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Hipopótamos bajo la tela de una araña

Reinaldo Spitaletta

21 de abril de 2026 - 12:03 a. m.

Toda Colombia —valga la hipérbole— parece hoy inmersa en el mundo de los hipopótamos. Con la inteligencia artificial se dibujan caricaturas, se realizan proclamas, se cuentan chistes, en los que, a modo de cuestionamiento, se ha incluido la imagen “hipopotámica” de un concejal de Medellín que se cree beisbolista y solo, según se ha visto, quiere batear a manifestantes. El hipopótamo, que no podemos adoptar como mascota, tiene una cruda y mafiosa historia en el país, y, por estos días, casi se ha vuelto como un reconstituyente de la memoria.

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Al conocerse la decisión del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de aplicar la eutanasia a 80 hipopótamos del Magdalena Medio, pulularon imágenes de la Hacienda Nápoles, del capo Pablo Escobar, de sus tiempos de encumbramiento mafioso, cuando, como ha sido usual en Colombia, lo visitaban políticos y un cortejo infinito de “lagartos” a su prefabricado paraíso de Puerto Triunfo.

Se ha recordado —pese a ser un país amnésico— que Escobar, en su megalomanía, no solo trajo tres ejemplares machos del África, sino que, con el concurso de alguno de sus amigotes, como el automovilista Ricardo “Cuchilla” Londoño, importó de un zoológico de Estados Unidos una “hipopótama” para que los aburridos Hippopotamus amphibius de la hacienda se pudieran aparear. Aparte de estos “mamíferos artiodáctilos”, Escobar trajo elefantes de la India, canguros australianos, dromedarios del Sahara, búfalos estadounidenses, vacas escocesas, vicuñas peruanas…

En el Magdalena Medio, donde Escobar compró enormes extensiones de tierra en Puerto Triunfo y sus alrededores, se cocinó —no propiamente a fuego lento— el paramilitarismo. El proyecto político, de fachada contrainsurgente, se fue apropiando de las mejores tierras del país. En el principio, cuando Escobar todavía se disfrazaba de barón de los negocios y conseguía la suplencia de una curul en la Cámara, con la anuencia de Santofimio Botero y Jairo Ortega, entre otros politiqueros, la Hacienda Nápoles era un santuario del Cartel de Medellín.

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En aquella “finquita”, cuya portada tenía una avioneta empotrada en cemento (se decía que fue la primera que usó el mafioso para ingresar su primer kilito de cocaína en Estados Unidos), Escobar no solo tenía animales, sino, entre otras rarezas, un automóvil con huellas de decenas de disparos en la carrocería. Se anunciaba, con exclamativos bombos y platillos, que era el de la legendaria pareja de bandidos Bonnie y Clyde, de los tiempos de la Gran Depresión del capitalismo. Según lo confesó al reportero Juan José Hoyos, entonces de El Tiempo, no era más que un carro viejo que compró en una chatarrería de Medellín, al que él mismo, con una subametralladora, había rociado de tiros.

La decisión de practicar la eutanasia a los hipopótamos, que se han reproducido desde los tiempos de Escobar y regado por distintas partes del Magdalena Medio, por la misma región que en otros tiempos se inundó de cadáveres, de asesinatos selectivos, de terror y muerte, ha suscitado diversas reacciones. Una, que parece la más sonada, es que, de no realizarse estas “muertes asistidas”, no habrá manera de contener en la región la presencia inquietante de los “caballos de río”.

Al mismo tiempo, sociedades protectoras de animales y voces ecologistas han protestado por la medida. Los hipopótamos del Magdalena, multiplicados sin control alguno, ocupan humedales, afectan ecosistemas y a especies nativas como el manatí, aparte de perturbar la pesca. Los contradictores de la disposición dicen que sería más conveniente la esterilización y la reubicación en santuarios (por ejemplo, en la India).

Desde que Pablo Escobar fue abatido por el Bloque de Búsqueda (el 2 de diciembre de 1993), los hipopótamos comenzaron a expandirse. Así que el “capo di tutti capi” no solo fue el motor del narcoterrorismo en el país, sino que sus delirios de grandeza lo llevaron a imaginar que tenía un Arca de Noé tropical, con jirafas, avestruces, garzas y también alcaravanes (estos últimos no alcanzaron a sacarles los ojos a nadie, como sí ocurre en un cuento de García Márquez).

La controversia por los hipopótamos ya había tomado fuerza en 2009, cuando francotiradores, como si estuvieran en un safari, le dispararon con fusiles, desde una “prudente distancia”, a un ejemplar. Atendían a la autorización que el Ministerio de Ambiente de entonces había otorgado, con el nombre de “caza de control”, para limitar la presencia de estos “forasteros” en Colombia. Las protestas no se hicieron esperar.

Los hipopótamos “colombianos” están ligados a la historia atroz del narcotráfico, de las mafias y del paramilitarismo. Ahora son parte del repertorio de chistes, de publicaciones de humor negro, de resonancias ecologistas, de un sinfín de posiciones encontradas. El Magdalena Medio, tierra sufrida, rica geografía que albergó en sus entrañas a delincuentes como el mercenario israelí Yair Klein, entrenador de “paracos”, vuelve a la primera plana con la “hipopotemática” situación.

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¿Cuántos hipopótamos se balancean ahora bajo la tela de una araña?

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