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17 May 2022 - 5:01 a. m.

La náusea electoral

En el enrarecido ámbito de la política nacional hay una sensación de malestar y de náusea. En vísperas de elecciones presidenciales, cuando en 11 departamentos se realizó, con una sospechosa libertad, un paro armado, diseñado y adelantado por un supérstite combo del paramilitarismo, Colombia se estremece.

Y no tanto porque haya una polarización (que puede ser aparente, en la medida en que a uno de los polos se le considera, sin fundamento, “comunista”, “socialista”, y una mazamorra de apelativos que pueden ir desde el “castrochavismo” al manoseado “mamertismo”, cuando podría demostrarse que más bien son parte de una corriente liberal, con visos de la antigua Anapo), sino por una especie de vacío (o vanidad) en los aspirantes y sus insustancialidades.

En uno más que en otros, por supuesto. La política actual, sin tanto calado, sin interpretación realista de las hondas diferencias sociales de uno de los países más inequitativos del orbe, se mueve más por los latidos de las redes sociales, del efectismo, de la promesa populista, del ataque personal como táctica deleznable, que de una auténtica visión (que debería ser científica) de los padecimientos de la gente.

Cuando digo “científica” es que haya, en vigor, una investigación a fondo de cómo esa categoría, el pueblo, que se ha convertido en una entelequia, tenga auténticos voceros de sus aspiraciones, de sus dolores y frustraciones. Y más bien, según lo que se nota, es la apelación a los lugares comunes, al mesianismo, al “redentorismo”. O a las alertas desvergonzadas de “¡cuidado con el lobo!”, cuando quien así grita ha estado desde hace años tragándose a todas las ovejas.

En su Política, Aristóteles enuncia que “el hombre es el único animal que tiene palabra” y desgrana este aserto con aclaraciones como que esa palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. “Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad”.

Sin embargo, en la política colombiana la palabra está denigrada, vaciada de contenidos, banalizada. Es lo que podría llamarse la vacuidad de los discursos, reducidos a ciento cuarenta caracteres, a insultos, a descalificaciones y sinsentidos. Los políticos, o una mayoría absoluta de ellos, no convocan a la reflexión, al uso de la inteligencia, sino a la emotividad. Son los tiempos, se dirá. La farándula. El reguetón. La superficialidad relumbrante.

La política, que debería ser una posibilidad para el desarrollo del pensamiento, para la construcción colectiva de crítica y autocrítica, para iluminar caminos de libertad, es, al menos por estas latitudes, un sancocho sin sazón. Un llamado degradante a la vulgaridad. Y a toda esa atmósfera envenenada, hay que agregarle la constante amenaza, el dicterio, el señalamiento sin sustentación.

A diferencia de los tiempos aristotélicos, la política hoy no es para mandar y obedecer; no es para tener reyezuelos y peones; ni para someter a una vasta cantidad de hombres a las nuevas maneras de la esclavitud. Se supone que es —debería ser— para la liberación, para estimular la capacidad de cuestionamientos al poder, cualquiera que este sea. Es para implementar mecanismos racionales a fin de que el otro, acostumbrado a las cadenas, no las siga amando, y sea capaz de romperlas.

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie sustenta que son los pueblos los que se avasallan y se cortan el cuello con mano propia. Y a esa actitud de dependencia mental contribuyen los políticos (como tantos en Colombia) que no muestran los senderos de la libertad, sino, para su propio bienestar y poder, los del amor por las ataduras y por el amo.

Esto pasa cuando, de un lado, es el candidato, al no interpretar a cabalidad las tenazas y herramientas del sometimiento de vastos sectores de la población, el que afina el afecto de los “nadies” por el yugo, por la opresión; y del otro lado, cuando el candidato es parte de un sistema de inequidades, y lo defiende, y promueve la desvergüenza de que hay que arrodillarse ante el ídolo, ante el caudillo.

En el ambiente electoral colombiano, como digo, muy asfixiante, opresivo, flotan las amenazas, las consejas para “quemar” a otros, la guerra sucia, la vulgaridad. Puede ser que uno crea que la política debe ser para proporcionar instrumentos de análisis, dispositivos para impulsar las libertades públicas e individuales, modos de no tragar entero, pero no. Puede ser que estas consideraciones sean puro idealismo, que no cabe en estas pragmáticas maneras de reducción de la política a una consigna, a un eslogan, a un trino, a los expedientes de la gritería y de la jarana de partido de fútbol. En medio del esplín, la política debía proponerse que en un país en el que la mitad de la gente aguanta hambre, haya comida para todos.

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