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Un muñeco de utilería recoloniza a América Latina

Reinaldo Spitaletta

07 de julio de 2026 - 12:00 a. m.

Como la historia poco ha cambiado, en particular para nuestros pueblos arrasados, volvemos con lo mismo: Trump y su recolonización de América Latina. Tal vez los bárbaros cayeron del cielo o vinieron por subterráneos o, para asustar con mayor intensidad, nos los inocularon en películas de terror. Pero, qué va. Llegaron del Norte y se quedaron, tras inundarnos de hamburguesas y despojarnos de lo que, en tiempos románticos, llamaron “las raíces”.

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América Latina desde épocas remotas ha sido arrasada por los nuevos bárbaros (podríamos recordar Ante los bárbaros, de Vargas Vila), que aún no envejecen. Parecen haber descubierto, como no pudo hacerlo Juan Ponce de León, el manantial de la eterna juventud. Y por estas comarcas continúan con el saqueo, que ha tenido diversas formas de ejercerse: secuestrar algún presidente; poner a sus pies a otros; deponer mandatarios o asesinarlos, o diseñar, con el Comando Sur, bases militares.

Trump, que en realidad es solo un muñeco de utilería de los dueños de Estados Unidos y de buena parte del mundo, parece gozar con su Estrategia de Seguridad Nacional, la misma que, con pequeñas variaciones, reedita la Doctrina Monroe, con los aditamentos del cazador Teddy Roosevelt y el Corolario del hombre que acaba de ser derrotado, quién lo creyera, por Irán y sus ayatolas.

Trump y sus conmilitones andan cabalgando por sus viejos solares. Y de nuevo vienen por todo. O de otro modo, jamás se han ido. Han cultivado a sus títeres y los han perfeccionado en servilismo. Y ahora, en medio del peonaje establecido por Trump y su recua en buena parte de estos territorios, se dan gusto en distintas geografías, adobadas para el despojo, como Argentina, Honduras, Ecuador, Venezuela (secuestraron a Maduro y se quedaron con el petróleo), Bolivia… Tienen resistencias en Brasil, Uruguay, Nicaragua y México. A Colombia, que ha sido un histórico lacayo de Washington, la han alistado para devorarla en páramos, llanos, mares y montañas.

La neocolonización trumpista, que se vale de distintos recursos, que van desde lo lingüístico hasta la instalación de bases militares, parece ser la imposición de otra especie de Plan Cóndor, o de su segunda parte. Hay, para decirlo en términos marinos —o de piratería—, un nuevo desembarco imperial, un asedio permanente sobre las que ayer fueron repúblicas bananeras y parcelas de la gringada. En Colombia, por ejemplo, los filibusteros están a la vista.

A la orden del día están las entregas de soberanías, las aperturas económicas, la aplicación de los mandamientos neoliberales y las adecuaciones para la inversión extranjera leonina. También la corrupción de las palabras. Lo libertario, que en otros tiempos servía para designar la resistencia y el rechazo a los poderes omnímodos, es ahora el disfraz de la derecha recalcitrante, como ha pasado, por ejemplo, en Argentina. Estamos en un tiempo de abierta y descarada injerencia de Washington en los asuntos internos de casi todos los países de América Latina, por no decir de la totalidad.

El depredador Trump y su troupe, además de otras nóminas de esbirros adocenados, han diseñado una incursión para tragarse a América Latina, en la que, además, ponen gerentes y corsarios. Sigue moviendo sus fichas en el mapa, como la que acaba de poner en Colombia, que es, sin disfraces, no solo un áulico, sino un auténtico cipayo. Estamos en calendas en las que la derecha (cabe anteponerle el “ultra”), acondicionada por el imperialismo, se dispone a entregarle el botín de los minerales críticos, los hidrocarburos y otras riquezas.

El ajedrez dispuesto por la Casa Blanca en América Latina tiene piezas clave para continuar con la rapiña, que es parte de una extensa historia de dominación de la metrópoli en sus colonias y neocolonias. Todo parece responder a un viejo libreto, en el que se renuevan los peones, como el recién elegido presidente de Colombia. Por estos lares destriparán gente, tierras, páramos; feriarán empresas estatales y mantendrán, quizá como en los viejos tiempos de antidemocráticos estatutos de seguridad y otras “inseguridades”, el perverso recurso de la represión, la censura y el recorte a las libertades públicas. Ya se verá. Ya se presiente.

Los bárbaros no se han ido. Han cambiado de ropajes y tienen nuevas mañas para la simulación y el camuflaje. No hay que confundirse: el enemigo principal de nuestros pueblos sigue siendo el mismo. Solo que va mutando y apela a nuevas armas, como, por ejemplo, la de mantener en la oscuridad y en una perpetua alienación a casi toda la sociedad. Hace ver como una maniobra ejemplar las invasiones, los bombardeos, los asesinatos de inmigrantes y mirar al verdugo, por decir algo, al señor Trump, acusado de pederastia, como un “salvador”.

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Por lo demás, los bárbaros, como el caso del imperialismo yanqui, acostumbran vestirse de “civilización”. Saben confundir, mimetizarse y lograr que la víctima termine amando a quien le cortará la cabeza.

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