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América Llantina

Ricardo Bada

04 de noviembre de 2010 - 09:55 p. m.

Puesto que andamos en el año del tan cacareado Bicentenario, reproduciré un diálogo con visos de polémica que mantuve hace poco vía e-mails con un querido y viejo amigo, poeta y andaluz.

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Le comenté ya no recuerdo más qué traspié acabado de padecer con cierta institución latinoamericana, y él me contestó esa misma noche a vuelta de correo:

“Eso te pasa por andar siempre rastreando en las cosas de Subamérica (sic). Como estoy de mal humor, me permito decirte que los subamericanos son tan gilipollas como los gringos, lo que pasa es que hablan castellano (aunque ridículo) y además son pobres. Por eso parecen más aceptables”.

Mi respuesta, asimismo a vuelta de correo: “No comparto absolutamente para nada lo que dices acerca de los hispanoamericanos (supongo que tus ‘subamericanos’ incluyen a los mexicanos). Y te recuerdo que acá en Europa también hay harta cantidad de gilipollas, empezando por el estrecho de Gibraltar y terminando en Polonia, sin ir más lejos”.

Mi amigo: “¡Pos claro...! No se me enfade que sólo se trataba de una hipérbole virtual. Bien es verdad que a tales horas de la noche las bromas epatantes suelen ser poco afortunadas. Naturalmente, si hablamos en serio, me ofendes si por un momento pensás que no estoy de acuerdo con vos” (su voseo fue ironía afectuosa).

Y yo, cerrando el amago de polémica: “Me alegro de que sea así como dices. Aunque de todos modos, a veces, el subconsciente se articula por medio de bromas epatantes: los niños y los locos siempre dicen la verdad. Por otra parte, yo, que soy casi latinoamericano honoris causa, jamás he soportado a ciertos plañideros —pon los nombres que desees, hay donde elegir— que le hacen el juego, sin querer, a la Internacional Sinvergüenza de los poderosos y corruptos, porque su América Latina es una América Llantina (o Llorona), se la pasan en puros lamentos; siempre somos los demás los culpables de lo mal que les va: los españoles primero, los gringos después. O sea, soy un enamorado de América Latina, pero mi amor no es ciego”.

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Entre bromas y veras, este diálogo pone de relieve que resulta muy fácil abrir la válvula de escape y dejar escapar como verdades una serie de prejuicios enquistados en el imaginario ajeno. En el caso español, la consideración de Latinoamérica como Subamérica, o Sudaquia, y lo ridículo que resulta su idioma oral comparado con la belleza pétrea del castellano peninsular. Todo esto dicho por una persona educada, culta e inteligente.

Sensu contrario, creo no haberla marrado mucho en mi apreciación sobre la proclividad a ciertos llantos autoconmiserativos en América Latina. Y pocos días después del 518° aniversario del ominoso 12 de Octubre, esta puede ser una posibilidad de hacer un serio examen de conciencia y averiguar qué parte de culpa propia haya en los males que aquejan al continente.

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