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Sombrero de mago

¿Quién va a pedir para que no calle el cantor?

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Reinaldo Spitaletta
01 de septiembre de 2026 - 05:00 a. m.
“Se murió el Negro Rubén. Y ahora, de toda América Latina se suscitan preguntas: ¿quién va a cantar?”: Reinaldo Spitaletta
“Se murió el Negro Rubén. Y ahora, de toda América Latina se suscitan preguntas: ¿quién va a cantar?”: Reinaldo Spitaletta
Foto: EFE - Raúl Martínez
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Se murió el Negro Rubén. Y ahora, de toda América Latina se suscitan preguntas: ¿quién va a cantar?, ¿quién pondrá la voz, los tambores, el ritmo y las palabras contra la globalización de la estupidez, contra el deseo de uniformar a los pueblos con el servilismo y la obediencia? Se murió el Grone Rada, el mismo que llevaba el peso de su raza “arriba de mis hombros”. Ojalá, al irse este icono cultural uruguayo, más “grones” estén con él, más blancos, más mestizos, más zambos, más oprimidos del mundo lo acompañen en su eterno repicar de canciones.

El candombe está de luto. Un símbolo de la música popular rioplatense se marchó a los 83 años. Abrió nuevos caminos sonoros a la identidad afro-uruguaya y a un antiguo ritmo frenético, de quejas y protestas contra la esclavitud, en el que Rada juntó tradición e innovación. El candombe beat. El candombe de los tres tambores, el que el polifacético músico y compositor puso a dialogar con el rock, el jazz, el funk y la música popular urbana.

Rada, otro uruguayo universal, fue parte de ese gran movimiento de cantores, poetas, músicos, trovadores que contaron y cantaron al amor, contra la explotación de los pobres, al desarraigo y otras miserias. Que, además, no solo lloraron, sino que contribuyeron a la fiesta, a la solidaridad de los pueblos, al abrazo colectivo. El Negro, con su carisma y pensamiento, fue integrante de “todas las voces todas”.

Como suele pasar a las músicas del pueblo y de los invisibilizados, el candombe fue considerado por las clases dominantes como una expresión vulgar, peligrosa, propia de gentuza y de marginales. Después, debido al empuje de los negros, del carnaval, del canto como manifestación de libertad, el candombe y su espacio sociocultural fue declarado por la Unesco, en 2009, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El Negro Rada, claro, contribuyó a esa decisión.

Cuando se muere una figura como Rada, hay llanto universal. Y, en el caso de este artista polifacético, los tambores, de luto, interpretan un réquiem rítmico por las calles y por la historia. Nos sigue sonando en el alma y en otros resquicios de la memoria y la identidad, el Candombe para Gardel: “Lindos recuerdo yo tengo de él / Y hablo de un tiempo que fue muy gris / Con la pobreza cerca de mí / Solo su voz me ponía feliz”.

La camiseta del Peñarol de Montevideo, equipo del que “Rubenrá” era hincha, lleva ahora la efigie del Negro. Y del más allá, vuelven las voces y composiciones de Alfredo Zitarrosa, el de la melancolía, las milongas, el tango y la poesía, y de Daniel Viglietti (hizo una canción al padre Camilo Torres), el de la imprescindible canción política de los setentas.

Todas las voces, sí, todas, interpretan desde la historia y desde el ahora una de las canciones bandera del artista cuyo padre era un repiquetero de candombe y su madre, venida de Brasil, cantante de una “escola de samba”. “Cuando el racismo no tenga parientes / me sentiré orgulloso de la humanidad”. Ahí está, en los bailes, en las calles, en los teatros, en el viento, aquello tan hermoso de “¿Quién va a cantar?”.

El Grone era candombe y mucho más. Nació y creció junto a tambores, y los universalizó. “Hermanito blanco / no se olvide / que yo tengo / la sangre igualita a usted”. Se murió el Negro grande, el que sigue viviendo en el pueblo, en las fusiones musicales, en la alegría de los que no permiten que los automaticen ni los vuelvan robots o marionetas.

“Si globalizan nuestro pensamiento / Solo habrá un libro con el mismo cuento / Sin esa magia de la fantasía / La música del mundo no tendrá lugar”. Ahí está la voz del negro, su genialidad, su manera de entender y cuestionar el poder. “Si cada pueblo tiene un presidente / Que por lo menos rime con la gente / Cuando el reparto sea más coherente / Tendremos un planeta con identidad”.

Se ha ido el Negro (para quedarse) y entonces la gente pregunta: ¿Quién va a cantar? ¿Quién va a soñar? ¿Quién va a tocar la melodía del amor? Y es ahí cuando aparecen todas las voces, todas, las de Violeta y Mercedes y Víctor Jara y Quilapayún. La de Atahualpa y Horacio Guarany y Tejada Gómez. Sí, incrédulos del mundo, todas las voces —vivas y muertas—, todas en la despedida de un artista universal.

“Cuando el amor sea lo más urgente / No tendrá caso la guerra de Oriente”. Resuenan los tambores y toda la orquesta. ¿Quién va a cantar si el Grone Rada ya no está? Todos seguiremos soñando con la utopía que es, según un rioplatense, lo que nos hace caminar. “¿Quién va a pedir para que no calle el cantor?”.

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