Tantalita y columbita, las dos juntitas, forman el coltán. Parece una jitanjáfora infantil, un juego de palabras con enigma incluido y con sonoridades engañosas. Columbita y tantalita, tan musicales ellas, están asociadas a un genocidio, a desplazamientos forzosos, a una tragedia que reedita a otra, más antigua y aterradora, en el atormentado país de África que carga el pomposo nombre de República Democrática del Congo.
El coltán, hijo de tantalita y columbita, que es tan escaso como la democracia en ese país de las ricas miserias, es el cumplimiento de un corolario: las riquezas naturales de África no son una bendición, sino un motivo desaforado de expolio, de explotación sin límites, como una maldición. Como una concupiscente tentación para transnacionales, para reyecitos sangrientos, para carniceros sin escrúpulos. En esos infinitos parajes donde el tiempo tiene otros significados y otros ritmos, la riqueza es parte de una inopia sin fin.
El coltán, tan escaso y tan preciado, es necesario para la fabricación de teléfonos celulares, tabletas, computadores portátiles y otros dispositivos, y el Congo –¡qué desgracia!– posee el 80 % de las reservas de ese mineral estratégico, color negro pizarra, llamado ahora, con boato y a modo de abracadabra macabro, el nuevo oro negro. Tener esas riquezas es un karma de desventura infinita.
Todos esos aparatos de tecnología de punta, que caracterizan esta era como la de las pantallas y la velocidad de la luz, están manchados de sangre. Para el Congo, que está en guerra desde hace más de 20 años, tener coltán es una maldición de años metamorfoseada en muerte, en esclavitud, en disputas por el poder, en todo un entramado de explotación y mil barbaridades más. Ah, y no solo es generoso en coltán. También en otros minerales clave, como el cobalto (fundamental para baterías recargables), cobre, estaño, tungsteno, diamantes y oro. Son minerales de gran valía que abren las fauces depredadoras del imperialismo y las compañías multinacionales.
Es una paradoja que el martirizado país del Congo lleve en su nombre el adjetivo de “Democrática”. Claro, no es extraño tampoco. Cuántos crímenes se han cometido en nombre de la “libertad” y de la “democracia”, dos de las palabras más vaciadas de contenido por las agresiones del imperialismo estadounidense, por ejemplo, tan dado, cuando invade a algún país, a declarar que lo hace para transportar, como si fuera un cargamento de mercancías, “libertad” y “democracia”. Podemos soltar la risa.
Pobre Congo, tan rico. Y tan desventurado. ¿Y a quién le importa si allí hay un genocidio, si existe la esclavitud, si hay una guerra desde hace tiempos, que se tornó paisaje? Interesa, eso sí, que se sigan extrayendo sus minerales estratégicos. Poco importaron, hace más de un siglo, las tropelías del genocida rey Leopoldo II de Bélgica, un monstruo “no tan conocido como Hitler”, se ha dicho, porque su exterminio de más de diez millones de personas lo hizo en el Congo, entonces rico en caucho y marfil.
En el Congo de hoy, que ha “normalizado” la guerra –pan amargo de cada día– hay lugares sin hospitales, sin colegios, sin espacios de recreo, pero tienen una mina de coltán, como sucede en Manguredjipa, donde operan los Mai-Mai, un grupo alzado en armas, de los tantísimos que proliferan en la República Democrática, donde, ¡qué curioso!, hay trabajo esclavo; y todo por el “glorioso” mineral, que enriquece a los dueños de las fábricas de aparatejos de la posmodernidad.
Se ha dicho que el Congo es lo más parecido al infierno. Pero, por ejemplo, a las transnacionales, esas que se apropian del llamado “mineral de sangre”, poco o nada les importa. No están hechas para sentimentalismos y lamentaciones. Solo para tener abundantes ganancias, sin darse ningún golpecito de pecho porque haya esclavitud o masacres o despojos. El capitalismo, lo declaró Marx hace más de 150 años, “nació chorreando sangre por todos sus poros”. Y tanto tiempo después, sigue creciendo con la sangre de esclavos y otros millones de sometidos.
Tantalita y columbita van de la manita. Son parte de la denominada “maldición de los recursos naturales”, en especial para África. En el Congo, por ejemplo, la explotación y el contrabando de los minerales se debe en buena parte a “la enorme demanda internacional de productos electrónicos”, como lo sostienen distintos analistas del conflicto más sangriento desde la Segunda Guerra Mundial.
Estaño, tungsteno, oro, una selva enorme, biodiversidad, y un río de la historia como el Congo, todo un complejo de riquezas para abrir las fauces de los que expolian y arrasan, en este caso a un pobre país rico. Siempre se vuelve a lo de siempre: la riqueza como un motor de la barbarie. El corazón de las tinieblas está en el Congo. Lo escribió Joseph Conrad: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”. Tantalita y columbita no se separan. Juntas forman un mineral de sangre y muerte: el horror.