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Empecemos con un aserto para caracterizar el clima de perversión que el tema requiere: hubo un criminal atroz a quien la clase dominante, en la que se movía a sus anchas, con aires de Calígula, le confirió patente de corso, lo celebró como un emperadorcito y, en vasta proporción, participó de sus conductas delincuenciales. Y cuando los “elegidos” no estuvieron en el centro de la depravación, estuvieron muy cerquita, a manteles, con Jeffrey Epstein, el del Lolita Express, ¡ay, Nabokov!
La enfermedad la produce el capitalismo y la amplifican los magnates, los políticos, los que están al servicio de la explotación de la mano de obra, los que reprimen, los que echan el agua sucia a los inmigrantes. Los que, con el poder del dinero y de la política, el sistema pútrido los autoriza; entonces cabalgan sobre las miserias del mundo y gozan en sus orgías y banquetes que desbordan la imaginación, que hasta los descritos por Petronio se quedan en palotes.
Se habla de un criminal de marca mayor. Disfrazado de financiero, con acreditados amigos de la élite mundial, hipnotizado por el poder, que levantó una fachada para camuflar su vocación de depredador. Su aparataje de billete y arribismo sin límites dispuso de la vida, del cuerpo y el alma, de niños y mujeres, en una bárbara expresión de pedofilia y sadismo. El capitalismo, del cual Epstein es uno de sus vergonzosos productos, está atravesado, en esencia, por manifestaciones de descomposición, como las de Jeffrey y su combo.
En la órbita hedionda que creó, como una telaraña descomunal, giraron presidentes, intelectuales, magnates, ministros, empresarios, la crema y nata del capitalismo mundial, y todos, de un modo u otro, gozando de las “fiestas salvajes” del abusador-criminal-pederasta-torturador… El pasado 30 de enero, como parte de los archivos Epstein, se publicaron tres millones de páginas, ciento ochenta mil fotografías, dos mil videos nuevos, en los que, además, aparecen hombres del jet-set, del espectáculo, la política, la tecnología, la academia, el deporte… Y hasta por estos lados del subdesarrollo y el coloniaje hay representación colombiana: Andrés Pastrana.
El de Epstein ha sido llamado el “imperio de los abusos”. Pobres niños, pobres mujeres, centenares de víctimas de una conspiración que va más allá del poder de un sujeto y con la participación de un sistema nauseabundo, violento y de esencia criminal, como es el del capitalismo y sus élites. Y en esa red, como parte de la inmundicia, quedan atrapados intelectuales como el lingüista Noam Chomsky. El nivel de corrupción, que hace rato hizo metástasis, lanzó por el ducto de la bazofia a pensadores como el autor de Estructuras sintácticas y Nuevos horizontes en el estudio del lenguaje y la mente.
Ahora resulta que algunos de los que rodearon las fiestas y cenas de Epstein no sabían de las andadas criminales del hombre que, en espera de su juicio, se suicidó en 2019 (también hay señales de una conspiración y se dice que fue asesinado) en la cárcel. Dizque no sabían de los sádicos abusos de niños que perpetraba el malhechor rico. Que no nos crean tan ingenuos: ¡cómo que no sabían! ¡Cómo no lo iba a saber un intelectual como Chomsky, tan conocedor como ha sido de la naturaleza criminal del capitalismo y sus conmilitones!
“Epstein no lo engañó. Fue seducido. Su asociación con Epstein es una mancha terrible y, para muchos, imperdonable. Empaña irreparablemente su legado. Si hay una lección aquí, es esta. La clase dominante no ofrece nada sin esperar algo a cambio”, escribió el periodista estadounidense Chris Hedges, en referencia a la conducta de Chomsky. A su vez, anotó que, como se sabe, no se puede esperar nada bueno de políticos, magnates corporativos, de la realeza, de las celebridades aupadas por el gran capital y mucho menos de los oligarcas, “pero sí espero mucho de intelectuales como Chomsky”, dijo.
Hay lecciones históricas con el caso Epstein. Y todas tienen que ver con la naturaleza del capitalismo, de los que detentan el poder y posan de demócratas. La esencia de tales personajes, y del sistema que reivindican, es la de explotar a los otros, de reducirlos a la mínima expresión: a ser esclavos. Y como Epstein, pensar que un privilegiado por el dinero puede hacer lo que le venga en gana, pulverizar la dignidad de niños y mujeres, de crear una policía (como una Gestapo nazi) antiinmigrantes, violar las soberanías de los países, llevarse preso a un presidente, aplaudir el genocidio (u ocultarlo) del pueblo palestino de parte de Israel y Estados Unidos.
Poderoso caballero es don Dinero —dice la letrilla del gran Quevedo—, ante el cual, sea moro o cristiano, hay que humillarse; señores a los que, si oro poseen, hay que rendirles pleitesías y enmudecer ante sus desafueros. Queda claro que a Epstein, terrorífico delincuente, ni el señor dinero lo salvó.
