Podemos agregar a las premoniciones sobre el nuevo gobierno colombiano, que de entrada podríamos decir que de “colombiano” solo tendrá el apelativo, que pulirá su visión y condición de cipayo, perfeccionará su servilismo y tenderá alfombra rojo sangre a quienes, desde corolarios y estrategias de dominación de pueblos, se configuran como los patrones del ungido presidente. Estará al servicio incondicional de Estados Unidos y de sus cabezas visibles, Donald Trump y Marco Rubio.
Y no es que me lo haya dicho “Adela”, como corea el chachachá de Bobby Capó. Los hechos, el discurso, la actitud y en especial su facilidad para el arrodillamiento, así lo confirman. Si hoy el presidente de Venezuela se llama Donald Trump, no estamos muy lejos que en el país limítrofe también lo sea el burdo sujeto que pretende apoderarse de América Latina para que continúe siendo un tradicional solar del imperio.
Los hechos son tozudos. Y al mismo tiempo despiertan la sospecha. La realidad no puede velarse ni maquillarse con corbatas, zapatitos finos o pantalones ajustados. La sospecha ha sido un mecanismo para acceder al conocimiento, o, al menos, un punto de partida para buscarlo. Lo advirtió hace años Descartes. Sospechar consiste en querer observar lo que hay debajo. Eso afirman algunos filósofos. “Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.
La cita, que procede de un libro que en otros días ayudó a extirpar la angustia existencial de pequeños burgueses, no se ha desvanecido y, creo, sigue vigente. El nuevo gobierno ayudará, sin proponérselo, a despejar el cielo nublado del país, en el que todavía hay sectores que dicen que el imperialismo no existe y que Trump es una versión edulcorada del Tío Sam. O del Pato Donald. Y, siempre que no termine por expandirse la “servidumbre voluntaria”, coadyuvará a desbrozar el camino de la crítica al poder y de la resistencia popular.
Sospechar es abrir entendederas frente a lo que se camufla en discursitos demagógicos, como los que durante la campaña electoral pronunció De la Espriella. Sí, claro, habrá represión, seguro habrá una suerte de retorno (nada retórico) a la limitación de libertades públicas, al control desde la escuela, a la utilización de aparatos de alienación colectiva. Se trata del retorno de brujos y otros catecismos. Además de la fuerza, se utilizarán mecanismos más sutiles de dominación, conectados con la ideología y sus métodos de domesticación.
Resulta que, pese a la tormenta que parece avecinarse, nos espera un renacer, como ecos de jornadas de viejos tiempos, de la cultura antiimperialista. Es una sospecha. Y que se fundamenta en la búsqueda del “cógito”, de la razón, de responder al sometimiento. Puede ser, si la mayoría de la gente cultiva su capacidad de análisis y de examen de la realidad, un abrir los ojos ante las pretensiones yanquis de convertir al país en un centro de explotación de transnacionales y de apertura de sus fronteras según las peticiones de Washington.
Para eso tienen en la presidencia a un monigote. Y lo que podría ir a favor del desaforado Trump es que no hubo en este cuatrienio que termina una estimulación del pensamiento y la resistencia en todos los perímetros de la cultura, la educación y otros ámbitos, contra la dominación extranjera. Se viene, de acuerdo con anuncios del presidente electo, una aplicación a fondo de la doctrina neoliberal y una época de censuras, arrasamiento de derechos adquiridos por los trabajadores y una adaptación de la “finquita” a los intereses de la metrópoli.
Los ideólogos del atraso pintarán trampantojos, maquillarán la realidad, se disfrazarán de benefactores cuando, en el fondo, son solo una expresión retocada del feudalismo y del saqueo de los recursos naturales. Algunos “filósofos de la sospecha” (como denominó Paul Ricoeur a Marx, Freud y Nietzsche) advierten sobre las celadas del poder, como aquella de hacer creer a los explotados y oprimidos que lo que conviene a las clases poderosas es una conveniencia para todos.
Como el pensamiento enseña a sospechar, es necesario estar recordando que, como lo previeron Marx y Engels en su Manifiesto, estamos en un tiempo en el que abundan “toda suerte de curanderos sociales que prometían suprimir, con sus diferentes emplastos, las lacras sociales sin dañar al capital ni a la ganancia”. Colombia, ayer como hoy, ha tenido en su paisaje infinidad de yerbateros y promeseros, como puede ser, digamos, el nuevo señor presidente.
Vivimos un tiempo de inestabilidades permanentes y equilibrios precarios, como quien camina sobre la cuerda floja. Y en tales circunstancias, la sospecha se erige como una herramienta de crítica y análisis de la realidad. Llegan tiempos sombríos. Pero menos mal que “todo lo sólido se desvanece en el aire” y lo sagrado también puede ser profanado.