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9 Nov 2021 - 5:00 a. m.

“Spaghetti western” en Medellín

Sombrero de Mago

Los videos comenzaron a circular y todo parecía que se trataba de un filme de ficción en una calle de Medellín. Era, en realidad, un asalto, con cerca de treinta hampones, con pasamontañas y armas largas. Lo que semejaba una puesta en escena era una intentona espectacular de robo a una fundidora de oro, en un sector de El Poblado. Quizá esa presencia de enmascarados, en motocicletas, autos, furgones, inclusive con el uso de una volqueta, era solo una muestra de lo peligrosa que es (y ha sido) Medellín.

Los intrépidos curiosos que grabaron, con la inclusión de términos de admiración y sorpresa como “¡gonorrea!”, “¡qué chimba!”, con los estruendos de las armas de fondo, son una demostración de cómo se han naturalizado tales eventos Y de otro lado, se irradió la capacidad de convertir en humor lo que pudo haber sido una catástrofe. Los diseñadores de memes, los inventores de dichos, los ingeniosos, los repentistas, ahí estaban con sus picardías.

“Más ordinario que un atraco con volqueta”, se disparó en redes. Otras imágenes mostraban el carro abaleado de la legendaria pareja de ladrones en tiempos de la depresión económica en Estados Unidos, Bonnie y Clyde, con alguna simpática apostilla, a veces referida a “enderezada y pintura” de vehículos. Hace unos años, un poco antes de la pandemia, Medellín, o, mejor dicho, algunos bancos, eran asolados por una banda compuesta por dos “cuchos”, de cachucha, ágiles en la acción. En la modalidad del “taquillazo” robaron cerca de 120 millones de pesos en once establecimientos bancarios, en golpes que, si acaso, duraban como máximo dos minutos. Después de sus actuaciones victoriosas, que ya casi los había erigido como leyendas urbanas, los capturaron. Y sí, eran tipos que ya estaban en la denominada “tercera edad”.

Hace años, en los sesenta, la década de prodigios, de hippies y camajanes, de revoluciones y sexo libre, en la entonces denominada “ciudad industrial de Colombia”, tierra de flores y muchachas bonitas, hubo una banda de ladrones de bancos. La Pesada era su distinguido nombre. Aplicaban aquella sentencia de “es mejor asaltar un banco que fundarlo” (a Bertolt Brecht se le atribuye la frase célebre: “Robar un banco es un delito, pero es más delito crearlo”).

Los miembros de esa organización delictiva, todos de “buena presencia”, eran como galanes cinematográficos. Y, además, tenían inclinaciones “robinhoodescas”. Repartían parte de su botín en barrios tuguriales. La componían, entre otros, Toñilas, el Pote Zapata, Pacho Troneras y el Mono Trejos. Manejaron un código de honor que prohibía el asesinato de guardias y policías. Trejos, que alguna vez declaró que todavía no se había hecho una cárcel para guardarlo a él, también era un secuestrador; pero, ante todo, su especialidad, como la de sus amigotes, eran los bancos.

A Toñilas, preso en la extinta cárcel La Ladera, lo captó desnudo, mientras se bañaba junto a otros detenidos, la fotógrafa Giovanna Pezzotti, que en paz descanse. Trejos, que recitaba poemas de Julio Flórez, secuestró el 8 de agosto de 1971 al magnate y filántropo Diego Echavarría Misas, que mes y medio después apareció muerto, estrangulado, cerca del barrio obrero Alejandro Echavarría (Alejandro Echavarría Isaza, fundador de la fábrica Coltejer y papá de Diego).

Y volviendo al tropel de la bodega, de la que, en efecto, sí se robaron unos 500 millones en oro, según la Fiscalía, hay que ir más allá del hecho, con sus videos y ocurrencias. La cantidad de delincuentes que participó en el robo, el tipo de armas, las tácticas para disfrazar a dos de sus componentes como agentes de tránsito para desviar la circulación de vehículos en una zona de alta circulación de automotores, son indicativos de una organización delincuencial estructurada.

Los acontecimientos “de película” (otro de los calificativos muy usados tras la sensacional batahola) pueden significar muchas cosas, entre ellas, que la ciudad está, como es vox populi, bajo la férula de bandas delictivas, que dominan una buena parte del territorio urbano. En distintos barrios hay, como lo dicen los habitantes, “otra ley”. Desde viejos tiempos el ejercicio de las “estructuras criminales”, de los forajidos a granel, es una presencia no solo preocupante sino permanente en Medellín.

Después de los chistes y las consejas, tras los memes y las demostraciones de ingenio popular, las autoridades deben asumir posiciones responsables y actuaciones efectivas. Y como es fama, una ciudad no solo requiere de las intervenciones de la fuerza policial, sino de la prevención, de las inversiones en la cultura, en lo social, en una planeación que piense en los seres humanos, en el ciudadano, y no en las plusvalías para los especuladores inmobiliarios.

Se está convirtiendo Medellín en una concentración de desesperaciones, de contaminación (no solo ambiental, que es muy grave), de desesperanzas en la mayoría de pobladores. Y todo en medio del dominio nada peliculesco del lumpen y del crimen organizado, que parece cabalgar a placer en medio del desconcierto ciudadano y de administraciones de vitrina.

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