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Lo tenés grande (“qué glande”, dirá el chinito) o chiquito. O no tenés nada. La falocracia en boga, va y viene, desde tiempos sin memoria. ¿Qué es lo importante: el tamaño, el grosor, el diámetro? Nada. Al David, de Miguel Ángel, podría importarle un pepino, o una pedrada, o una honda al garete, el tamaño. Guarda las proporciones áureas, la belleza armónica, la sensación de la perfección en el mármol y sus plásticas formas. Qué pena la “penocracia”. Hay que estar inventando palabras para referirse a esa porción colgante que, según Leonardo, es por donde piensa el hombre.
Un candidatico presidencial (vaya, si cualquiera puede serlo) ha puesto en boga, por su vulgaridad más que por alguna revelación freudiana, el instrumento que, en español (y tal vez en todas las lenguas) tiene múltiples formas de designación. El pene y Penélope no son hermanos. Esta mujer, tejedora y de larga paciencia, esperó veinte años a su marido, mas no por el pene, sino por la pena de la ausencia. Como un entramado mecanismo contra el olvido.
Se puede aclarar en este punto que no ha sido el gran Leonardo quien ha dicho (aunque pudiera serlo) tal aseveración: “el hombre piensa con el pene”, pero está, desde antes de las braguetas y los suspensorios, incorporada a la popularidad de la lujuria y las motivaciones sexuales. Después de la mediocre desbarrada de un aspirantico presidencial frente a una periodista, ha vuelto a surgir, pero no tanto por política, sino por metafórica, una frase de Séneca: “Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya”.
En el libro El pene (El mejor amigo del hombre), de Josep Tomàs, que en el prepucio o, mejor, en el prefacio —tal cual lo dice— cita a Séneca, se advierte sobre el axioma aquel que afirma que el hombre tiene el cerebro entre las piernas. “Pero yo alteraría un poco su formulación… No es que el hombre piense con el pito… es que básicamente los órganos genitales residen en nuestro cerebro”, agrega.
Después, para darle más “envergadura” a su argumentación, el autor se pregunta ¿qué otra parte del cuerpo humano recibe tantos nombres y apelativos para tal presa o colgajo? Y el catálogo es extenso, además, según la región del mundo, la capacidad imaginativa de los pueblos, o aquello que sirve como comparación, resulta una lista más larga que la de cualquier mercado. Y desde picha, pene, pirulín, pichula, polla, mondá, butifarra, chorizo, pistola, pito, pasando por “embutidos” como morcilla, salchicha, longaniza…, la palabreja se metamorfosea según la geografía y la cultura.
Algunos poderosos bautizaban a su pene con algún nombre o sobrenombre, como el caso de Julio César que lo llamaba “Él”, o, como es fama, el del presidente gringo Lyndon B. Johnson, que lo apodaba “Jumbo”. Me parece que fue Truman Capote quien, como buen chismoso, dijo que el colgajo del actor Errol Flynn era descomunal y que, para diversión colectiva, lo paseaba por un teclado de piano. O sea, tenía una verga pianista. Que se sepa, ninguno de estos sujetos “bien dotados” le dijo a alguna periodista que les revisara el atado, ni que el “tamaño” pudiera definir (como creía Trump, por ejemplo) una elección presidencial.
El falocentrismo, pese a todas las aperturas, avances y conquistas de los derechos de las mujeres, parece continuar como una expresión autoritaria, dictatorial, machista y peligrosa. Es de una denigrante vulgaridad que un filipichín, devenido candidato presidencial, acuda a tales bajezas (bajuras o intentonas disimuladas de “violación verbal”, por ejemplo) frente a una reportera. Es, por lo demás, una manifestación de la involución del debate electoral, de la utilización del lenguaje de alcantarilla para visibilizarse como una presunta alternativa de la ordinariez.
Por si acaso, y aunque el tamaño no importa (eso se decía del cinematográfico monstruo Godzilla), los franceses son los que lo “tienen más largo” y los coreanos, más corto. Vaya y venga. Pero al candidatico de cloaca le podría pasar, por qué no, lo que le sucedió a Kichizo Ishida, protagonista del filme japonés El imperio de los sentidos. O, por qué no, en algún callejón electoral podría aparecérsele la rediviva figura de Lorena Gallo (o Lorena Bobbitt), la inmigrante ecuatoriana que dejó sin “chimbito” a su violador y maltratador marido.
Si fuera por tamaña cosa que se llegara a la presidencia, el “Negro del WhatsApp” sería —en caso de alguna postulación— el ganador sin discusiones. El atorrante candidatucho, que atropelló a una periodista, podría quedar muy bien capado en esta contienda electoral. Creo que el atrabiliario incidente ha servido para remover antiguas teorías freudianas y, desde otra perspectiva, para volver a leer novelas de cartel como las de Henry Miller.
“La noche y el sexo corriendo en la calle como una alcantarilla”, se dice en Trópico de cáncer. Joder. Los comicios convertidos en un concurso de braguetas.
