Cierto día supe de la existencia de un museo de los epitafios, en un pueblito llamado Kramsach, del Tirol austríaco, y como el calendario señala noviembre, el mes de los muertos, de qué tema ocuparse más congruentemente que de este de los epitafios.
Un tal Herr Guggenberger descubrió en los cementerios aldeanos de su Tirol natal que muchas de las tumbas ostentaban epitafios forjados en hierro donde lucían resúmenes vitales de lo más sabrosos. Algunos casi parecen poemas de la insuperable Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters... sólo que reflejados en un espejo cóncavo que los deforma.
Sin ir más lejos, uno más o menos contundente es aquél que dice: "Aquí yace Adam Lentsch, quien vivió 27 años como persona y 37 como marido".
Y no es menos contundente, bien que paradójico, este otro epitafio tirolés donde puede leerse lo que sigue: "Aquí descansa la honrada y virtuosa soltera Genoveva Voggenhubber, llorada por su único hijo".
Algo irónicamente, hay uno que resalta la imposibilidad de que a su epitafiada la llorase un fruto de sus entrañas, y es el que reza así, por un total olvido machista (o una pudorosa piedad amnésico-paternal) de los dulcísimos placeres de la masturbación: "Aquí reposa la honrada doncella Nothburga Nindl: falleció a los diecisiete / sin gozar de su juguete".
Por cierto que, como es lógico, las joyas del museo son aquellos epitafios donde los deudos del difunto hicieron gala de sus capacidades para el verso. Por ejemplo, este: “Aquí la tierra es hamaca / de uno al que aplastó su vaca / Bastante curioso es ver / de qué modo se puede perecer". Y la verdad es que creo que sí, que eso de morir aplastado por una vaca, aunque sea la propia, resulta bastante curioso.
Casi tanto como fallecer del modo que declara este otro epitafio: "Cristiano, detente y reza, / que aquí reposa Xavier, / el cual murió de beber, / mucho, su propia cerveza". El buen Xavier era, evidentemente, un mártir del empirismo aplicado a la ciencia etílica.
Pero veamos ahora lo que un viudo hizo forjar en hierro sobre la tumba de su extinta media naranja: "Aquí reposa mi esposa, / mujer bastante furiosa. / Caminante, no se excite, / pues temo que resucite".
Pondré un último ejemplo más, del ejemplar museo de Kramsach, y es uno que nos propone una adivinanza metafísica. Dice así: "El camino a la Eternidad no es muy largo. Él partió a las 7, y a las 10 ya estaba allí". O sea que, al menos en el Tirol, la distancia de la vida a la eternidad puede cifrarse en tres horas de camino.
Y el copete de nata del pastel: confesaré que el epitafio que prefiero, con mucho, de entre todos los que conozco, es aquél que se le atribuye al mayor y mejor de todos los marxistas, el genial Groucho Marx. Quien dizque hizo grabar en su lápida la más cortés de todas las excusas: "Discúlpeme si no me levanto para saludarle".