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Las nuevas tentaciones de María Magdalena

Reinaldo Spitaletta

03 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

En el Evangelio apócrifo de Felipe se cuenta que Jesús besó en la boca a María de Magdala, una enigmática mujer nacida a orillas del mar de Galilea, para transmitirle conocimiento espiritual, según los gnósticos. Otros, más acordes con la materia y sus propiedades, advierten que se trató de un acto erótico, que el nazareno era hombre y sentía hormigueos y deseos concupiscentes y otras ganas terrenales.

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En la novela La última tentación, de Nikos Kazantzakis, en la que aparece un Jesús que en su adolescencia fabricaba cruces destinadas al martirio y muerte de criminales y falsos mesías, vuelve a surgir la pasión entre el Salvador y María Magdalena. Otras audacias teóricas declaran que, según un manuscrito siríaco del siglo VI, Jesús estuvo casado con María Magdalena y tuvo hijos con ella. Jesús y la muchacha de Magdala han dado para todo, incluso para que un presidente, en medio de su logorrea, que incluye a médicos haciendo el amor con enfermeras en los hospitales (como el San Juan de Dios, por ejemplo), recuerde sin ton ni son que entre aquellos dos hubo algo más allá de simples lavados de pies y cositas por el estilo.

Se alborotó el cotarro obispal y cural, así como los amantes de las cacharrerías con todo a mil. Se recordaron, por si acaso, las relaciones entre el poder y el sexo, se desempolvaron los tratados de Michel Foucault al respecto, pasando por los Tres ensayos de teoría sexual, de Sigmund Freud, y hasta alguien, en medio de aquella zambra causada por la hiperlalia presidencial (para algo sirvió la “corrida de catre”, hasta para aprender palabras), evocó la felación de Mónica Lewinsky a Bill Clinton, quien después dijo que se dejó hacer tal “mamadita” para “manejar la ansiedad” y la “presión del trabajo”.

Hubo por estas fechas recorderis, más bien inútiles, en torno a las mujeres que sedujo el Libertador, a sus aventuras de camastro o de hamaca, como también las de Santander, y así se fueron deshilachando colchas de mandamases que se apoyaron, para sus ejercicios de poder, en buscar placeres en prostíbulos, o con mocitas bien entrenadas. No faltó la alusión para desmontar hipocresías y falsos desmayos (tan frecuentes en novelas románticas, así como los personajes que tenían los ojos inyectados en sangre) aquello promovido por altos jerarcas a fines del siglo XIX y comienzos del XX: “el liberalismo es pecado”. Ah, y peor aún: “matar liberales no es pecado”.

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Por aquello de las relaciones históricas hubo que recordar, entonces, cómo Rafael Uribe Uribe, a propósito de los llamados criminales de prelados, como fray Ezequiel Moreno Díaz y Bernardo Herrera Restrepo, derivados del carlismo español y del Syllabus del papa Pío IX, escribió De cómo el liberalismo político colombiano no es pecado y fue incluido en el Índice eclesiástico de libros prohibidos.

En todo caso, como derivados de la puesta en escena de la catrera del poder, de la cama de los que están al mando aquí o allá, la palabrería presidencial hizo recordar, quién sabe por qué, al banquete de Trimalción, en la clásica obra El Satiricón, de Petronio. Y, por asociación, se evocaron pasajes de la vida de Calígula, quien, como cuenta Suetonio, disfrutaba en los banquetes de las relaciones sexuales con sus hermanas. Sexo y poder, dos variables de vieja data, han estado en boga por estos días en Colombia.

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Si algo positivo tuvo el episodio (en esencia grotesco, eso sí) de las declaraciones presidenciales sobre sexo (aquí recuerdo a un compañero de universidad de hace años que decía “qué bueno más vicios”) es volver un poco a la historia y al mito, en este caso sobre María de Magdala, que creció en estatura y pensamientos mirando olas y atisbando horizontes. “Mi Magdalena vendrá caminando del valle hacia el mar”, cantaba Piero.

Lo curioso, por decir lo menos, es que sobre María Magdalena hay superávit de leyendas. Se ha dicho que siempre ha de ser calumniada, porque ese es su destino en un mundo que debe inventar las más increíbles historias acerca de su cuerpo y de su alma (más de su cuerpo, claro). Se imagina, por ejemplo, que ella, que sigue viva, tiene pesadillas con un hombre desnudo, crucificado, que no puede abrazarla. Solo la quema de lejos. Ella, sin embargo, hace de su carne el más sublime deleite.

El historiador francés Georges Duby escribió un documentado perfil de María Magdalena, sobre su presencia evangélica y su proyección en la mentalidad del siglo XII. La llorosa Magdalena, que encarnaba todos los vicios y siete demonios, cobra real importancia con el surgimiento de dominicos y franciscanos. En el siglo XIII, pintores y escultores —dice Duby— se afanaron en darle una imagen ambigua y turbadora a la chica de Magdala, que muchos años después, y por la palabrería de un presidente tropical, vuelve a estar en boga.

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