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24 Jun 2022 - 1:00 a. m.

Christopher Isherwood en El Espectador

Christopher Isherwood es uno de esos escritores ingleses de la primera mitad del siglo pasado a quienes la crítica académica ha soslayado siempre con desdén olímpico por la sencilla razón de que tenían éxito con sus novelas y vivían nada mal del producto de su trabajo. Es el caso de Somerset Maugham para sólo citar el caso más notorio. Algo parecido sucedió con Simenon en Francia, sin que la crítica académica se percatase de que quienes más lo admiraban eran sus colegas: André Gide, por ejemplo.

A Isherwood le debemos una gran narración ambientada en el Berlín de entreguerras, antes de la llegada del nazismo, presagiada y temida por Isherwood en ese relato, Goodbye to Berlin, adaptado al cine como uno de los mejores musicals de todos los tiempos: Cabaret.

Y ocurre que hace poco, por pura casualidad, encontré en una librería de viejo un ejemplar de un libro suyo que desconocía y de inmediato atrajo mi atención. Se trata del diario de viaje que Isherwood emprendió a fines de 1947, por encargo de una revista gringa y en compañía de un fotógrafo profesional.

El libro se titula El cóndor y las vacas y en él se cuenta minuciosamente el viaje que ambos emprendieron, en barco primero, de Nueva York a Cartagena, y luego desde Barranquilla remontando por el Magdalena hasta llegar a Bogotá, y siguiendo a Cali, Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, La Paz/Bolivia, teniendo como meta Buenos Aires. Salieron de la Gran Manzana el 20.9.47 y llegaron a la Reina del Plata el 17.2.48, usando toda clase de medios de transporte, animales incluidos.

El libro es una joya, y existe edición reciente en español. Lo recomiendo a todos mis lectores. Pero no quiero cerrar esta columna sin ofrecerles una muestra del mismo, fechada en los días que pasó en Bogotá, donde conoció a tanta gente, por ejemplo a León de Greiff. Y en un determinado momento cuenta lo siguiente:

«[Eduardo] Zalamea me resulta muy simpático. Es enérgico y vivaz, nada “artístico” ni espiritualizado. No deja de intentar sonsacarme comentarios políticos imprudentes, pero desconfío porque temo que los publique. Ayer me llevó a la redacción de El Espectador, el periódico liberal para el que trabaja, y me presentó al director, un hombre mayor cuyo nombre, si no me equivoco, es Luis Cano. Este hombre me ha impresionado mucho.

Es una de esas personas cuya integridad es tan evidente que te sientes emocionado y avergonzado y quieres protegerlas. Me preguntó cuál era mi posición política. Le contesté que era liberal, y de inmediato me sentí como un hipócrita (aunque se trataba de la verdad) porque le agradó mucho: “Esperemos que también muera siendo liberal”, y me dio una palmada en la espalda».

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