Ahora le ha tocado la vez a Neruda, quien no es santo de mi devoción, pero igual me emputa que le imputen poemas como el que anda circulando ahora por la red, firmado con su nombre.
Se añade así a los apócrifos de Borges que asimismo circulan desde sabe Dios cuándo, y a los que se añadió —y aún sigue regurgitando— un esperpéntico adiós a la vida de Gabo.
Mi indignación apocrificida se ha vuelto ya proverbial entre mis amistades. De una vez por todas: ni Borges ni Gabo ni Neruda escribieron jamás semejantes babosadas.
Y para más pior, como diría Cantinflas, los apócrifos ni siquiera tienen la gracia de saber copiar el estilo de los maestros. Cuando leo los detritus del caletre del cretino de turno, la verdad es que me asaltan violentísimas ganas de vomitar. Me da bronca ver que hay gente tan estúpida y tan malvada (ambas cosas) como para llegarle a atribuir a nadie menos que un Borges un texto que Corín Tellado tendría ciertas reservas en firmar con su nombre. Contando esa gente además con la inocencia de tantos internautas a los que se engaña con alevosía y premeditación, y no sé si también nocturnidad, aunque seguro que no en descampado.
Por mucho que lo pienso, no puedo entender quién y por qué anda detrás de semejantes supercherías. Creo que todos los que manejamos la pluma, sin ser aves, hemos sentido alguna vez la tentación de imitar tan requetebién a León de Greiff, o a Juan Ramón, que un poema nuestro pudiera tenerse por suyo. Pero de ahí a dar el salto cualitativo de tratar de hacerlos pasar como tales ante el mundo cada vez menos ancho y más CNN, hay una distancia tan grande como del dicho al hecho: una disciplina ésta, el salto cualitativo, no homologada aún por el Comité Olímpico Internacional, si bien ya iría siendo hora.
Lo de veras honesto sería regar por internet un cuento de Juan Rulfo o un poema de César Vallejo firmándolo con el propio nombre. Si alguien reclamase, al autor de la broma siempre le quedaría la salida de explicar que le vino la inspiración del Espíritu Santo y que no podía saber que ya le había inspirado lo mismo, años atrás, a las ilustres mentes del mexicano o del peruano. Con lo que la pelota quedaría en el tejado del Espíritu Santo. Otra disciplina tampoco homologada por los señores del COI: la de colocar la pelota en el tejado ajeno.
Créanme que a pesar del tono ligero de esta columna, el tema es mucho más serio de lo que parece. Gracias al cobarde anonimato electrónico, estamos indefensos y a merced, a) de los imbéciles, b) de los pérfidos y c) de algo mucho peor: de los imbéciles pérfidos. Don't forget!: Ningún inicuo es inocuo.