2 Nov 2021 - 4:00 a. m.

Fraude con garantías

En Colombia los caminos no se bifurcan. Se vuelven sobre sí mismos, como una serpiente que se muerde la cola. Estamos desde siempre en una circularidad temporal, con repeticiones apenas alteradas por matices, por colores desteñidos, por alguna pequeña particularidad que no alcanza a ser una variante, sino una continuación. Como en Cien años de soledad, sucede “como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”, que así decía Úrsula Iguarán.

Es solo observar la historia para visibilizar de nuevo los desmanes con el sufragio, tantos que ya hay una catalogación a Colombia como el país de los “fraudes electorales”, repetidos y obstinados. Desde el siglo XIX, cuando apenas estrenábamos república (o republiqueta), ya se estilaban maniobras retorcidas para alterar resultados. Aunque las más protuberantes comenzaron en los albores de la centuria del XX, con la adulteración que dio como ganador presidencial a Rafael Reyes sobre el cartagenero Joaquín Fernando Vélez Villamil.

Y por qué vienen a colación los ejercicios del desafuero en los comicios. Quizás, por qué no, este recorderis tenga que ver con las recientes declaraciones del registrador nacional del Estado Civil, Alexánder Vega, a quien se le babean las ganas de proseguir una tradición muy a la colombiana: el fraude electoral.

El funcionario, muy campante, ante la requisitoria de la oposición (o de un sector de ella) que pidió garantías para las elecciones del próximo año, se despachó con una perla: “El que no sienta garantías o crea que le harán fraude, pues no debería presentarse”. Implícitas en esta vulgar declaración están las torvas intenciones de no alterar el tiempo circular, la repetición histórica de acciones fraudulentas.

Así, tras esta salida en falso del registrador (como si hubiera respondido, por ejemplo: “Para no tener que hacer fraude, lo mejor es que la oposición no participe en elecciones”), no sobran los recorderis sobre las trampas y turbiedades electorales, como el descomunal fraude del año 70, cuando le birlaron el triunfo al populista de derecha, el exdictador Rojas Pinilla, que no era ninguna “pera en dulce”, pero, igual, había conseguido más votos que sus oponentes.

Del fraude electoral de 1970, el cual la historia ha probado con creces, resultaron varias consecuencias, nada gratas, como la llegada a la Presidencia de Misael Pastrana Borrero (cuyo delfín, qué horror, también fue presidente más tarde) y el nacimiento de un grupo guerrillero que en su campaña de expectativa publicitaria se hizo pasar por un purgante: el M-19, cuyo nombre, por qué no recordarlo, se debió a la fecha en que se trastearon la victoria de “Pinilla” (así le decía la gente a Gurropín) y se la adjudicaron al susodicho Misael: el 19 de abril.

Aquel escandaloso fraude le dio la razón al cura Camilo Torres, que años antes había pronunciado una sentencia lapidaria: “El que escruta elige”, con la que, además, justificaba el abstencionismo de sus correligionarios. Y volviendo al caso Vega, hasta muy cuestionada fue su elección como registrador. No está por demás citar una declaración de una activista: “No cumplía los requisitos ni de experiencia profesional ni de formación académica, pero las presidentas del Consejo de Estado y la Corte Constitucional de ese momento casualmente cambiaron el concurso justo cuando Vega se iba a postular” (Catherine Juvinao, en Infobae 26/10/2021).

En un país como Colombia, sin transparencia y que no ofrece garantías electorales a los partidos contrarios al régimen, es muy probable seguir repitiendo la fraudulencia. “Vaca ladrona no olvida el portillo”, se dirá, con razón. Por ejemplo, es pertinente recordar otro fraude en las elecciones legislativas de 2002, según denunció en otro momento el exdirector de informática del desaparecido y aterrador DAS Rafael García Torres.

Se refería a la injerencia del Bloque Norte de las Autodefensas, que diseñó un siniestro plan de “fraude electoral de proporciones gigantescas para llevar al Congreso a candidatos en los departamentos del Cesar, La Guajira, Magdalena y Bolívar”. El mismo exfuncionario anunció otras “novedades” de entonces: “Dado que todos estos candidatos apoyaban a Álvaro Uribe Vélez, en su aspiración presidencial, el fraude fue repetido para las elecciones presidenciales”.

Ayer, como antier y como siempre, el país ha sido propicio a corrupciones y fraudes a granel. No han faltado las malas acciones, las porquerías, las celadas para cambiar resultados electorales. El portar otro baldón, otra mancha imborrable de degeneraciones, el de llevar el nada noble título de “país de fraudes”, le da a Colombia un cariz siniestro. Quién podría confiar en las gestiones de la Registraduría, si su máximo jefe solo puede decirles a los que serán objetivo de la tradicional fraudulencia comicial que entonces no se presenten a elecciones.

Habrase visto tamaña agresión a la presunta democracia de papel. Ni sonrojos aparecieron en las mejillas del zar de la Registraduría. Él dirá que está a tono con la historia, que no se ha descarrilado. Y que es parte del tiempo circular que ya Úrsula Iguarán había advertido.

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