El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La dictadura desapareció a mis amigos del barrio…

Reinaldo Spitaletta

17 de marzo de 2026 - 12:00 a. m.
“Hace cincuenta años, la barbarie apenas comenzaba en Argentina”: Reinaldo Spitaletta
Foto: Archivo Particular
PUBLICIDAD

Hubo una dictadura militar que desapareció a treinta mil personas, que arrojó al Río de la Plata, desde helicópteros, a detenidos por sospecha de ser subversivos, que apabulló las libertades públicas y sembró de terror y muerte, durante siete años, a los argentinos. Una dictadura que propinó un golpe de estado hace cincuenta años y, apoyada por Estados Unidos, erigió un régimen de infamias y otros horrores inimaginables.

Qué doloroso tiempo aquel, de violación permanente de los derechos humanos. Parece ser que, después de tantos abusos del poder, las heridas todavía están abiertas, en especial en los descendientes, parientes y amigos de los desaparecidos. “Al subversivo hay que matarlo, pero no sólo a él, sino también a sus hijos, para que no puedan propagarse”, era una de las consignas de los militares asesinos que, encabezados por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti, implantaron la ignominia.

A cincuenta años del golpe en Argentina, la memoria histórica sigue viva, alerta frente a la no repetición. Las Fuerzas Armadas, desde el 24 de marzo de 1976, “contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”, dice un apartado del prólogo del Nunca Más, informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Ha sido, en ese país, “la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”, se anota.

El tal Proceso de Reorganización Nacional, nombre eufemístico que adoptó la dictadura, se convirtió en una barbarie, en la que los militares fueron los verdugos, los protagonistas de una arremetida sangrienta contra la población civil, contra cualquiera que oliera a oposición, a resistencia y cuestionamientos a los desafueros. La “reorganización”, en efecto, consistió en reprimir, torturar, perseguir, violentar a mujeres y hombres, secuestrar y desaparecer.

A su vez, aquel infierno propiciado por los militares, condujo a la creación de películas, memorias, poemas, canciones, pinturas, novelas y todo un arsenal intelectual que fustigó a los asesinos y permitió que la historia no muriera en la amnesia colectiva ni en la impunidad. Se recuerda, por ejemplo, la Carta abierta del periodista y escritor Rodolfo Walsh a la Junta Militar, al cumplirse el primer año de la dictadura.

Read more!

El autor de Operación masacre, y de cuentos como Un oscuro día de justicia, o de la imprescindible investigación ¿Quién mató a Rosendo?, publicó una carta heroica, en la que denunció las tropelías castrenses. “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional…”, señaló en un apartado.

Después, se produjo la vindicta militar y Walsh pasó a engrosar la cifra fatídica de los desaparecidos. En su carta, el escritor denunció, además, entre otros factores, las políticas del Fondo Monetario Internacional y su recetario de miserias para los países oprimidos del mundo, así como la presencia nefasta de las trasnacionales, muchas de ellas patrocinadoras de la dictadura y parte de la conspiración contra América Latina a través de la Operación Cóndor, por ejemplo.

Read more!

Cuando la dictadura estaba todavía estrenándose, un comando militar entró en la casa de Marcelo Gelman (hijo del poeta Juan Gelman) y su esposa Claudia, que estaba embarazada. Los dos fueron parte de esa estadística del terror. Años después, en 1995, el poeta escribió una carta abierta, dirigida a la nieta o nieto que la dictadura le había robado. “Habrás nacido algún día de octubre de 1976 en un campo de concentración”, dijo en el encabezamiento. El 31 de marzo del 2000, el poeta encontró a su nieta. Se llamaba María Macarena.

Miles de desaparecidos, los exiliados, los que enmudecieron ante el terror, los que sobrevivieron a los secuestros y torturas, aquellos cuyos gritos fueron tapados con el canto de los goles del Mundial 78, los fusilados en la Escuela de Mecánica de la Armada (cerca del estadio Monumental de River), los miles de víctimas de un exterminio sistemático y de tantos otros oprobios contra la condición humana fueron el telón de fondo de las tropelías de la dictadura militar.

Las voces justicieras de las Madres y Abuelas de Mayo persisten en la historia argentina y de América Latina. “¿Adónde irán los desaparecidos?”, pregunta una canción. Y otra letra, recitada por el cantante Gian Franco Pagliaro, recuerda a una de tantas desaparecidas, a Verónica: “Los ecos de las últimas canciones de protesta / eran estrangulados silenciosamente por los verdugos de la música y la poesía”. Tantas Verónicas, tanta gente desaparecida. En Los dinosaurios, dice Charly García: “Los amigos del barrio pueden desaparecer / Los cantores de radio pueden desaparecer / Los que están en los diarios pueden desaparecer...”. Hace cincuenta años, la barbarie apenas comenzaba en Argentina.

No ad for you
Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.