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Trump o el retorno del espantoso Leviatán

Reinaldo Spitaletta

13 de enero de 2026 - 12:00 a. m.

“Es un endriago, además pederasta, además, una suerte de Hitler redivivo. Ya tiene, incluso, su Gestapo”: Reinaldo Spitaletta
Foto: EFE - BONNIE CASH / POOL
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El monstruoso Leviatán ha regresado, con el miedo en promoción, apaleando aquí y allá a quien ose atravesársele en su ruta de destrucción y recolonizaciones. Desmorona a su gusto y sin escrúpulos el edificio de la razón, el endeble derecho internacional que, por lo demás, hace rato estaba en el ocaso y era “letra muerta”. Se llama Donald Trump, y no es un pato, es una escoria. Jamás fue imaginado, así que ni Thomas Hobbes, ni Kant, ni Rousseau, en fin, lo anticiparon. Es un endriago, además pederasta, además, una suerte de Hitler redivivo. Ya tiene, incluso, su Gestapo.

Su régimen interior arrasa con inmigrantes, asesina poetas, reprime opositores.

Trump es una consecuencia. Es el corolario de una trayectoria imperialista que, desde hace años, ocasionó un resquebrajamiento del derecho internacional público, de la relación entre estados, que violó a su antojo, y fue consentida por organismos (como la ONU, por ejemplo) que tenían la función de velar por las relaciones pacíficas, por la preservación de los principios de no intervención, entre otros.

Es la política del garrote, pero con una abierta violación a todo aquello que alguna vez representó a la razón, a la relación entre iguales, que, después de la Segunda Guerra Mundial, y aún en plena Guerra Fría, bombardeó países, invadió, saqueó, se erigió en gendarme del orbe. Ni para qué recordar a Nagasaki e Hiroshima, ni la invasión a Vietnam (donde sufrió un estruendoso revés, sí, el imperialismo yanqui derrotado por un pueblo de arroceros), ni los marines en Santo Domingo, antes en Haití, y sus intervenciones a modo de “ayudas”, que no era otra cosa que el amo vestido de agente “caritativo”, en América Latina.

Volvió añicos lo que entonces era todavía una representación de la civilización, de los principios de respeto a las soberanías nacionales, a la convivencia pacífica. Se trataba de una entidad monstruosa, un Leviatán que todavía no salía del todo del mar, y era consentido por los cipayos, por los entreguistas, por los que se arrodillaban ante el “coloso del norte” (hace años, en Colombia la llamaron la Estrella Polar, a la que había que apuntar y dejarse alumbrar por sus destellos).

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Invadió a Irak bajo el pretexto, o, mejor dicho, bajo la mentira que todo el mundo se tragó de que allí había “armas de destrucción masiva”. Y era el imperialismo estadounidense el que las tenía. No solo colgó al que antes fue su aliado, sino que también arrasó parte de la memoria del mundo, de bibliotecas y documentos históricos. Y eso sin contar las innumerables muertes de civiles y los negocios de “reconstrucción” y saqueo del petróleo. Y así se extendió después por Libia, por Siria, puso a Israel como su avanzada en Medio Oriente, y ni hablar, por ejemplo, de cómo dispuso de la OTAN para bombardear Yugoslavia y provocar una guerra secesionista, y todo por la ambición gringa de predominio planetario.

El derecho internacional, entre tanto, era como papel toilette. No hubo sanciones ni demandas ni nada. ¿Qué pasó frente a los exiliados, a los torturados, a los despojados, a los que tenían que abandonar sus países en un penoso deambular por mares y desiertos? Y como el derecho se ocultó, o se distendió, entonces el poder, la potestad imperialista, ocupó su lugar. Trump, en efecto, es el corolario. El que le puso punto final a un orden internacional fundamentado en reglas, en normas que, como se ha visto, él se las ha introducido por su orto.

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La nueva correlación de fuerzas, la que ha impuesto Trump, tanto adentro como hacia fuera del imperio, es la de que no haya reglas. O, de otra forma, que ya las reglas son otras, diseñadas por Estados Unidos. Que podría ser una pataleta de ahogado, que se trata de un sistema en declive que quiere volver a resucitar al monstruo mítico que no cree en contratos sociales y que le importa un pepino el derecho internacional. Es lo que estamos viendo. Y padeciendo.

Asistimos, como víctimas, a una función de desangres, a una velada siniestra en la cual la conceptualización de democracia es pura ceniza; en la que las tesis sobre derechos humanos son parte de un “San Alejo”; en el que lo que es clave —en la concepción imperialista estadounidense— es la usurpación de las soberanías (solo hay soberanía gringa y nada más). Se trata, según la novísima visión “trumpista”, de obtener plusvalías a granel, de someter, de intimidar, de amenazar. Es la recolonización, en especial, del “patio trasero”. Se da un golpe aquí y los vecinos se atemorizarán. Y entonces se postrarán ante la reencarnación del mal.

El monstruo está ahí. Es el tiempo del reino de lo salvaje, de la fuerza bruta, del más grande devora al más pequeño. Pueden ser —quién quita— los últimos coletazos del siniestro Leviatán, que también caerá.

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