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¿Para qué diablos sirven los debates?

Reinaldo Spitaletta

28 de abril de 2026 - 12:05 a. m.
“¿Para qué debatir? Se preguntan los que están tejidos por autoritarismos y autocracias, y temen al otro”: Reinaldo Spitaletta.
Foto: El Espectador
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Debatir no es aullar, ni insultar, ni agredir al contrincante. Es razonar. Y esta operación, tan compleja, conlleva los alcances y entramados de la argumentación. Se supone que debatir es un ejercicio intelectual, un producto refinado de la llamada “civilización”, lo que implica que el otro, más que un enemigo, es un antagonista necesario —y preparado— para el desarrollo dialéctico de la cultura.

Se ha sostenido, desde que existen confrontaciones entre humanos, que el debate —súmmum de la Ilustración— busca, además de poner en alto distintas posiciones, estimular el pensamiento crítico y la libertad para ejercerlo. Es una mezcla de discernimiento, capacidad de expresión de ideas y uso de herramientas racionales. ¿Para qué debatir? Se preguntan, en particular, los que están tejidos por autoritarismos y autocracias, y temen al otro.

El origen del debate podría remontarse hasta la antigua Grecia, en la puesta en escena de magníficos duelos intelectuales, o hasta la India y sus antiguas erudiciones, con heterogéneas interpretaciones del mundo.

En Colombia, para ir aterrizando por estos andurriales, más que el debate hemos tenido una historia de confrontaciones sangrientas, de demostraciones de violencia que, desde el nacimiento de la República (y desde antes, claro), ha conducido al aplastamiento de posiciones que hagan peligrar el poder de los privilegiados o que, por lo menos, busquen cambiar la correlación de fuerzas entre desposeídos y oligarcas.

Nos hemos dejado arrastrar por esa inercia en la que, cuando menos, vociferamos, amenazamos, nos expresamos con berridos e improperios. Sucede cuando los argumentos han pasado a segundo o tercer plano. Y quizá nos ahogan, por no ir más lejos, la sangre de guerras civiles, los machetazos y navajazos de Palonegro, la siniestra historia de un club exclusivo de potentados y mandamases que han utilizado todos los métodos de la barbarie y ninguno de la civilización ni de sus derivaciones.

En estas panorámicas de la razón y las sinrazones que nos velan los sentidos en Colombia, habría que señalar cómo la denominada “democracia electorera”, la que ha apelado a fraudes y simulacros de amplitud mental, solo defiende, en esencia, la libertad de las élites, de los “escogidos”. Así ha sido nuestra historia: una negación de derechos para los pisoteados y un despliegue de salacidad, goce y otros deleites para los que han detentado el poder.

Tal vez nos ha faltado, entre tantas carencias, una cultura del debate, de la argumentación, de ir más allá de primitivas apariencias de “democracia”. Y aquí aparece otro elemento que ha deslucido, o al menos manchado, las gracias del debate para la sustentación y defensa de posiciones ideológicas o de otra naturaleza: la política (o politiquería) como espectáculo. Surge el candidato que se mercadea, se compra y se vende, según las apuestas del día, como en un campeonato de fútbol o en la hípica. El exilio de las ideas y la puesta en escena de bagatelas de utilería y maquillaje de cabaret.

Se ha deteriorado la esencia del debate por las imposturas del márquetin. Y el debate político ha derivado, como aquellos concursos de belleza, en la superficialidad y en los condicionamientos del rating. Se acomodan las preguntas, se pone un tiempo (“el tiempo es oro”, sobre todo en ciertos medios y horarios de gran sintonía) en el que hay muy pocas posibilidades de expresar algo de fondo.

Así que hasta la “pispura” (palabra en desuso, pero significativa), los modales refinados y la apariencia se convierten en ingredientes que pueden voltear un “debate”. O una elección presidencial, por ejemplo.

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Recuerdo alguna charla de Estanislao Zuleta cuando advertía sobre la “democracia electoral” como la defensora de la libertad de las élites para acumular fortunas y alimentar monopolios, mientras la “libertad” de los sectores populares es la de morirse de hambre. Así, hoy, en un país que sigue siendo neocolonial y dependiente, se abre el “debate” sobre los debates de los candidatos presidenciales. Quizá algunos evocan, por ejemplo, aquellos debates estadounidenses, como el de 1960, entre Kennedy y Nixon, en el que, más que los argumentos, fue la TV la que definió inclinaciones, según la apostura, o no, de los contrincantes.

El debate como espectáculo televisivo, como degradación de las ideas, como apología de los superficial (o en otros casos de lo “mañé”, ordinario, aparentoso, etc.) está “mandado a recoger”. El deber ser de los debates es el del poder de las palabras, de las ideas, de la argumentación; la defensa de puntos clave para promover las libertades públicas y para convocar, como en un título de novela colombiana, a la “rebelión de las ratas”.

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El objetivo del debate es elevar la cultura política y la reflexión ciudadana. No es asunto de estrellitas de farándula ni mercaderes de sufragios. Es para confrontar ideas y programas y sustentar la importancia de la razón y el pensamiento. Si renuncia a estas premisas, solo es ruido y un favorecedor del establecimiento.

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