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Los cronopios existieron

Ricardo Bada

24 de noviembre de 2011 - 06:35 p. m.

Hace poco la revista Nature dio cuenta del descubrimiento en Argentina del fósil de un mamífero tipo ardilla, con dientes como sables, al que su descubridor, Guillermo W. Rougier, bautizó Cronopio dentiacutus. ¡Lo feliz que estaría Julio Cortázar con esa taxonomía suya en el mundo de la ciencia!

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Son pocos los escritores que han dejado su huella en el mundo de los descubrimientos científicos. Uno de ellos, Goethe. Los mineralogistas bautizaron con el nombre de goethita un óxido de hierro que al soplete se funde sólo en los bordes. Es casi una metáfora de la obra del genio de Weimar: por mucho fuego crítico que se aplique a su superficie, el centro es refractario al incendio exterior y es porque se alimenta de su propia combustión.

Hay además una cumbre montañosa, Guimarães Rosa, en la frontera Brasil/Venezuela, y creo que hay algo más, no recuerdo qué, pero en cualquier caso son nombres de autores, no de sus criaturas. La Pimpinela Escarlata se llamó así por la flor, que existía antes que el personaje. De tal modo que el cronopio sería el primer ser literario que sirve de padrino a un logro de la ciencia.

Sea como fuere, Aurora Bernárdez, viuda de Cortázar, celebró la ocurrencia del profesor Rougier y su equipo en la Universidad de Louisville/Kentucky, y le escribió esto que me autorizó a copiar: «Querido Guillermo: Leo en Página 12 que han encontrado en Río Negro el fósil ¡de 95 millones de años! de un simpático mamífero al que han bautizado, por iniciativa suya, Cronopio dentiacutus. Julio, que amaba las ardillas, estaría muy contento con la noticia. Yo, tan contenta como Julio, lamento no haber estado presente en la ceremonia del bautismo para distribuir bolsitas de piñones, que tanto les gustan a las ardillas de hoy. Aurora Bernárdez».

Y el profesor Rougier contestó con otro email que asimismo me fue autorizado reproducir: «Estimada Aurora: Su mensaje nos llena de alegría, muchas gracias por ello. Saber que Julio se hubiese puesto contento por lo que hemos hecho es una recompensa que no esperábamos. Darle una alegría a él, o a su memoria, es la única forma que tenemos de demostrar nuestra gratitud hacia quien ha contribuido con sus palabras en forma tan desproporcionada a la belleza de este mundo».

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Más allá de la anécdota, me conmueve de profundis el saber que hay científicos que leen literatura y tienen sus amores bien definidos. Estoy realmente anheloso de que un paleontólogo colombiano descubra el fósil de algún diplodoco de la era jurásica y lo bautice como Aracatacaurio macondensis.

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