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¡Son colegialas y hay que bombardearlas!

Reinaldo Spitaletta

10 de marzo de 2026 - 12:00 a. m.

La verdad, dijo un griego antiguo, es la primera víctima de una guerra. Olvidó decir que, además, como parte de esas primeras víctimas, están los niños. Pero matar niños no es grave. Se podría decir que es un pasatiempo de los verdugos. En el caso de los chicuelos palestinos, se puede deducir que, de acuerdo con el origen y catadura de los asesinos, hay que exterminarlos desde la semilla, porque, si crecen, pueden erigirse en terroristas.

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Y en la presunción de que sean niñas de Irán, escolares, pues hay que decir, en primera instancia, tras un bombardeo feroz, que fue el propio régimen de su país el que las mató, porque ni riesgos que Israel y Estados Unidos sean capaces de tamañas atrocidades. Son, con sus cabecitas visibles, Trump y Netanyahu, los gendarmes del mundo y están predestinados por la divinidad a transmitir “democracia” y “libertad” donde estas falten.

Se puede decir —porque esa disciplina que llaman historia lo asegura— que fue en esas tierras de alfombras voladoras, ahora sometidas a los fuegos de la Operación Furia Épica, donde habitaron los primeros seres que compusieron cuentos, los plasmaron en libros alineados en bibliotecas y después los irrigaron por el mundo, incluidos los que contaba una princesa llamada Scheerezada. Quién quita que entre las muchachitas bombardeadas al sur de Irán hubiera algunas Scheerezadas. Y si así fuera, entonces hay que matarlas para que dejen de subvertir el mundo con cuentos pasados de moda.

Después del aleve ataque, padres de familia fueron a las ruinas a buscar a sus hijas. “Este es su cuaderno de matemáticas, esta es su carpeta con las tareas de escuela… en su bolsa todavía está su caja de colores”, dijo el papá de Mohanna Zari. Había 178 cadáveres de colegialas. Se dirá que son “daños colaterales”, que muy de malas por estar la escuela primaria de Minab en cercanías de un cuartel. De paso, también bombardearon un hospital infantil.

Así que la guerra, con sus mata-niños y mata-niñas, con los misiles infanticidas, con los bombarderos que arrasan la vida en flor, es toda una manera atroz de “limpieza”. Podría ser una táctica para desmoralizar al “enemigo” y hay que matarles sus hijos, sus hijas, sus esposas, cuando no es que hay que violarlas y someterlas a todos los escarnios. Gaza ya mostró toda la capacidad de los genocidas para borrar la infancia. Solo eran terroristas en potencia, se diría y listo.

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No es nuevo matar niños en los conflictos bélicos. Ni tampoco importa. Sucedió en Vietnam, en Corea, en Nápoles durante la Segunda Guerra. De tal manera que asesinar a chiquillos en Gaza e Irán, es una repetición. Ya ni ofende. Ni suscita condenas. Lo dicho: “son daños colaterales”. ¿Cuántos niños murieron en aquellas infames cruzadas impulsadas por los señores feudales y la Iglesia en la Edad Media? La cruzada de los niños —se dirá— por lo menos sirvió para hacer literatura.

“Cada guerra es una guerra contra la infancia”, dijo hace unos días Ahmad Alhendawi, director regional de la entidad Save the Children para Oriente Medio. “Los niños están viviendo con miedo, atrapados en el fuego cruzado de esta guerra de adultos. Ya hemos visto a casi 200 niños y niñas asesinados (en los primeros cinco días del ataque a Irán), y más vidas inocentes podrían perderse sin una acción inmediata”, agregó, en medio de la impotencia.

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Hay cerca de 450 millones de niños en zonas de conflicto. Son los desplazados, los huérfanos, los sin casa, los reclutados por grupos beligerantes, los que son carne de cañón de las bombas, las víctimas de agresiones sexuales. Pero al fin de cuentas son niños y esa condición parece importarles muy poquito, o nada, a los dueños del mundo, a los genocidas, a los pederastas, a los que giraron en la órbita de Epstein, a un criminal convicto como Trump, a un genocida como Netanyahu. Hay mata-niños y mata-niñas por todo el orbe y para nada sirve, por ejemplo, el derecho internacional humanitario.

Hay niños a los que hay que matar de hambre: a otros con napalm; a los de más allá, “darlos de baja” con drones. No sobra arrojarles bombas ni tampoco volarles sus casas. Y si están en una escuelita, hay que eliminarlos porque son un enemigo en ciernes. Si están en un campo de refugiados, como pasó en Sabra y Chatila, se les reducen de golpe las angustias y los miedos. O si se trata de chiquillos de una aldea vietnamita, como la de My Lai, no pasa nada. A no ser que algún periodista denuncie la masacre, pero, al fin de cuentas, todo sigue igual. O peor.

Al trágico Esquilo se le olvidó incluir a los niños como primeras víctimas de la guerra. Pero, al fin de cuentas, solo se trata de un “dañito” colateral.

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