Nos han educado (¿o, más bien, mal educado?) para ser obedientes, para tener quién piense por nosotros y nos indique cuál es el derrotero. El pensamiento religioso –que podría ser una contradicción verbal, como la de “inteligencia militar”– busca que el feligrés, el que es parte de una grey, no se vaya a salir de la fila. Una manera de comprobar estos asertos se da en los comicios. Hay sacerdotes que ofician y una amplia gama de seguidores que espera con ansiedad la orden. Es decir, el dogma que hace cerrar ojos y propicia la subordinación.
Y como si el seguidismo y el adoctrinamiento fueran poco, entonces hay que extender la necesidad de la servidumbre voluntaria. Seamos esclavos, aun cuando no haya un patrón o un verdugo a la vista, porque, en esencia, no se necesita. Solo basta con que el poder establezca una situación —que a la postre se vuelve costumbre— de la que, en apariencia, no se puede escapar: hay que obedecer al que manda.
Los dominados deben permanecer así, para siempre. Hace más de quinientos años, el joven francés Étienne de La Boétie, amigo y discípulo de Montaigne, escribió el Discurso de la servidumbre voluntaria. En la intensa cortedad de su obra, y como si sus palabras fueran un bisturí, penetró en la tripería (sin que nadie lo amenazara, además, con destriparlo) del amo y del siervo, del esclavista y del esclavo, y puso al descubierto los mecanismos del poder que conducen a que el sometido llegue a enamorarse de su sumisión y la considere algo natural.
Así, como después lo anunciaría Dostoievski, se da el extraño caso del esclavo que acaba por amar sus grilletes. En su ensayo sobre la ilustración, Immanuel Kant consideró que el pensamiento ilustrado era la posibilidad más clara de liberación del hombre mediante el uso de la razón. “La Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro”, escribió en 1784.
Según el filósofo prusiano, es necesario servirse de la propia razón, sin requerir tutelas de otros, sin que haya pastores y sacerdotes, sin que nadie más tenga que interferir. La libertad comienza con la capacidad de pensar por cuenta propia. Siguiendo esos planteamientos expresados por Kant, en su artículo ¿Qué es la Ilustración? Estanislao Zuleta advertía que “para salir de la minoría de edad es necesario aprender a pensar por sí mismo; es más incómodo pensar por sí mismo que obedecer”.
Cuando transferimos la capacidad de pensar al “líder”, al pontífice o al político, estamos asumiendo la servidumbre voluntaria. Esa que, por carecer de visión crítica, consideramos como una virtud o al menos una conducta plausible. Creemos que es más cómodo que el jefe piense y nos transmita sus órdenes. Tal vez pasa lo mismo cuando el dependiente se doblega ante el capataz, que, a su vez, es una representación del poder del dueño de la empresa. Aquí podríamos prolongar el relato con los denominados “micropoderes”.
Se sabe, o al menos así lo enseña la historia, que sociedades como la nuestra, por ejemplo, están diseñadas para favorecer la obediencia y suprimir al contestatario. Si usted no se rebela ni cuestiona y permite que el de arriba esté siempre arriba y el de abajo habite en los profundos infiernos, está hecho para inclinar la cerviz. Y si sigue sin chistar la ruta del que se postra, como un acólito, puede comenzar a ver al disidente como un enemigo. El que piensa es un ser peligroso. A ese habría que “destriparlo”, como lo ha dicho el presidente electo colombiano.
En la pasada campaña electoral se notaron, en especial desde uno de los sectores en confrontación, el de la extrema derecha, las inclinaciones hacia una especie de führer o de duce, al que hay que ungir para que despierte emociones y destierre el razonamiento. Sus seguidores cumplen el papel de peones, a los que solo les queda la obediencia ciega. Si se llama, por ejemplo, al destripamiento de “mamertos”, de sindicalistas y, por qué no, de quienes ejercitan el pensamiento crítico y son catalogados, al bulto y a veces sin saber siquiera de qué se trata, como “comunistas”, el sometido simplemente obedecerá.
Obedecer es más cómodo que pensar en las complejidades del poder y la autoridad, o en principios como los de la libertad de pensamiento y expresión. En su breve discurso, el pensador francés anota: “¡Pobres y miserables pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas a vuestro bien! Os dejáis arrebatar ante vosotros lo mejor y lo más claro de vuestros bienes, saquear vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles antiguos y paternales…”.
Lo más probable es que aún nos falte por recorrer un largo camino para alcanzar la edad de la razón y la verdadera mayoría de edad.