26 Nov 2021 - 2:00 a. m.

139 piropos para Lotte Lenya († 27.11.1981)

Kurt Weill, un compositor judío alemán que llegó a EE.UU. huyendo de los nazis, triunfó en Broadway y murió en Nueva York, es el autor de algunas de las melodías más pegajosas y más universales que se conocen. Recordemos tan sólo su “Balada de Mackie Messer”, que inaugura La ópera de los tres centavos y fue la inspiración muy posterior de Pedro Navaja, el héroe de la canción de Rubén Blades: bastaría ella sola para asegurarle a Kurt Weill un puesto en el Olimpo de la Música.

Lo recuerdo ahora, cuando el calendario de efemérides me dice que mañana se cumplirán 40 años de la muerte de su esposa, Lotte Lenya, figura emblemática de la escena y el Kabarett alemanes, con quien Kurt Weill compartió 26 años de vida; 24 de ellos en un feliz matrimonio del que dan testimonio las 393 cartas que se conservan de las muchas más que se escribieron. Las publicó hace años la editorial alemana Kippenheuer&Witsch

–la de Heinrich Böll y Gabriel García Márquez–, en un volumen precioso que es una de las joyas de mi biblioteca y ojalá encuentre algún día su camino en alguna editorial de nuestra lengua.

He tenido la paciencia de contar los apelativos cariñosos, tales como “queridita, florcita, hociquito, almejita, almita, dulzura, azuquita, tontita, duquesita, gorrioncito, negrita” etc., con que Kurt Weill se dirigió por carta a su Lotte de su alma, y son nada menos que 139 invenciones, algunas tan enrevesadas, tan inextricables, que sólo la destinataria debe haber podido entender qué aventura común, qué intensa intimidad, se escondían detrás de tales diminutivos. Ella, por su parte, le correspondió con 60 apelativos de entre los que escojo sólo uno: “ranita”, si bien no quisiera dejar de remarcar cierta ocasión donde lo llamó nada menos que “Herr Johann Strauss-Weill”.

Hasta qué punto Kurt Weill quedó anclado en la vida de Lotte Lenya, quien le sobrevivió 31 años (en 1963 daría vida a la inolvidable malvada Rosa Klebb de From Russia with Love, el film de James Bond), es algo que se pone de manifiesto en la lápida de su tumba. Ambos están enterrados, uno al lado del otro, en Mount Repose, municipio de Haverstraw, Estado de Nueva York. Y como Lotte se casó dos veces más después de enviudar de Weill, resulta que al morir ostentaba el nombre de su tercer esposo, un pintor alcoholizado y que la precedió doce años en la muerte: se llamaba Russell Detwiler.

Pero la justicia poética aguardaba su oportunidad, y en la losa fúnebre, por un comprensible error del lapidario neoyorquino, ese Detwiler se convirtió en Detweiller, con todas las letras del apellido del primer marido, de aquel Kurt Weill creador insuperable de la “Balada de Mackie Messer”.

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