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La bacinica y el pastor

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Ricardo Bada
09 de mayo de 2014 - 03:15 a. m.
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Mi fiebre cinegética en el tema de las traducciones viene de larga data, de aquel lejano día en que leí por primera vez Buddenbrooks, de Thomas Mann.

Era yo muy joven, 19 años, estudiaba leyes en Sevilla, y hasta entonces leía sin ser consciente de que los autores escribían en un idioma distinto de aquél en que yo literalmente los devoraba. Pero con esa novela adquirí consciencia de que sus textos me llegaban filtrados por una persona: el traductor. Y me volví el más exigente de los lectores, como bien lo saben quienes me conocen y quienes han sufrido mis críticas.

Ocurre que en Buddenbrooks hay un pasaje donde la traviesa Tony arrastra a sus amiguitas a la casucha de una vieja medio loca, una pobre mujer que vendía muñecas de trapo; al llegar allí tira con todas sus fuerzas del cordón de la campanilla, y cuando aparece la vieja le pregunta con fingida afabilidad si en esa casa viven el señor y la señora Spucknapf, después de lo cual todas salen corriendo entre grandes risas.

Bueno, me dije para mis adentros, debe ser una vieja broma alemana. Pero tan sólo dos páginas más adelante, me encontré con esta frase: “En el segundo curso había un cierto pastor Hirte que consideraba como el colmo de la felicidad la coincidencia entre su profesión y su nombre”. En una nota a pie de página el traductor se dignaba informarnos de que “en alemán, Hirte significa pastor”. Me puse bravo porque sentí que me estaban tomando el pelo.

Ni corto ni perezoso acudí a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras y en un léxico alemán-español busqué aquella palabra que suscitaba el jolgorio de Tony Buddenbrook y sus amiguitas. La encontré enseguida: Spucknapf designa en tedesco ese adminículo hoy obsoleto y descontinuado que era la escupidera, la bacinica.

Mi bronca contra el traductor de Los Buddenbrooks la han pagado muchos inocentes desde aquel día. ¡De modo que ese buen señor se consideraba en la obligación de explicarnos que Hirte es pastor en alemán, un símil que se podía inferir del texto mismo, a menos que hubiesen colapsado todas las neuronas del lector... pero en cambio no nos explicaba el significado de una palabra cuyo sentido no se podía inferir del texto y que haría inteligible la torpe broma de las niñitas de la oligarquía de Lübeck! Pues qué bien. A partir de ese instante me convertí, lo digo y lo repito, en el más encarnizado cazador de errores de traducción que yo mismo conozca.

Dicho sea de paso: ¿se imaginan una edición en lengua inglesa de Cien años de soledad donde el traductor incluyera una nota a pie de página sobre el apellido del coronel Aureliano y revelase a sus lectores que “Buendía in Spanish means Good Morning”?

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