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El balón (o la pelota) tiene, por encima de cualquier otro juguete, una ventaja que desafía y cuestiona la ley de la gravedad: no se cae. Sube, baja, se duerme, se eleva, rebota, se esconde, pero nunca le pasará lo que a una bicicleta, a un soldadito de plomo o a un avioncito de hoja de cuaderno. El balón de fútbol, y el fútbol mismo, es, con una sutil variación a la frase célebre de Javier Marías, la recuperación permanente de la infancia.
Es un juguete de fantasía y es el principal elemento para el universal juego del fútbol. En el muy evolucionado con el que se disputó el último mundial, hay, pese a las tecnologías y a los “procesos civilizatorios”, una memoria de aquellos balones antiguos, del siglo XIX y comienzos del XX, de vejigas encerradas en cubiertas de cuero. Tenían un problema (o varios): absorbían agua; por eso, se tornaban ultra pesados con la lluvia.
El balón, que mueve masas y produce millonarias divisas y plusvalías, tenía, hace años, un misterio: tal vez había que untarles cebo, o manteca de cerdo, ponerles una “ruana” para que la vejiga, que después tuvo un color anaranjado, no se saliera. “Que no se le vaya a salir la tripa al balón”, se decía (lo podía, eso sí, destripar un camión cuando rodaba por alguna calle). Se consentía si se rajaba. Era un tesoro. Una joya angelical o una tentación demoníaca.
Un balón hospedaba secretos. Tenía dentro de sí duendes y encantamientos herméticos. En la primera final de un mundial de fútbol, en 1930, las selecciones de Argentina y Uruguay llevaron sus propios balones, manufacturados por gente de confianza. Por eso, se decidió jugar el primer tiempo con una pelota de un país y el segundo con la del otro.
El balón, el de cascos cosidos, el de pentágonos negros y hexágonos blancos, el sintético e industrial, sigue preservando la ilusión de origen. Su esencia no cambia. Es una singular y antigua invención que continúa deslumbrando. Fue creado para elevar la emoción y, si se quiere, la inteligencia, a cumbres insospechadas.
Hay prodigios que no lo patean, sino que lo besan, lo acarician. Pelé, Di Stéfano, Garrincha, el Charro Moreno, Maradona, Messi, lo elevaron a la categoría de deidad, y ellos mismos, por su sapiencia, se tornaron dioses. Para algunos, muy nostálgicos, el mejor balón fue aquel relleno de trapos, como el de un filme argentino de Armando Bo, con guion del uruguayo Borocotó. Para otros, el de plástico con el cual la calle se iluminó con la poesía del gol.
El balón (o la pelota) no se mancha. Lo declaró en la Bombonera, en su despedida, Diego Armando Maradona, uno de los dioses del pagano fútbol. No se pone como asunto de demagogia, ni se debe, con su poder hipnótico, con su capacidad de embelesar multitudes, o de fascinar para siempre a un chiquillo, propiciar engañifas con esa esférica de infinitas fantasías. No es para el ejercicio de la politiquería ni de la envilecida propaganda. El balón no es para ocultar muertos ni camuflar torturas (como pasó, digamos en el Mundial del 78, en Argentina).
El balón —ese milagro de la sensibilidad y la imaginación— no es para simulacros seudohumanitarios. Ni para engatusar con poses de falso redentor. Tampoco para poner en escena, como una farsa decadente, aquello que las señoras de otros días llamaban “caridad con uñas”. Y, menos aún, en medio de una tragedia, de la desazón colectiva y otras incertidumbres, para aprovechamiento propagandístico de un régimen que ha puesto la “patria” (término bastante prostituido por aquellos a los que nada les importa el patriotismo) al servicio de fuerzas extranjeras, saqueadores externos y, como si fuera poco, genocidas.
Suenan a arbitrariedad los lemas de “firmes por la patria” y “defensores de la patria”, escritos sin sonrojos en un balón de fútbol, cuando, precisamente, esa misma “patria” está siendo feriada ante superpotencias imperialistas, como Estados Unidos, y se consiente, desde lo oficial, la ignominia de un estado como el de Israel. El presidente colombiano, un fantoche graduado en servilismos, manchó la pelota con sus burdas maneras de aparecer en medio del desconcierto colectivo con baloncitos de propaganda.
Puede ser, de otro modo, no tan futbolero ni de pelotas con consignas de despreciable politiquería, cuando se requieren otros elementos de urgencia, que el presidente tenga la intención de donde haya incendios llevar masmelos, donde haya fracking mandar a cortar frailejones y donde haya protestas por el retorno del oscurantismo en la educación, enviar al espíritu santo vestido de antimotines.
Hace años, cuando le asignaron a Colombia la sede del Mundial de Fútbol para 1986, Eliana cantaba que comeríamos “sopa de sede mundial”. Los niños del Chocó y Buenaventura, regiones con tradición de excelentes futbolistas, no jugarán con los balones abelardistas, pero, al menos, podrán tomar sopita de patriótica pelota.
