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Imaginemos que Velázquez tan sólo hubiese pintado Las meninas y se hubiera declarado luego en huelga de paleta y pincel caídos alegando un motivo españolísimo: “Hay años en que no está uno para nada”.
Imaginemos que Maurice Ravel hubiese compuesto su Bolero, y nada más. Imaginemos (cuesta poco) que Orson Welles hubiese filmado Citizen Kane, y que después decidió dejar de rodar películas. Pero ¿para qué imaginar ejemplos hipotéticos si la historia de la literatura nos ofrece dos tan reales y tan egregios como los de Rimbaud y Rulfo?
Este es el tema de un libro de Enrique Vila–Matas titulado Bartleby y compañía, donde aborda lo que él llama “el síndrome de Bartleby”, el extraordinario protagonista del cuento homónimo de Herman Melville. Su personaje Bartleby es un oficinista que vive (literalmente) en su oficina, de la que nunca sale para nada, y cuando se le encarga una tarea siempre responde con una frase que ha enriquecido el léxico del nihilismo: “Preferiría no hacerlo”. A semejanza suya, el protagonista del libro de Vila–Matas transita por los senderos de la negación de la escritura, pero al mismo tiempo, y por medio de ella, rescata las peripecias humanas de cuantos autores le han precedido: Rimbaud, Banchs, Forster, Rulfo, Harper Lee, Salinger... Yo estuve a punto de contribuir al libro con el caso del periodista español Lorenzo Garza, pero mi aporte lo recibió Vila–Matas cuando su libro ya estaba en la imprenta.
Lorenzo Garza llegó a Huelva, mi ciudad natal, destinado en 1960 a la plantilla del diario Odiel, tras unos años de ejercer el periodismo en Latinoamérica. No le gustaba hablar del pasado, y de mis pláticas con él sólo pude inducir que se alejó de España a raíz de la derrota del Eje y la no caída del régimen de Franco, pero con el correr del tiempo se reintegró a su oficio en su país.
Meses después, en 1961, en una librería de viejo de Madrid descubrí un ejemplar de “La marcha humana”, novela de Lorenzo Garza. Muy contento con el descubrimiento, le comenté al volver a Huelva que me extrañaba que no me hubiese dicho que también era escritor. ¡Para qué se lo dije! Me exigió que le entregase mi ejemplar porque quería destruirlo, y como no lo hice (faltaría más) se enfadó conmigo. Luego, al enterarse de que me iba de España porque no estaba dispuesto a seguir siendo periodista bajo el franquismo, él mismo reanudó nuestra relación y me contó que era la única novela que había escrito. Pero es muy buena, le dije, ¿por qué no siguió escribiendo? “Pues porque apenas se publicó, en 1946, recibí una carta muy bonita y muy entusiasta de don Pío Baroja, alabándola mucho: y eso me frenó por completo, estaba totalmente seguro de que nunca más iba a lograr escribir otra vez algo que mereciese una carta como esa de don Pío".
