Mala gente, pero buen artista

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Reinaldo Spitaletta
27 de agosto de 2024 - 05:00 a. m.
“La posición ideológica —u otro tipo de condición social— nada tiene que ver con los resultados artísticos”: Reinaldo Spitaletta
“La posición ideológica —u otro tipo de condición social— nada tiene que ver con los resultados artísticos”: Reinaldo Spitaletta
Foto: EFE - Guillaume Horcajuelo
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A propósito de la muerte del actor francés Alain Delon, a los 88 años, ha vuelto a debatirse si el arte debe ser creado por “gente de bien” o si, en últimas, lo esencial, sin tanto perendengue ideológico o de comportamientos personales y sociales, es la obra. Delon, más allá de los platós, era un derechista, homófobo y cacheteaba mujeres. Sin embargo, esto quedaba “borrado” por sus impecables actuaciones, más allá de su belleza masculina.

Grandes artistas han sido, a su vez, malas gentes. Impotables. Algunos con una megalomanía y una concatenación de alardes y fatuidades que los hacen odiosos ante el mundo, más allá de sus actuaciones, libros, composiciones, cuadros, poemas, películas o esculturas… Los ha habido antisemitas (Céline, Degas, Ezra Pound, T.S. Eliot, Knut Hamsun…), ladrones (Jean Genet), borrachos inmamables (Bukowski), drogadictos (es largo el catálogo), y son abundantes los que la emprendieron contra sus compañeras.

En el reverdecer de este debate, tornó la pregunta, tantas veces hecha y también tantas veces respondida, de ¿hasta qué punto ser una mala persona influye para que la creación de un artista sea invalidada? Y en este punto, como en otros días, aparece la figura de Pablo Picasso, que no era ningún dulce de brevas en sus relaciones con sus mujeres, e incluso en detestables comportamientos con algunos de sus amigos. Desde Olga Khokhlova, pasando por Dora Maar, Françoise Gilot y otras nueve o diez, que fueron sus parejas de cierta duración, sufrieron sus golpizas y desdenes. Bueno, también las pintó como una especie de reducción picassiana elevada al cubo. O al cubismo.

Se ha dicho, desde distintos sectores, que un artista no tiene que ser una buena persona. Tampoco una mala. No hay por qué confundir la biografía del artista con su obra, aunque tengan relación. Tampoco es determinante que sea heterosexual, homosexual o cualquiera de las interminables clasificaciones contemporáneas sobre sus inclinaciones sexuales. A la larga, y a la corta, lo fundamental, pese a todo, es su obra. Hay unos que son egocéntricos, pícaros, maltratadores, y otros son unas almas de dios. Recuerdo, por ejemplo, a un gran escritor como Miguel Delibes, el de Los santos inocentes y otras novelas, que quería ser recordado como una “buena persona”.

Tampoco es determinante su ideología, ni si es militante o no. Si defiende alguna causa popular o la visión de los que detentan el poder. Sigue siendo la obra la clave de su paso por el mundo. A Borges y su simpatía por un dictador como Pinochet no le destiñe su inmensa capacidad de poetización, de creación literaria de alcance universal. También se dirá que sería mejor si es un gran artista y está del lado de los humillados y ofendidos del mundo. Pero, creo, la posición ideológica —u otro tipo de condición social— nada tiene que ver con los resultados artísticos. Como tampoco la moral.

En tiempos de la cancelación y el revivir de las censuras, de cuestionamientos con los ojos de hoy de conductas y obras de otras épocas, de ciertas cantaletas “ahistóricas”, sin los contextos y análisis pertinentes (aquí vuelve el proverbio árabe, que no sé si lo sea de allá, pero es tremendo: “los hijos no son hijos de sus padres sino de su tiempo”), el debate debe atender, en sustancia, a qué es lo relevante: ¿el artista o su obra?

Otra cosa que se agitó, después del fallecimiento de Delon, ha sido la del artista que se juega toda su existencia por su arte. Se ha recordado otra vez a Faulkner, que aducía que primero estaba la obra que cualquier otra consideración. El novelista —decía— ha de estar dispuesto a robar, mentir, falsear e incluso a vender a su madre con tal de conseguir crear su obra.

Más radical era Juan Benet, que, según declaró, tal vez con algo de humor negro, que hubiera sido capaz de matar a su madre, seducir a su hermana y quemar la casa si la escritura, que estaba por encima de todo, se lo hubiera exigido. Todo parece indicar que ni la ideología ni la ética garantizan “calidad estética”. Seguimos leyendo a Céline, a Hamsun y, por supuesto, a Shakespeare pese a sus manifestaciones antisemitas (como le pasó al genio de Stratford-upon-Avon con Shylock en El mercader de Venecia o a su racismo expreso en Otelo), y viendo películas de Delon, y de Woody Allen y de Polanski, y asombrándonos con las pinturas de Picasso…

Ah, en el periodismo la cosa tiene otro son. Recuerdo al gran Kapuscinski que advertía que las malas personas no pueden ser buenos periodistas, porque, además, es una profesión que depende del “otro” (de los otros), al que hay que conocer y respetar. Después de todo, de saber que por ejemplo Dickens y John Lennon eran fastidiosos, deplorables en sus comportamientos personales, hay que continuar leyendo, viendo, sintiendo, escuchando las grandes obras que han hecho que no sintamos vergüenza por la humanidad, y que hacen que, pese a tantas calamidades, sigamos creyendo en la razón, la inteligencia y, sobre todo, en la imaginación.

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Se le olvidó mencionar los judíos ultra derechistas que están de acuerdo con el genocidio de Israel contra palestinos
Alejandro(14493)27 de agosto de 2024 - 10:38 p. m.
¡Excelente!
Alberto(3788)27 de agosto de 2024 - 09:06 p. m.
Muy interesante.
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