Desde “chiquito” era un sujeto fuera de órbita, un “exórbite”, anarcoide, rojo y pendenciero. No “comía de nada”, como se decía después en Medellín, la tierra natal de León de Greiff, uno de los trece panidas, experto en armar tropeles en plazuelas con nombres de santos (san Francisco, luego San Ignacio), en una aldea que él, en 1914, calificó como banal, de “gente necia” y en la que había expertos en menjurjes bursátiles y ricos de panza grande.
Una villa de catolicismo y chismes, pero, también, de ambientes que trascendían el amor al trabajo y a la plata. Era, con todo y sus banalidades, tierra de poetas, escritores, periódicos y revistas, además de algunos pintores, caricaturistas y bambuqueros del barrio Guanteros. León de Greiff, nacido en la esquina de Bolívar con La Paz, expulsado de la Escuela de Minas, protagonizó una barahúnda, o, como él mismo lo señaló, una “guasábara”, en la que fue hecho prisionero junto con otros cuarenta de los tirapiedras y boxeadores callejeros.
La zambra, en la que De Greiff junto con Gabriel Uribe Márquez eran cabezas visibles, implicó a muchachos como Fernando González, Jesús Mora Vásquez (después reconocido laureanista), Aquileo Calle y otros contrincantes de buena pegada. Aquella montonera de plazoleta fue otro de los factores que condujo a la creación de Los Panidas, que duraron poco y publicaron diez números de su “subversiva” revista. Eran, según De Greiff, jóvenes grandilocuentes, camorristas, cafeístas y fumívoros.
Que una región, un país, tengan un poeta como De Greiff, es todo un símbolo de identidad, de pertenencia a un territorio —que puede tener ancestros de muchas partes, incluso vikingos— y de distinción en las palabras, las sonoridades, los ritmos. Y, como si fuera poco, en una actitud siempre vanguardista de cuestionamientos y rebeldía. De Greiff, hasta su muerte en 1976 en Bogotá (nació en la “Bella Villa” en 1895), incomodó al poder con sus palabras. Y hasta con su pipa.
Era un “ácrata anacoreta”, pero, a su vez, una especie de soñador irreverente, un “zurcidor de abstrusas cantilenas”, que trascendió geografías y fue mucho más allá de cualquier patrioterismo y eludió cualquier facilismo de muchedumbre. Con todo, con tantas músicas, a veces con espectaculares disonancias, sus palabras anidaron en gentes sencillas. Así no es de extrañarse que un artesano aventajado pueda recitar un ritornelo, mientras sus manos trabajan: “Esta rosa fue testigo / de ése que si amor no fue / ningún otro amor sería”.
Pese a las complejas dificultades léxicas que pueden entrañar sus poemas, sus palabras inventadas, sus movimientos sinfónicos, el poeta ha penetrado en el alma del pueblo, de sectores que parecieran estar marginados del conocimiento de la poesía. En otros tiempos, era más o menos común que algún muchacho de esquina barrial, se dejara venir con “juego mi vida, cambio mi vida, / de todos modos la llevo perdida…”.
En estos tiempos, tal vez poco poéticos, es interesante, o, al menos, significativo, que haya gente preocupada por leer a un rapsoda de postín como De Greiff. Una maravilla que la Universidad Nacional haya publicado la poesía completa del autor de Canción de Rosa del Cauca, una “lujuriante hada”, “síntesis de Ninones y de Aspasias”, una Venus de perfectos muslos.
El poeta siempre anduvo buscando nuevos aires, argentadas sonoridades, modos de romper tantas monotonías, incluidas las del poder. Y, con las palabras, se opuso a la “señora muerte”, esa misma que “se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa”. Esa muerte que se reparte por parejo y arrastra con vates auténticos y con “gramáticos solemnes y letales”. De Greiff, con sus mamotretos, tiene mucho de dónde escogerse, aunque no sé si “para todos los gustos”. No creo.
Con la poesía de este juglar trascendente, “busca, busca el espíritu mejores aires”. El Relato de Gaspar puede sonar como una despedida. O como un testamento. O como un resoplido contra una “casta inferior desglandulada”. Después de su muerte, hace cincuenta años, el poeta continúa sonando. Es una música de extrañas melodías, que tiene de río y hasta de aquel “mar no visto”, como armonías dodecafónicas. Qué extraño poeta. Qué necesario poeta.
Vivo en una aldea, todavía de “sucesos banales”, pero en la que hay algún concejal con agresivo bate (nada que ver con ningún vate, ni con Barba, ni con Epifanio, ni con De Greiff); y en la que, en algunos atardeceres, uno recuerda las fábricas de crepúsculos con arrebol, en donde, en alguna nube, se aparece el poeta de la taheña barba. Todavía tenemos chismes y catolicismo y en alguna estación del metro se nos aparece el poeta de la pipa que nos está recordando aquellas “alegrías que ya se murieron”.
Como Tomás Carrasquilla, por ejemplo, que retrató nuestras simulaciones, arribismos y complejos, el vigente De Greiff nos sigue advirtiendo acerca del peligro de tener una “total inopia en los cerebros”.