En la funesta Conferencia de Múnich, en septiembre de 1938, Inglaterra y Francia, con la complacencia de Italia y su Duce, se postraron a los pies del Führer, con el cuentico de hadas de apaciguar al monstruo. Le permitieron a Hitler anexarse los Sudetes, en Checoslovaquia, bajo la promesa nazi de no invadir a este país. Pocos meses antes de la reunión, Hitler se había anexado a Austria. El Reich estaba en marcha y contenerlo con risitas y concesiones no era lo indicado.
Pocos meses después, en marzo de 1939, Hitler se tomó Checoslovaquia. Había empezado la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra y Francia –en su pánico a la bestia en ascenso– habían creído que, embolándole las botas a Adolfito, podrían vivir en paz. Ya sabemos qué pasó. Y esto viene a colación porque, aunque sean otros los tiempos y los protagonistas, parece haber una serie de concesiones de acólitos del imperio estadounidense frente al que aparenta reencarnar tácticas y procedimientos nazis: el pederasta Donald Trump.
Desde hace tiempos, Trump anunció que quiere anexarse Groenlandia, que además aspira a tener a Canadá, que hay que recolonizar con látigo, garrote y otras políticas de sometimiento a su “patio trasero”. Con traición de miembros del “chavismo” o sin ella, ya dio su golpe en Venezuela y por estos días se ha visto cómo la Nobel de Paz (qué cosa, si el galardón era para el patico guerrerista), doña Corina (la que antes del premio pidió bombardear a su país), ha lamido hasta quedar ahíta las suelas del mastodonte imperialista.
Hace rato el sujeto que ha revivido, a su modo, la antigua Doctrina Monroe, el que quiere ser en extraña transmigración de almas el cazador Teddy Roosevelt, ha resucitado a su vez postulados ideológicos y políticos del nazismo. Se puede leer en la Nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos, y también en otros acontecimientos y declaraciones, que llevan su rúbrica de fascista y neonazi.
Para Trump –como era para Hitler– hay un “envenenamiento de la sangre”. Estados Unidos, según él, está siendo contaminado, invadido, emponzoñado por otras sangres (de ahí su política de expulsar la mayor cantidad de inmigrantes, o de perseguirlos con la que ya es una nueva versión de la Gestapo hitleriana). El 18 de septiembre de 2024, dijo: “Vienen del Congo, de África, de Oriente Medio, de todo el mundo, ¡de Asia! Muchos de ellos provienen de Asia… Y lo que está sucediendo en nuestro país es que estamos destruyendo la esencia de la vida, y no vamos a tolerarlo más, y hay que deshacerse de esta gente”.
Hace poco, Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional y jefe de la Policía de inmigración (la ICE, que asesinó en Minneapolis a la poeta Renée Nicole Good), puso en su atril de discursos el lema “One of Ours, All of Yours”. Recordemos: en 1942, la resistencia checoslovaca dio de baja al “Carnicero de Praga”, Reinhard Heydrich. En represalia, Hitler mandó a arrasar un pueblo (Lídice), fusilar a todos los hombres mayores de 16 años y gasear a los niños. El lema de los nazis era cobrar una venganza contra los que habían matado a un “ario”: “Uno de los nuestros, todos de los suyos”.
Después de la Conferencia de Múnich y del arrodillamiento de las otras potencias europeas al Reich, el escritor austriaco Stefan Zweig vio en aquel gesto de Inglaterra y Francia, un acto de debilidad, una derrota de la razón y una victoria de la brutalidad. Era parte del preludio trágico de un tiempo de irracionalidad, fanatismo y destrucción. Algo así de grave se percibe ahora con el ascenso neofascista y nazi en Estados Unidos, encabezado por Trump y sus adláteres, entre los que están los supremacistas blancos.
Cuando el asaltante Trump –el que va tras las riquezas de otros países, en particular de los de América Latina– habla de inmigración, se refiere a la raza. “Cuando habla de raza, se refiere a la gente negra. Cuando habla de raza, se refiere a los hispanos. Cuando habla de raza, se refiere a los musulmanes. Y cuando habla de raza, también se refiere a otras personas blancas, algunas menos blancas, menos puras, menos limpias, menos aceptables según su origen ancestral, que otras. Cuando habla de raza, se refiere a la teoría del reemplazo”, escribió el columnista Sidney Blumenthal, en The Guardian (7-10-2024).
Trump, a quien la desvergonzada Nobel de Paz venezolana le entregó la medallita, en una actitud de impúdico vasallaje, al mismo que la FIFA le dio dizque en desagravio un galardón de paz, no se anda por las ramas. Y va por el botín en América Latina en especial, donde cuenta en buena parte de países con lacayos y otros pajecitos, a los que ha domesticado con bases militares, el Comando Sur, amenazas, aranceles y hasta “golosinas”. Igual, el nuevo Hitler también caerá.