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¡Qué cultura va a tener…!

Reinaldo Spitaletta

21 de julio de 2026 - 12:05 a. m.
"La cultura puede ser una herramienta del poder para fabricar autómatas, llamar a la obediencia" - Reinaldo Spitaletta
Foto: El Espectador - José Vargas
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Se nos dejó venir, otra vez, el verso de Emilianito Zuleta, en La gota fría, también titulada Qué criterio: “qué cultura va a tener un negro chumeca como Lorenzo Morales”. Los chumecas llegaron a Colombia importados de Jamaica por la United Fruit Company, como mano de obra barata y fortachona para la zona bananera. Y, al mismo tiempo, memoramos otra frase, con varias atribuciones: “cuando oigo la palabra cultura, le quito el seguro a mi pistola”.

Esta última expresión, que parecía pronunciada por Joseph Goebbels, es del dramaturgo nazi Hanns Johst.

Y estos preliminares están encuadrados en el nombramiento que el nuevo gobierno colombiano, el de los presuntos milagros, ha hecho para el Ministerio de Cultura, en la cabeza (sin entrar en interpretaciones) de la comunicadora Paola Holguín, de la que, así, de bulto, se sabe de sus simpatías por la “economía naranja”, tan cara a los desolados tiempos de Iván Duque.

Existen decenas de maneras de entender la cultura, un término que puede alcanzar a definiciones casi infinitas, como aquella que plantea que es “lo mejor que ha sido pensado y dicho”. La cultura puede ser memoria, imaginación, creatividad, pensamiento crítico, en fin; pero, puede ser también una herramienta del poder para fabricar autómatas, llamar a la obediencia, imponer formas únicas de ver el mundo: un mecanismo para la sumisión y la imposición de un proyecto político.

La cultura, que en su deber ser está concebida para alcanzar independencia de criterio y de saber, por ejemplo, en qué consisten las libertades, como la de pensamiento, no puede ser solo un deleznable instrumento para el sometimiento y la postración. Tampoco puede ser una manifestación de lo patrimonial como mercancía. Y, mucho menos, la exaltación de lo banal y, en especial, de la vulgaridad y la chabacanería.

La cultura es, ante todo, una senda compleja para acceder a la mayoría de edad en cuanto a pensar por sí mismo y no ser ultrajado impunemente. Y lo que no es, en cualquier caso, es aquella barbaridad que en nombre de la cultura incinera libros, discrimina el conocimiento, suprime la historia y silencia a los contradictores. La cultura es lo que va en contra de enunciados y consignas como “¡muera la inteligencia!” y “¡viva la muerte!”, pronunciadas en los prefacios de la guerra civil española por el legionario José Millán-Astray contra Miguel de Unamuno.

El nazismo, por ejemplo, sabía que si controlaba la cultura (igual la educación), podía a sus anchas manipular conciencias, establecer automatismos, crear una masa disponible para ser pastoreada según la voluntad del Führer. La cultura, cuando es libre y no está sujeta a intereses personalistas o de grupos encaramados en el poder, es un ejercicio sublime de la libertad y el pensamiento.

No caben los clichés en lo cultural. Así, por ejemplo, un carriel o guarniel —elemento muy del gusto de la recién nombrada Mincultura— no debe aislarse del contexto que lo produjo, como fueron factores conectados con el imbricado proceso de colonización antioqueña, la construcción del Ferrocarril de Antioquia, la arriería y aún la presencia de extranjeros en esas faenas. Y, lo dicho, el patrimonio tiene otras dimensiones diferentes a las de la mercancía.

La cultura no está hecha para la domesticación. Al contrario, es para que puedan “competir” mil escuelas de pensamiento, para saber cuándo hay que hacer añicos las talanqueras y otras maquinarias de opresión y sometimiento. Sí, claro, es todo “un chicharrón”, como lo declaró alias Fico, alcalde de Medellín, en alguna coyuntura para nombrar “secretario de cultura”. Va contra cualquier “testaferrato”. Es para aprehender los significados de libertad.

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La cultura no es solo una empresa para “gerenciar”. Va más allá de administrar recursos y asignar presupuestos. Es la incentivación del pensamiento crítico, de despertar amor por el conocimiento, de estimular la profundización en la historia, en los sentidos de pertenencia a un territorio. No puede ser la negación del contrario. Ni su persecución. O, peor aún, su desaparición, como ocurrió, por ejemplo, en tiempos de terror, con asesinatos de profesores y estudiantes, con defensores de derechos humanos, con quien disintiera de lo oficial y establecido.

Los negros chumecas también tenían cultura, pero estaban amaestrados por la United Fruit (Mamá Yunai, como la llamaron en Centroamérica). Y su rol era también el de realizar labor de zapa y abaratar costos a los patronos. Seguro aún hay sectores que creen que la cultura es tener pistolones, traficar estupefacientes, conseguir dinero como sea, servir como mampara a delincuentes y creer que es toda una “verraquera” la vulgaridad, el facilismo.

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Todavía hay quienes al escuchar la palabra “cultura”, le quitan el seguro a sus armas y quieren hacer trizas cualquier intento de civilización. Los juglares como Buitrago y Emilianito nos siguen recordando que, aquí como allá, hay ciertos funcionarios a los que se les puede cantar “qué cultura va a tener”.

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