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Al conjuro de una sola palabra

Ricardo Bada

02 de febrero de 2023 - 09:00 p. m.

Charlando hace pocos días con un amigo asturiano acá en Colonia, mencionó la palabra “albarán” y apenas la pronunció me quiso explicar qué significaba. Le interrumpí para decirle que la conocía desde la más tierna infancia, y no es exageración andaluza.

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Mi padre y mi tío eran propietarios de una fábrica de zapatos, que con el tiempo dejarían para abrir sucesivamente tres tiendas donde vendían calzado de otros fabricantes, y a mí, desde muy joven y porque se me daban bien los números, me confiaron la contabilidad de los negocios familiares.

Desde entonces, y siguiendo ahora las definiciones de la RALE, sé que un albarán es una «nota de entrega que firma la persona que recibe una mercancía», y un escandallo «en el régimen de tasas [como lo era el franquista], la determinación del precio de coste o de venta de una mercancía con relación a los factores que lo integran», y un cambrillón la «suela angosta que los zapateros ponen de relleno entre la exterior y la plantilla del calzado para armarlo», y una macana el «artículo de comercio que por su deterioro o falta de novedad queda sin fácil salida», mientras que se llamaba chicharro al calzado infantil, una acepción no recogida en EL diccionario, si bien curiosamente registra “chicharra”, ya en desuso, como “juguete”.

Aprendí también, cuando nos hacían pedidos en la fábrica o cuando los hacíamos en las tiendas, la existencia del “surtido universal”, que se componía con un par de zapatos del número 33, dos del 34, tres del 35 y el 36, dos del 37 y uno del 38, surtido que ya debe ser por completo obsoleto, ya que la Humanidad ha crecido, también sus pies: ¿qué mujer calza hoy un 33?

Lo que más me quebraba la cabeza era hacer los escandallos cuando teníamos la fábrica y se sacaban dos muestrarios, el de primavera y el de otoño, con calzado adecuado para el verano y el invierno. Los muestrarios con los nuevos modelos eran tarea exclusiva de mi tío Laureano, quien se inspiraba en los que aparecían en la revista especializada Moda Y Línea, editada en Palma de Mallorca, pues la isla era la meca del zapato artesanal. Siempre lo recuerdo inclinado sobre el tablero dibujando los modelos o al pie de la máquina de troquelar disponiendo los troqueles de manera que se le sacase el mayor partido a la plancha de suela, y mientras charlaba con mi amigo asturiano, me parecía sentir todavía el olor de las molletas y los tafiletes, de las suelas, y hasta del cáñamo con el que las suelas se cosían a la piel sobre la horma.

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Toda mi infancia y mi juventud, crecidas entre la manufactura y la venta de zapatos, me las despertaron la mención de un albarán. Esa sola palabra fue mi magdalena de Proust.

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