Uno de los “milagros” del taumaturgo presidente De la Espriella parece ser el de, sin requerir un tribunal de la inquisición que censure y mande callar en hogueras a los blasfemos y cuestionadores de su credo, el de imponer, a veces sin tanto bullerengue, la autocensura. Es mejor para el reyecito, o por lo menos una actitud más disimulada, poner un control con anestesia a la información. Y auspiciar entre los periodistas aquello que va en contra de la libertad de expresión y pensamiento: no decir nada, o solo volear el incensario.
“¡Ojo que están echando!”, puede ser una de las sutilezas implementadas por el poder para irradiar miedos y establecer vigilancias. Lo que es incuestionable es que todo censor es débil y miedoso. Teme a la crítica y a otras posiciones que pueden, como en el cuento, hacer que los pisoteados lo vean empelota. Parece que la idea no es, como en otros tiempos, cerrar periódicos y emisoras (aunque ya veinte de las Emisoras de Paz fueron intervenidas), sino velar la información, oficializarla, colarla en el cedazo oficial.
Quien censura, teme. Es incapaz de la confrontación y los debates. Apela, a veces a la fuerza, y en otras ocasiones, a la amenaza velada. Puede decir, sin dársele nada, que solo se darán “noticias” a los “medios amigos” (léase, arrodillados), e ir abonando el terreno para que las voces críticas se esfumen. Es la posición de uniformar las informaciones y pintarlas de un solo color: el oficial, el del mandatario. El “milagro” consiste en acallar, sin que se diga que hay censura abierta y desmañada.
El censor promueve el miedo a la pregunta, a cualquier cuestionamiento del poder y sus engranajes. ¡Cuidado con caricaturizar al presidente caminando entre cadáveres! Eso se paga con el puesto, como le acaeció a Vladdo, por ejemplo. En este caso, para no quedar como un gran represor, el gobierno, con actitudes tendenciosas frente al periodismo, apela a ciertas sutilezas, a centralizar la vocería oficial, a escoger con amaño a quien le proporciona accesos. Así pisotea la libertad de prensa.
Lo milagroso, tal vez, radica en que ya no parece ser necesaria la persecución a periodistas y órganos de divulgación. No hay que cerrar, como se estilaba hace años, diarios y revistas, ni exiliar periodistas (como aconteció a fines del siglo XIX, con el Indio Uribe, desterrado). Se juega a la censura indirecta, que aparenta doler menos, pero es tan execrable como los otros métodos.
Es el “milagro” del miedo. De establecer cortapisas y canales “autorizados”, además de amenazar con demandas a medios o periodistas. Así se aclimata la imposición de una “verdad” oficial, de un solo lado de la luna. Y, de paso, se abona la inclinación hacia la autocensura. ¡Cuidado con lo que se dice o se caricaturiza o se escribe! Peor es meneallo, amigo Sancho.
La táctica abelardista de estimular el miedo entre los comunicadores, o, de otro modo, de “estilizarlos” para que le hagan pasito, está cabalgando. Y seguro ya habrá quienes lo piensen dos veces y decidan, en un autoatentado, “dejar hacer y dejar pasar”. Se trata de todo un montaje gubernamental para protegerse de la crítica, del periodismo investigativo (aquel que Teddy Roosevelt llamaba el de los “rastrilladores de estiércol”), que es el que revela lo que alguien —el poder— no quiere que se diga.
Es la intimidación oficial, pero camuflada. Organizada para que no haya ni filtraciones, ni otras fuentes, ni posibilidades de mostrar lo que hay tras bambalinas, mientras el poder grita “¡Viva Cristo Rey!” y apoya que la gente ande armada en un país lacerado en su historia por todas las violencias. Es todo un montaje ideológico para el dominio absoluto y, en otra perspectiva, para que no haya fiscalización del gobierno y sus adláteres.
La censura de hoy se pone la ropita de la autocensura. Así parece quedar inmune. Consiste, según se ha visto, en transmitir nerviosismo al reportero, al comunicador, para que se abstenga de mostrar la realidad en todas sus dimensiones. Se supone que el periodismo es para dar voz a quienes no tienen voz, para que los humillados y ofendidos, “los nadies”, sean visibles y sean capaces de opinar y defenderse de las manipulaciones.
Y, de contera, a los periodistas que salten la cerca y se vistan de “ovejas negras” los obligan a renunciar, o los despiden, o les cierran los espacios porque “no hay pauta”. Avanza el montaje de escenarios de poder, oficiales y oficialistas, para disminuir el sentido crítico, para herir y tapujar la libertad de pensamiento (de la que se derivan otras libertades).
Lo que quiere el abelardismo —y se advierte por distintos acontecimientos— es que no haya periodismo independiente y, además, que el comunicador diga “yo no me meto con esto”, cuando de lo que se trata es de poner en aprietos a los verdugos.
Nota: esta columna volverá el 6 de octubre.