Se van extinguiendo las voces de una generación portentosa, aquella de la utopía que hacía caminar al pueblo. Se van esfumando las presencias de un tiempo de antiimperialismo, de ganas ardorosas de cambiarlo todo, de alcanzar la justicia y las equidades sociales. Se nos van, de a poco, los días en que, como lo hubiera podido decir un poeta, ser joven era rebelarse.
Se van diluyendo aquellas jornadas en que había claridad sobre el enemigo fundamental de los pueblos, en días de recolonizaciones y de dominio de políticas espurias, impulsadas por la pandilla de Trump y sus adláteres. Por ejemplo, la muerte de un trovador de esos años de luchas juveniles, la muerte de Piero, el que, con letra y música de Alberto Cortez, vapuleó a Los americanos (que lucían todos los colores, menos el negro, al que todavía no consideran del “gusto americano”), es una despedida a tiempos de revueltas libertarias.
Parece que asistimos a calendas de adioses. Aquellos 70, por ejemplo, fueron de formidables manifestaciones estudiantiles, de ondear de banderas de libertad y luchas por la independencia y la soberanía nacionales; por democráticas conquistas en torno a una “educación nacional, científica y de masas”, como las que enarboló el estudiantado colombiano en 1971.
Eran días de juglares como Víctor Jara (asesinado en 1973 por los golpistas militares chilenos), Daniel Viglietti y cuando todavía en estas campiñas el viento transportaba la voz de Violeta Parra. Días aquellos de “Me gustan los estudiantes, jardín de nuestra alegría…” y canciones, ingenuas y simples, como “si vos te vas, mi amor, si vos te vas”.
Da la impresión de que está cayendo el telón sobre días en que la cultura (hoy despreciada por los promotores de tinieblas) iluminaba las gestas populares, los paros cívicos, las resistencias contra infames estatutos de seguridad (que en Colombia, por ejemplo, hoy quieren ser resucitados) y las canciones eran parte de la banda sonora de las utopías.
Las canciones, como las de Piero, por ejemplo, eran un antídoto contra la barbarie. Eran la posibilidad de leer a Tomás Moro, en particular en aquel libro imprescindible, en el que los habitantes de una isla detestaban el oro, metal que, más bien, les servía para hacer orinales. Esa parte la volvieron mierda los mafiosos que mandaron a fabricar inodoros con el metal que Shakespeare denominó la “vil ramera de los hombres”.
La muerte de Piero nos recordó días menos sombríos. O, de otro modo, más relumbrantes que los de ahora, porque, en medio de las salvajadas impulsadas por el imperialismo yanqui (como golpes de estado, dictaduras, torturas, el Plan Cóndor, desaparecidos…) y sus títeres, el fermento de una revolución (que no iba a ser televisada, como lo cantaba Gil-Scott Heron), parecía habitar más en las canciones que en la conciencia de las mayorías.
Piero, como otros cantores y poetas, como otros trovadores, herederos de Atahualpa Yupanqui, de Carlos Puebla, de Aníbal Sampayo, en fin, que dieron origen a la canción social (o de protesta o de opinión, como también se califica) latinoamericana, fue una marca de los convulsionados años 70. Al final de sus días, a él también la edad se le vino encima y, como suele pasar, sus años nuevos se envejecieron.
Pero con su canto, además de su actitud siempre atenta a las repulsas populares, a las protestas contra los verdugos, contra las dictaduras, se erigió en símbolo de un tiempo quijotesco, de una suerte de edad dorada. La de los jóvenes de esos días (en los que algunos eran felices e indocumentados), interesados en literatura, en la cultura y en la búsqueda de salidas a tantas desgracias que se cernían sobre los trabajadores del campo y la ciudad.
Sus canciones esenciales eran parte de un tiempo en que lo que se ha considerado como inútil (la cultura, la poesía, las músicas, los alimentos del espíritu…) constituía una fogosa atracción para las juventudes, para aquellos que soñaron paraísos terrenales y querían que la imaginación también llegara al poder.
Qué nos puede decir hoy, por ejemplo, una canción que dice “tengo la piel cansada de la tarde, gris, tan gris”; o esa otra (la letra era de José Tcherkaski), en apariencia inocente, de “la vida se nos va como la tarde…”, o tal vez esta otra de adolescentes: “llegando llegaste… me fui animando, luego te besé”. En cambio, tienen hoy la misma fuerza de entonces temas como Pedro Nadie, Valdemar el brasilero, Soy pan soy paz, Que se vayan ellos (de puro espíritu antiimperialista), Juan Boliche y Para el pueblo lo que es del pueblo, entre otras.
Despedimos, con Piero y su dolorosa ausencia, un tiempo feliz de propósitos de cambios estructurales en la sociedad. Había entonces una conciencia sobre los significados de nación, soberanía, independencia y gestas por la autodeterminación de los pueblos. Si vos te vas, ¿quién nos seguirá cantando?