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¿De qué le vale al idioma francés disponer de la palabra con más acentos, hétérogénéité, un despilfarro no compensado por la posesión de una sola esdrújula?.
Nuestra vida está llena de esdrújulas, que son al idioma lo que sal y pimienta a la comida. Y si digo “nuestra vida” es porque ese posesivo tiene que ver con la lengua que hablamos, una de las muy poquísimas [sic] donde hay palabras esdrújulas sin cuentagotas. ¡Y qué plétora!
Si pienso en la propia experiencia, siendo párvulo y aprendiendo a leer, dos de las primeras palabras que descifré en el botiquín casero fueron “algodón hidrófilo” y “aceite de hígado de bacalao”, y con toda seguridad la primera esdrújula que oí en mi vida fue “analgésico”, dejada caer al azar por nuestro médico de cabecera. O tal vez “méndigo”, dicho así por mi abuela Remedios, tan bella y tan sabia, y tan extremeña.
En el bachillerato me enfrenté después a las asignaturas aritmética y matemáticas, lógica y ética, física y química, y a los trece años me extirparon el apéndice. Durante el segundo año de la carrera de leyes estudié derecho canónico y economía política, y desde siempre he sido bastante anárquico, tal vez porque tuve un padre en exceso benévolo. (Su temprana y súbita muerte hizo que una única vez me tuviera que someter a un psicoanálisis).
Nacido bajo un régimen represivo en todo, despótico en lo cívico y victoriano a destiempo, disfruté a escondidas con toda la literatura sicalíptica de que pude echar mano, y descubrí así la existencia de la esdrújula suprema y más sexy, el clítoris. ¡Fantástico!
A partir de los 24 años me sumé a la diáspora, emigrando a Alemania, donde me convertí en redactor radiofónico en una emisora que transmitía en idioma vernáculo para América Latina.
Crucé luego el Atlántico para emigrar de nuevo, pero Buenos Aires, para nada inhóspito, no logró atraparme de una manera óptima y regresé a Europa, con lo que a largo plazo me salvé de los sádicos sicarios de Videla & Company (¡un esdrújulo inglés!).
No me gusta Sábato pero sí Salinger. Me repatean el hígado los epígonos de Borges y releo siempre que puedo Pedro Páramo. En castilla mi escritora favorita es Ángeles Mastretta y del gaélico adoro la palabra whisky... aunque no precisamente por ella misma.
En cuanto a males, todo lo más alguna tortícolis, ninguna ciática (toquemos madera) y nada de sífilis, pero lamentablemente padezco gota, que en latín se llama “artritis úrica”.
Last but not least, mis tres hijos y mis cuatro nietos son para mí motivo de íntimo júbilo, como asimismo lo fue, pero de público júbilo, mi jubilación. Y en último término, el resumen de mi vida, el digno epílogo de este currículo, será una esquela fúnebre.
