En vísperas del Mundial, recuerdo los meses posteriores al de 1974, que ganó la Alemania de Beckenbauer; un apellido que fue considerado un insulto en los Países Bajos, cuya selección —“la naranja mecánica”, tal vez el mejor once de las últimas décadas y uno de los mejores de todos los tiempos— perdió la final.
Pese a unos cracks como Neeskens, Keizer,Cruyff , y el arquero Jongbloed (quien, por cierto, no escribía nada mal: lo demostró publicando sus impresiones del torneo en un semanario de alto nivel).
Por ello mismo, aquél 1:2 frente a los alemanes fue una espina clavada en el alma neerlandesa. Y en esas peleas que nunca faltan en las tabernas ni siquiera en los civilizados Países Bajos, para herir el honor de alguien no se le mentaba la madre, sino que se le decía: “¡Eres un Beckenbauer!”. Hasta la Justicia tuvo que intervenir, y hay una sentencia de aquellos días que lo dice taxativamente: llamar a alguien Beckenbauer, con intención de insultarlo, era un insulto, de facto y, como tal, procesable y punible.
La anécdota en sí nos revela otra faceta —en este caso, si se quiere, ridícula y hasta inofensiva— de lo que el escritor austríaco Erich Hackl llamaría “el secuestro del idioma”: la humillación que le infligimos al aceptar, haciéndole una servil venia a la corrección política, tabúes que nos impiden llamar gitanos a los gitanos, o negros a los negros, y prohíben, o hacen muy mal visto, el uso de palabras que son un bien común. Hackl pone el ejemplo de España, donde ya no se habla de negros ni de africanos sino, qué tierno, de subsaharianos. O no se dice ya “raza”, sino “etnia gitana”, con tendencia a favor de un eufemismo políticamente aún más correcto: “colectivo gitano”.
Heidegger dijo que vivimos en la casa del idioma. Pero ¿qué sucede cuando en ese hogar se empiezan a cerrar puertas, a tapiar ventanas y a clausurar habitaciones, como en Casa tomada, el cuento de Julio Cortázar?
Sucede que nos empobrecemos, y puede llegar el día en que nos convirtamos en pordioseros lingüísticos. Como los soldados chilenos semianalfabetos que confiscaban en las bibliotecas de sus víctimas (es decir: las del felón Pinochet) los libros sobre cubismo, creyendo que eran libros sobre Cuba. Y no se rían, el asunto es más serio de lo que parece.
Menos mal que pese a todo, y Erich Hackl lo releva como importante, y lo es, la palabra “judío” ha logrado sobrevivir al anatema. Si esa palabra, como sustantivo o como adjetivo, fuese hoy políticamente incorrecta, Hitler habría ganado la batalla de su exterminio racial como el Cid ganaba las de su menester mercenario: después de muerto. Pero ¡por todos los dioses! ¿Qué acabo de escribir? ¡Soy de una incorrección política aterradora! ¡Llamar mercenario nada menos que al Cid! ¡Mea culpa, mea culpa, mea gravísima culpa!