenta leones y ninguna flor, para decir que estamos muy bien en un país de infortunios, donde más de veinte millones pueden comer si acaso dos veces al día.

El deplorable discursito del 20 de julio, en que el presidente mostró otra vez síntomas de su demagogia risible y de su distanciamiento con el ciudadano, ratifica su catadura antipopular. Es otro más que gobierna, claro está, para banqueros y ciertas “gentes de bien”. Y para abrir puertas a depredadores internacionales. No para disponerse a resolver los graves problemas que acongojan a las mayorías, entre ellas miles de desempleados.

¿De qué me hablas, viejo? Habría que preguntarle al presidente cuando hizo referencias a presuntos avances en el tratamiento de la pandemia, cuando, en esencia, ha sido un beneficiador de las condiciones impuestas por los monopolios de la química farmacéutica. O en casos como el presunto apoyo al Acuerdo de Escazú, cuando, en la práctica, sus copartidarios y amigotes del Congreso lo “pasaron al papayo”. ¿Cuál defensa del medio ambiente? Más bien, se lambe por el fracking.

La farsa de la vulgaridad se apreció cual ridículo sainete cuando el Congreso, una institución de vasto desprestigio, ovacionó la intervención de un presidente impopular, que ha alcanzado altas cotas de antipatía. Entre desvergonzados se dan la manito, sucia y todo. ¿De qué me hablas, viejo? Se podría interrogar al presidente cuando dijo que la Fuerza Pública “está sujeta a los más altos estándares en materia de derechos humanos”. Y quizá para él (como para su vicepresidenta que dijo que los muertos en las manifestaciones eran crímenes de los vándalos) qué importan los 84 asesinados en las demostraciones del paro nacional (por lo menos 28 de ellos atribuidos a la Policía), los abusos de autoridad, los desaparecidos, los que han padecido lesiones oculares por las intervenciones del Esmad.

¿De qué estás hablando, viejo? pudo ser otro llamado de atención cuando alabó a médicos y personal de salud en una atmósfera de irrealidad, o quizá de hipocresía, cuando en rigor muchas veces les ha tocado trabajar con las uñas; y en su enfermiza desconexión con los problemas del sector salud, para nada se refirió Duque a la situación lamentable de hospitales, a los pagos retrasados, a las condiciones precarias de muchos centros asistenciales.

Lo de la matrícula cero, que según él es una promesa cumplida de campaña, ha sido más el resultado de largas luchas del movimiento estudiantil, de sus exigencias y demostraciones en defensa de la educación pública. Así que no cabe este otro espejismo oficial proyectado por un presidente que más parece habitar en una torre de marfil o en una burbuja incontaminada.

Para él, por ejemplo, poco o nada valen los informes sobre derechos humanos de la CIDH. “El Gobierno en lugar de reconocer sus errores, garantizar la protección de los derechos humanos y acoger las recomendaciones, acudió al irrespeto. La crisis de derechos humanos en este gobierno es inocultable”, dijo el senador Antonio Sanguino, uno de los voceros de la oposición en la instalación del 20 de julio pasado.

En este gobierno de pacotilla, clasista y demagógico, los paniaguados del mismo se han apoderado de los organismos de control, vigilancia e investigación. Son acólitos de oficio del presidente. Y están para favorecer las decisiones y comportamientos oficiales y acosar a los que resisten y se oponen a las manipulaciones. Otro vocero de la oposición, Pablo Catatumbo, dijo, ante la despectiva ausencia del presidente, que “el mal manejo de la salud quedó demostrado con la pandemia; la educación de los jóvenes y niños es desoladora. La desatención de la producción agrícola y la importación masiva de alimentos ha arruinado el campo colombiano”.

El pasado veinte de julio, cuando las manifestaciones abundaron en las calles de pueblos y ciudades en Colombia, cuando se izaron banderas al revés en señal de protesta por la infinidad de atropellos gubernamentales, cuando se cumplió otra nueva jornada del paro nacional, el presidente, muy a la cínica, decía que respetaba la protesta pacífica, al tiempo que las hordas policiales se desbordaban contra marchantes en distintas partes del país.

Mientras Duque peroraba como un aprendiz de cura, y su corte, o, mejor, su claque, se maltrataba las palmas en aplausos de comedia barata, surgían otras voces: “¿Qué aplaude el Congreso? ¿La violación de los derechos humanos?”. “El país del que habla el Presidente en su discurso es todo menos la realidad de Colombia”. “Es un farsante”. Presidente de cuento de hadas, que bien pudiera ser uno de los siete enanitos.

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