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Puede decirse, en medio de bombardeos, drones, asesinatos, masacres, invasiones y una serie infinita de desafueros, que tanto la humanidad como la razón han fracasado. Y que, con la acumulación de infamias, nos estamos acostumbrando a las penas, a los atentados, a las agresiones y depredaciones del imperialismo. No pasa nada. ¿Qué podría sucederles a Trump y Netanyahu desde la perspectiva del derecho internacional? Nada. Ellos —y lo que representan— han pulverizado todos los principios de coexistencia pacífica y de soberanía de los pueblos.
Puede ser que estemos abocados a una suerte de parálisis mental global, en la que nadie, ni siquiera los que tienen poderes disuasivos, se atreven a desafiar las repetidas embestidas de dos genocidas, y uno de ellos, como se ha advertido tanto dentro como fuera de Estados Unidos, es un “delincuente convicto” que gobierna de facto al orbe. Que bombardeen, que maten niños, que arrasen territorios, que se inmiscuyan donde les venga en gana. Esa es su esencia criminal.
Después de numerosas evidencias históricas, al menos resulta claro que no es que Estados Unidos y su aliado Israel quieran la democracia en otros países. Tampoco son adalides de la libertad. No, nada de eso. Desean, por sobre todas las cosas, el petróleo, las riquezas estratégicas ajenas, postrar pueblos, dominarlos a su antojo. Basta recordar aquellas operaciones gringas en Irak, como la llamada Zorro del Desierto, o el Amanecer Rojo, más las mentiras sobre las armas de destrucción masiva que poseía Irak, y, tras asolar a ese país, ahorcar luego a quien, en otra coyuntura histórica, era un aliado de Washington.
Hay un descalabro de la razón, del derecho internacional, de lo que se denomina “humanidad”, cualquier cosa que ya esto signifique, en medio de una barbarie antigua, que se renueva cada vez con invasiones, detenciones arbitrarias de presidentes (caso Venezuela, por ejemplo), de arrasamientos de poblaciones enteras por el deseo feroz de borrar a los palestinos de Gaza. El ataque contra Irán no fue porque se quisiera liberar al pueblo iraní de un dictador o de un anciano autoritario y sanguinario, sino porque, así de simple, se requiere poner allí un régimen títere, que permita que fluya el combustible, que el Estrecho de Ormuz, por donde discurre el 20 % del petróleo y el gas del mundo, pueda ser controlado por Estados Unidos e Israel.
Así que no es por la “democracia” ni por la “libertad” —dos conceptos envilecidos por el imperialismo— que se quieran apoderar de Irán. Se trata de imponer allí un gobierno prooccidental, proyanqui-israelí, y ¿qué importa si hay que derramar sangre, matar decenas de niñas en una escuelita, crear un infierno? Ah, porque eso de asesinar chiquillos, de pulverizarlos, quemarlos, bombardearlos, se ha vuelto pan cotidiano, como ha pasado, por no mirar hacia otras geografías, en Gaza.
Qué cuentos de niños. Esos “culicagados”, como podrían decir en su criminal delirio los que obedecen a Netanyahu y Trump, son terroristas. O, en caso de dejarlos crecer, llegarían a serlo. Pueden erigirse en tirapiedras en una intifada, por lo que hay que quemarlos desde el cielo, desde la tierra, con olivos incluidos. Con ropa o sin ella. Con cuadernos o mientras caminan hacia todos los desamparos, en medio del fuego y la destrucción de sus hogares.
Los niños y niñas de Gaza (los que medio sobreviven) llevan más de 800 días siendo objeto de asesinatos, mutilaciones, desplazamientos forzados. “Persisten los bombardeos israelíes sobre la Ciudad de Gaza y otras partes de la Franja de Gaza, y el mundo no puede ni debe permitir que esto continúe”, declaró, en octubre pasado, Catherine Russell, directora ejecutiva de Unicef. “En los últimos dos años se ha constatado la muerte o la mutilación de la escalofriante cifra de 64.000 niños y niñas en toda la Franja de Gaza, entre ellos al menos 1.000 bebés”, dijo entonces la funcionaria.
Y, aún con el declarado cese al fuego, el genocidio ha continuado. Qué va de derecho internacional humanitario, qué pendejada eso de preservar la infancia. Ni más faltaba. Se necesita esa franja, ya lo ordenaron Trump y Netanyahu, y lo aprobaron magnates de la construcción, de la hotelería, del turismo, que allí hay que construir un “resort”, otra Riviera. Los palestinos, en caso de sobrevivir, que se vayan a casa del carajo.
No sé ustedes, pero llega un punto en que se agotan las lágrimas, y parecen inútiles las protestas; y hasta el dolor, por los asedios permanentes y frente a tanta barbarie, se congela. Y es cuando constatamos una vez más el catastrófico derrumbe del edificio de la racionalidad y de la denominada “civilización”. ¿Qué es lo que acontece cuando ni siquiera parece haber un tatequieto al imperialismo y a su impunidad?
Qué desgracia universal. Nos estamos acostumbrando a las penas. Y a las bombas que caen por todas partes.
