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Mi irredimible afición a conocer literaturas poco transitadas me ha llevado a descubrir la novela policial noruega.
Desde hace algunos años poseo un extenso conocimiento de ella, y desde ya les digo que creo que dos nombres, los de Anne Holt y Karin Fossum, pueden ser familiares para los adictos a ese tipo de literatura. Del que no tienen que avergonzarse por confesar que les gusta; estarían en tan buena compañía como la de un tal Jorge Luis Borges.
De Anne Holt, quien a sus 38 años fue la ministra de Justicia más joven que tuvo el país de los fiordos y que abandonó luego la política para dedicarse a la literatura, les encarezco que no se pierdan su novela Bajo el signo de Leo, por supuesto, cuando la traduzcan.
Y de Karin Fossum recomiendo todo, que son tres novelas, a cuál mejor. Siguiendo la tradición del género, hay un personaje-guía: aquí se trata del comisario Konrad Sejer, viudo, nostalgioso de su difunta esposa y cuya hija ha adoptado un niño somalí, a quien el comisario adora como si fuese carne de su propia carne.
En las dos primeras novelas de la saga Sejer, somos testigos de cómo el comisario acude puntual y doloridamente a la tumba de su querida esposa y deposita flores en ella. En la tercera conoce a una psicóloga especializada en el tratamiento de casos difíciles de desamparo juvenil, una mujer de la que los lectores también nos enamoramos por el viejo procedimiento del flechazo: se llama Sara, Sara Struel.
Y aunque está metido de hoz y de coz en la investigación de un asesinato, al comisario no se le va Sara del pensamiento, tanto que busca su número privado en el directorio telefónico de la ciudad. Y lo encuentra. Struel, Sara, médica, número tal y tal. Sólo que la autora añade que debajo —repito: debajo— aparecía otra vez el mismo apellido, Struel, seguido del nombre Gerhard, también médico, y el mismo número. Con lo que al comisario le entran unos celos terribles, al pensar que Sara seguramente está casada y es feliz con su esposo, en fin, todos mis lectores masculinos se imaginan lo que pasa por la imaginación de ese hombre: y todas mis lectoras también, y hasta puede que antes.
Pero la pregunta que yo me hago es de un carácter más bien retórico: ¿cómo están concebidos los directorios telefónicos noruegos?, ¿es acaso un tributo incondicional al feminismo el hecho de que aparezca primero el número correspondiente a Sara y, luego, debajo, con el mismo apellido, a Gerhard?, ¿o no es así que la G va bastante delante de la S en cualquiera de los abecedarios conocidos? He aquí un nuevo enigma que le propongo al comisario Sejer.
