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La Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865) se había terminado, con todas las desgracias y contenturas de vencedores y vencidos, y con implicaciones de toda índole, incluso literarias y periodísticas (como el nacimiento de la fotografía de guerra). Un club de tiro de Baltimore, ante la falta de emocionantes disparos, ideó un modo de viajar a la luna a punta de cañonazos y envió a tres hombres dentro de un proyectil hueco. Claro: es la novela de Julio Verne, De la tierra a la luna. En 1902, Georges Méliès, un genio del recién nacido prodigio del cine, despachó a seis tipos en un proyectil que terminaría incrustado en un ojo de la luna.
Casi veinte siglos antes (siglo II), un imaginativo escritor y retórico greco sirio, Luciano de Samosata, el autor de los Relatos verídicos, le habló al mundo de entonces sobre los selenitas (habitantes de la Luna). Cuando navegaba en su barco por alguna parte del Atlántico, un tifón levantó su embarcación hacia el espacio y llegó a la luna, tras ocho días de navegación aérea. Allí encontró, además de buitres de tres cabezas y pájaros con cuerpo de hierba, pulgas del tamaño de elefantes.
Pero lo más sensacional para el viajero inesperado fue descubrir que los selenitas, que se alimentaban de humo de ranas tostadas, no nacían de mujeres, sino de hombres. Y se gestaban en las pantorrillas y no en el vientre. “Tienen los ojos desmontables y el que quiere se saca los suyos y los guarda hasta que tenga necesidad de ver; entonces se los pone y ve”. Por si hubiera cosas más raras, las partes pudendas de los selenitas eran artificiales. Algunos las tenían de marfil, pero, los más pobres, de madera.
La Luna ha inspirado películas, naves espaciales, poemas, relatos maravillosos y es parte de la carrera entre las potencias para dejar claro quién manda en el universo, en el que la Tierra es apenas un puntito insignificante de color azul. En la Guerra Fría, calentada por las dos superpotencias de entonces, la Unión Soviética y Estados Unidos, había que demostrar quién estaba al frente de la conquista de lo “desconocido”. Y aparecieron cosmonautas y astronautas y satélites, y la historia de una perrita callejera, Laika (que significa “la ladradora”) conmocionó, en 1957, a la humanidad.
A la perrita moscovita nada le importaba el capitalismo ni el socialismo. Era parte de una guerra de equilibrio geopolítico que ya se había calentado en Corea y después en Vietnam y en Cuba y en otros escenarios. Era el tira y afloje de dos imperios, del que después solo quedaría uno, que continúa dominando el mundo, posee neocolonias, bombardea cuando le da la gana, invade y decide quién vive, a quién hay que derrocar… y es el único que ha tenido presencia real en el satélite de los selenitas.
La Guerra Fría también se libró en el espacio sideral, que tuvo a un primer hombre que pudo ver la Tierra desde esas dimensiones, el ruso Yuri Gagarin. “Qué maravilla, es azul”, declaró. Después, fue su compatriota, la cosmonauta Valentina Tereshkova la que se paseó por esas inmensidades. Y todas esas presencias, que parecían prolongaciones de relatos fantásticos, daban como vencedores de la “carrera espacial” a los soviéticos. Hasta cuando la gringada dijo “nos vamos para la Luna”, como lo habían hecho en la ficción los artilleros del Gun-Club de Baltimore.
En 1969, el Apolo 11 y sus astronautas alunizaron. Y Verne y Méliès y H.G. Wells y Luciano de Samosata quedaron atrás con sus portentosas imaginaciones. O, en cierta manera (como pudo pasar con todos los románticos que le han cantado a la luna) retornaron a la memoria del mundo. Al mismo tiempo, hubo gentes (como mi abuelo Marcelino, por ejemplo) que nunca creyeron que el hombre había desembarcado allí. Todavía hoy hay quien sostenga esa posibilidad de que todo se trató de un montaje.
Hubo una canción, que entre sus múltiples versiones se hizo famosa por la de Frank Sinatra, con el acompañamiento de la orquesta de Count Basie: Fly me to the Moon. El 20 de julio de 1969, el astronauta Buzz Aldrin, en la base del Mar de la Tranquilidad, hizo sonar un casete con esa pieza cantada por La Voz. Como hubiera sido, todo es parte no solo de la correlación de fuerzas y las pulsadas de las superpotencias de entonces, sino de la propaganda.
La Misión Artemis II no es solo conquista espacial. Es geopolítica. Más que demostración científica, es parte de la expansión imperial estadounidense. La coyuntura muestra a Washington muy agresivo en sus bravatas de superpotencia, tal como lo declaró el neonazi anaranjado Donald Trump: “Estamos ganando económica, militarmente y ahora más allá de las estrellas”. Quién sabe. Quizás se estrelle en Irán y el imperio podría quedar viendo un chispero.
