Publicidad

Además de los Reyes Magos

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Ricardo Bada
06 de enero de 2012 - 11:00 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Uno de los libros más fascinantes que poseo se titula Crucifijo y trampas para ratones, y niel título ni el contenido son irreverentes, heréticos o impíos, al contrario, una declaración de amor al lugar más emblemático de Colonia: su catedral, uno de los edificios más visitados del mundo.

Y los autores del libro se dedicaron durante un año íntegro a visitarlo diariamente y llevarse consigo todo lo que dejaban olvidado los demás visitantes, siempre que no se tratase de documentos, dinero u objetos de valor. Concluyendo al final que «¡La catedral de Colonia es como una caja de bombones, nunca se sabe lo que habrá en ella», paráfrasis de una famosa cita de Forrest Gump.

Debo aclarar por cierto que en esta ciudad donde vivo se sigue sosteniendo oficialmente una superchería: la de que nada menos que en el altar mayor de esa catedral están custodiados los restos de los Reyes Magos, en un lujoso cofre–relicario, todo él de oro y piedras preciosas, y que milagrosamente no cesó de crecer desde que el Estado implantó el diezmo (=impuesto religioso).

Además de la superchería resulta a todas luces fuera de lugar que una catedral católica se enorgullezca de un robo a mano armada, puesto que los presuntos restos mortales de Melchor, Gaspar y Baltasar se hallaban a buen recaudo en la seo de Milán, de donde fueron rapiñados por el arzobispo de Colonia, Rainald von Dassel, en el año del Señor de 1164, pero esa es otra historia, diría Rudyard Kipling.

Y volviendo al libro: 20.000 visitantes diarios dejan en la catedral de Colonia considerable huella de su paso, como me reveló el demorado hojeo del mismo, y téngase en cuenta que en él sólo se documentan fotográficamente 82 de los cientos de objetos encontrados. «En un año recorrimos muchos cientos de kilómetros por la catedral de Colonia –dicen los autores–. Y ahí sucedió algo raro: la recolección de objetos perdidos nos abrió crecientemente una segunda dimensión. Más y más empezamos a sentir la santidad de ese lugar. Entendimos con nuestro propio cuerpo por qué justamente este lugar especial a la orilla del Rhin había sido elegido, ya en los tiempos paganos, para adorar diversas divinidades. Buscamos a Dios en papeles de envolver caramelos, en billetes del Metro y en paraguas. Y mira por dónde, a Jesús nos lo encontramos en una bolsa de plástico».

Personalmente, el hallazgo que me resultó más sugerente fue una manzana mordida hasta no quedar de ella nada más que el corazón. Contemplándola, mi malpensamiento innato me hizo recordar un título de novela de aquel coloniense universal que se llamó Heinrich Böll: ¿Dónde estabas, Adán?

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.