Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
“¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!” y uno ahí, ante la pantalla de alienaciones, a la escucha de lo que iba pronunciando el “señor presidente” en su posesión de capilla, eclesiástica y milagrera. No sé por qué tuve evocaciones de arzobispos censuradores y muy moralistas, como monseñor Miguel Ángel Builes, godo y con orín de azul de Prusia. Parecía una estampa macondiana: la posesión de un presidente en una arena universitaria y luego en un cantón militar.
Le faltaba sino volar, como Remedios la bella, y subir al cielo en medio de túnicas, de kipás, de libritos evangélicos de nochero de hotel tres estrellas. Ya un síntoma de preocupación era el haber “negriado” al Congreso. Era como un retorno, pero más con evocaciones de “aristocracia” segundona, a tiempos de la Regeneración conservadora. Ni Núñez ni el autor de “patria te adoro en mi silencio mudo”, don Miguelito, el de los buenos decires, se hubieran atrevido a tanto.
Era un prefacio con coronas sacrosantas a un tiempo de tinieblas. Era, a lo Rafael Pombo, una hora de tinieblas, aunque el discurso fue de hora y diez minutos. El ungido, en medio de oraciones y salutaciones religiosas, se esfumó de pronto, tras un apagón artificial. No sé si había velitas de adoración, pero, como si volviéramos a los tiempos del Syllabus, apareció una virgen, en una advocación que no era la de la Inmaculada, sino la de la muy política virgen de Fátima.
Como había tanta parafernalia religiosa, se esperaba, mínimo, que asomara un chamán y por ahí, entre conjuros y abracadabras, algún santero o brujo amazónico. Nada. Diría el flamante presidente que no “había cama pa’ tanta gente”. Un pastor, un rabino y un monseñor eran suficiente representación de credos para una ceremonia de “invocación y alabanza”. Qué cuento de Estados laicos. Por eso hay ministra de Educación que impondrá catecismos y evacuará el pensamiento científico y todo lo que pueda cuestionar el orden establecido.
En la primera parte del ceremonial, en el que faltaron demostraciones de expulsión de demonios y otros exorcismos, la presencia de invitados nacionales y extranjeros, algunos muy ajustados al símbolo de la motosierra, adobó el sancocho de una posesión en dos momentos distintos con un solo reyecito verdadero, aunque, valga anotarlo, también estaba el reyecito de España (como decían a modo de juego infantil: lo que no se come, lo daña).
En la posesión, en la que hubo vivas a Israel, un estado genocida, se pronunciaron frasecitas que tenían que ver, por ejemplo, con el desgastado término de “patria”, tan venido a menos, en particular porque, como otros países de nuestra América, Colombia no se libra aún de tener que seguir mascando los frenos impuestos por Washington. El presidente, que no dejó de hacer saludos militares, como que, además, estaba rodeado de soldados y soldadas, anunció la continuidad de los leoninos tratados de libre comercio. Sabe que su patroncito Trump —o su reemplazo— lo manejará hasta el final del cuatrienio, del que prometió no pasará, en vacilante alusión a posibles reelecciones.
Fue una posesión de tiempos de cruzadas, con misa y vírgenes, con invocaciones levíticas. Qué carajos importa si este es un país laico. Eso es letra muerta. Es el retorno (que si se observa con detalle jamás se ha ido) del confesionalismo, ampliado a otros credos, que, en última instancia, como decía un antiguo pensador, todos, juntos y por separado, siguen siendo “el opio del pueblo”. Al que se suman hoy tantos otros opios.
Se sintieron climas de los cristeros de México, opuestos a la visión liberal de Plutarco Calle. De allá viene, de las gargantas reaccionarias de los cristeros, el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, tan caro a los nacionalistas españoles, con Franco a la cabeza. Es hora de releer una obra maestra, El poder y la gloria, de Graham Greene. La idea de Cristo como rey es muy antigua, pero sus acepciones políticas son del siglo XX.
Nada raro sería que en este cuatrienio se incrementen miserias y despojos. Y en medio de las carencias, surja una “corte de los milagros”, con rey de los mendigos y todo. Es posible, en esa especie de regresión oscurantista, una vuelta a las censuras, a las cortapisas a la libertad de pensamiento, a las talanqueras y persecuciones contra quienes invoquen, más que a vírgenes y santicos, a estandartes de la independencia y la autonomía, la educación laica, el acceso de todos a la cultura…
Con los alaridos de “¡Viva Cristo Rey!” se arrasaron pueblos en tiempos de la Violencia bipartidista en Colombia. Vamos, pastores, vamos, podría ser el nuevo villancico presidencial. Uno de los principios más sonoros de novela es el de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias: “¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre!”. Mejor dicho, como decían las señoras de mantilla y camándula, ora pro nobis.
