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Therians, Kafka y algunos canes falderos

Reinaldo Spitaletta

24 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“No he visto aún quiénes puedan “autopercibirse” como un zancudo-“contra quien el gringo nada pudo”, decía Vargas Vil”: Reinaldo Spitaletta
Foto: Getty Images
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Una mañana, después de tener sueños apacibles, sin bebés, sin teteros, sin pañales, varios habitantes del mundo se despertaron convertidos en therians. Unos se creyeron ositos panda, pero no les duró el espejismo, por ser animal en vías de extinción; otros, en marranos, pero le temieron a la gastronomía de diciembre y más bien cambiaron de opinión. Hubo algunos que, en vez de imaginar que se trataba de una pesadilla, decidieron que era un deseo alcanzado, y se transformaron en perros falderos y en gatitos amigos de ratones. Y otro, tras leer a Moby Dick, se creyó vengativa ballena, pero fracasó en el descomunal intento.

En días recientes, aunque es añejo el tema, hubo “bombardeos” en redes sociales sobre los therians. Hubo quien se atreviera a decir que se trata de una situación tan antigua, que pudo nacer en Egipto. Otros, más atrevidos, retrocedieron hasta las cuevas de Altamira y el arte rupestre. Desde las más viejas sociedades —señalaron otros— hay una idea de continuidad entre animales y hombres, una delgada línea, que puede engordar hasta llegar a tener el cordón umbilical pegado a un cocodrilo o a una babosa.

No he visto aún quiénes puedan “autopercibirse” como un zancudo (“contra quien el gringo nada pudo”, decía Vargas Vila), ni serpiente del paraíso. Pero sí hay quien quiere ser Pegaso. Y, en medio de la barahúnda con tribus urbanas, alguien, con cierta guasa, volvió a contar el relato del centauro costeño, que es la unión burra-hombre, según leyendas de tierra caliente, que pueden rastrearse en Mompox, por ejemplo. No faltaron los que, con razón, advirtieron que con el agite therians se trataba de ignorar el ataque que prepara Trump (aliado con Netanyahu) contra Irán.

El therianismo ha alborotado el cotarro. Se ensayan enfoques antropológicos, biopolíticos, históricos, psicoanalíticos y todo un revoltijo de interpretaciones que incluyen análisis sociológicos y hasta religiosos. Es —también se anota— un síntoma de la decadencia de la civilización, o, desde otro ángulo, del capitalismo. Este sistema, que desde hace rato alcanzó características salvajes, genera individuos que ya no se reconocen como humanos en sociedades deshumanizadas, en las que, por ejemplo, un genocidio (como el sucedido en Gaza) importa muy poquito.

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Se pone como una derivación del malestar en la cultura, una apelación a no reprimir más los deseos y sublimar los impulsos. El malestar producido por la explotación, por la comercialización a ultranza, por la ampliación de los “no-lugares”, se desliza de la “lucha de clases” a territorios de lo “identitario-existencial”. En esos marcos teóricos se cuadricula la tendencia therians, en boga. Quizá sea un modo extraño, o al menos poco ortodoxo, de saldar las culpas, de enmendar tantos despropósitos humanos.

El capitalismo controla el cuerpo (en particular el del obrero), le impone límites, lo atenaza en espacios de producción. Lo encarcela. Le fija límites, como los del taller, la fábrica, el almacén, el banco. El therianismo puede ser, por qué no, una manera (tal vez poco efectiva con el sistema de “explotación del hombre por el hombre”) de llamar la atención sobre las crisis de identidad, o, podría ser, como la letra de un pasillo colombiano, una muestra de los “Corazones sin rumbo”.

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El estallido de esta tendencia puede ser una oportunidad real para volver a leer Las metamorfosis, de Ovidio. O retornar a las antiguas fábulas, entre ellas las del subversivo Esopo. O, por qué no, pararles bolas a los cerdos de Orwell y su Rebelión en la granja, que llegan a la conclusión tajante de que hay “unos más iguales que otros”. El therianismo podría servir como una crítica a la sociedad en decadencia, y llamar la atención sobre “una humanidad que ya no se reconoce en sus organizaciones sociales”.

Después de tantos ires y venires, de tramitar explicaciones científicas y geopolíticas, como me lo dijo una señora del barrio, en estos días de agitaciones electoreras y demagogias a tutiplén: toda esa vaina de creerse animales no es más que una “güevonada” de tipos y tipas sin oficio. “Que los pongan a trapear la avenida Oriental y verá que se les quita”. Así dijo. Por el momento, habrá que revisar, digamos, el Bestiario, de Julio Cortázar, o ponernos a leer de nuevo (además de tratarse de una grata experiencia) el Manual de zoología fantástica, de Borges y Margarita Guerrero, a ver qué se puede hacer con el caso therians.

Se dirá, por qué no, que hay que dejarlos fluir, que se sientan plenos en su nueva dimensión zoológica y que demuestren que los “animales son mejores que el hombre”. Ah, no sobra advertir que, en el caso de La metamorfosis (o La Transformación), de Kafka, que es un extraordinario relato sobre la alienación que el trabajo produce en el hombre, Gregorio Samsa no se cree un insecto: despierta siéndolo. Un cuerpo que encarna una dolorosa verdad social.

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