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Nuevo orden de impunidad y narcisismo

Reinaldo Spitaletta

10 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

Ninguna distopía, por asombrosa y profética que haya sido, alcanzó a vislumbrar que el orden internacional, que podríamos caracterizar como liberal, se tendría que postrar a los hediondos pies de un fenómeno catastrófico, conectado con “destinos manifiestos” y fundado en la arrogancia, y, peor aún, en el narcisismo de un individuo todopoderoso. O, como veremos, el de un mandamás y su clan. En Hitler y en Mussolini, por ejemplo, había rastras de ese siniestro enamoramiento de sí mismos, adobado con discursos populistas, racistas y de sojuzgamiento.

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Ahora, cuando es evidente la presencia de lo que podría ser la metástasis de un neofascismo agudo (algunos lo denominan “neorrealismo”, como si recordaran el nombre de aquella bella experiencia cinematográfica italiana), un tipejo enardecido por su propia figura y sus representaciones de espejo, domina la escena mundial. Parece creerse una divinidad, o, desde otra aciaga perspectiva, el escogido por la “providencia” para regir los destinos del mundo.

En la nueva disposición y orden (o desorden) mundial, el edificio filosófico liberal ha volado en añicos. No hay cortes ni soberanía ni principios rectores del derecho de los pueblos y otros cánones que, dentro de lo que vamos viendo, ya en el caso de Donald Trump y su poderoso clan, es historieta pasada. Es el reino de la impunidad, en medio de demostraciones de un poder que no requiere apelar a la mentira ni otras poses. Se muestra en su esencia, que combina rapiña, desdén por la libertad (en especial de otros) y amor exacerbado por la impunidad de sus actos atroces.

No requiere, por ejemplo, como sí lo hubo en el nazismo, ministerio de propaganda. No tiene la escuela, ni el cine, ni los altoparlantes, ni los calanchines de la prensa, para sus sórdidos fines de dominación. Solo es el sujeto, enamorado de sí mismo, y su camarilla, ansiosos de más poder y más oro. Pudiera pronunciar, sin sonrojos ni propósitos de enmienda: “yo me tomé a Venezuela y su petróleo” (algo en él evoca al viejo Teddy Roosevelt), y aún peor, pleno de vanidades, envalentonamiento y afectación.

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La mentira, tan usada en las lides políticas, inherente a los tejidos del poder, pasa a ser un dispositivo envejecido. El narcisismo agudo, la encarnación desaforada del autoritarismo de reyezuelos, protagonizan, como en una mascarada infernal, las nuevas maneras de ser y hacer de una minoría criminal (Gaza debe ser un resort tras el genocidio, los ingresos del petróleo venezolano deben invertirse solo en productos gringos, las colonias deben postrarse a los pies de la pandilla imperial…). Para esa “cuadrilla de malhechores”, la indignación de los otros es inútil, no valen cortes internacionales ni protestas.

“Estamos presenciando la consolidación de un modelo de dominación en el que la transparencia narcisista reemplaza tanto a la hipocresía tradicional como a cualquier forma de rendición de cuentas”, dice Luis Duno-Gottberg, en su artículo ‘Trump y la transparencia narcisista del poder’ (revista Ethic). En el mismo también señala que el autoritarismo —como el de la capilla de Trump y sus adláteres— “puede ser más paralizante cuando es visible que cuando se oculta”. Unos patanes con jurisdicción y dominio están haciendo de las suyas ante la paralización desconcertada del mundo.

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En todo caso, el orbe asiste estupefacto, sin razonamiento aparente, sin la fuerza suficiente para romper el marasmo y declararse en oposición dinámica a la pervertida faceta imperial, en la que—es fácil determinarlo— un narciso y su banda de negociantes y oportunistas, se burla de un mundo que está hincado a sus pies. Como se nota, la relación entre poder, derecho y soberanía sufre una mutación infausta. Y de esta coyuntura monstruosa sacan partido Trump y su combo.

La democracia liberal, de acuerdo con todos los movimientos que se observan en distintas partes del mundo, ha pasado a la historia. Y todo indica que le abre camino a una concepción de monarcas feudales, de “directores” omnipotentes, de ricos que cada vez acumulan más riquezas. Trump actúa desde el individuo (además, bien narciso) y no desde una representación popular o de la “democracia”. Más bien, se asemeja cada día a un enviado de las divinidades (el dios dinero, claro), a un elegido por fuerzas que están más allá de sufragios y partidos políticos.

Trump, junto con sus allegados en el poder, como Marco Rubio y J.D. Vance, “está construyendo un dispositivo de clientelismo en el que Estados Unidos se embolsa los ingresos no a través del Tesoro estadounidense, sino a través de bancos privados”, como se afirma en el artículo ‘Neorrealismo: el nuevo orden mundial de Donald Trump’, de Stacie E. Goddard y Abraham Newman, en El Grand Continent.

Con su narcisismo enfermizo, con su burlona indiferencia ante principios de no intervención en otros países, acomoda sus peones, ordena acólitos, castiga, amenaza, tira línea y, cual indulgente pastor, cobra los diezmos a sus ovejas.

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